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miércoles, 15 de mayo de 2013

Literatura de la gorra


Hay que empezar por algún lado y empecemos por una visera. Cualquier otra cosa podría ser, pero una visera es una de esas cosas que hoy son inexorables y que son la piedra de toque de toda una época. Si hay cosas en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si los vecinos, las leyes y los gendarmes están en su contra, habrá que acabar con los vecinos, las leyes y los gendarmes. Con una visera prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una visera debe poder mostrarse por el barrio. Porque debe vestir una cabeza libre, no debe tener un barrio esclavo; porque no debe tener un barrio esclavo, debe tener una ciudad libre, antiracista y que no haga mulear a sus pibes; porque debe tener una ciudad libre, no debe tener policías, ni jefes, ni vecinos propietarios y criminalizadores; porque no debe haber policías ni jefes ni vecinos, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una distribución de la propiedad, debe haber una revolución. La visera a la que acabo de ver pasar en la esquina, no debe ser perseguida, ni insultada, ni cortada; todos los reinos de la tierra deben ser mutilados y destrozados para servirle a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos caerán, pero no habrá de dañarse una visera.” 

G.K. Chesterton, Lo que está mal en el mundo    

jueves, 15 de marzo de 2012

Notas sobre el acontecimiento de Once.

1.Una secuencia del horror. El plano televisivo muestra ambulancias de SAME, policías, cuerpos en camillas, movileros, bomberos… La silueta de la imagen de la “tragedia” de Once se recorta sobre el fondo del recordatorio urbano de Cromañón. Y el fuera de foco –o el trasfondo de todas las imágenes– es la precariedad. Nuevamente un videograph al que nos acostumbramos: muerte en la ciudad.
Muertes que hacen crujir la pantalla y hacen visible la raíz precaria de toda vida que se despliega en la urbe…
No es casualidad la cercanía física de los dos acontecimientos; Once es una de las arterias de ingreso al circuito urbano. Es uno de los pasos de frontera a la ciudad. Los muertos de la estación –como la mayoría de los pibes de Cromañón- provienen del conurbano, de barrios, localidades, ciudades de residencia que se vuelven camas para descansar unas horas y volver a gastarse en la ciudad. La urbe demanda la energía corporal y psíquica de cuerpos (laburantes pibes y viejos, doñas y estudiantes, cazadores del dinero diario…) para alimentar los circuitos del trabajo y el consumo. Once es un nodo de la precariedad, un punto sensible atravesado por nervios a flor de piel, cuerpos a todo ritmo y ánimos agotados…
A la ciudad vamos a trabajar, a estudiar, a consumir… y también a morir.

lunes, 22 de agosto de 2011

Apuntes sobre criminalización / ¿Quién lleva la gorra hoy?


Vos llevás la marca de la gorra
… / y tocá, que te la vuelo ahora… (Malafama)

Una sociedad sólo le teme a una cosa: al diluvio… (Deleuze)


¿Cuántas imágenes encontramos en la cotidianidad de nuestros barrios en donde nos vamos poniendo la gorra? ¿Cómo es que está, tan al alcance de todos, el ponerse la gorra como modo de circulación del gobierno barrial?

Ponerse la gorra es una situación esporádica y cambiante. Ser protagonista está al alcance de todos, porque responde a un escenario social donde tenemos que armarnos un libreto sobre la seguridad, ante la multiplicación de los modos de gobiernos.

La acción de ponerse la gorra es un “hacerse cargo de la inseguridad”. Es ponerse como policía, encarnando ese poder soberano que ahora está disponible. Ponerse la gorra es el pasaje al acto de una sensibilidad fascista. Las cartas están echadas; el escenario, guerras sociales a escala barrial. (con un infierno en cada esquina y sin control…).

Es una sensibilidad: ¿Quién lleva la gorra hoy? La misma idea de ponerse la gorra dice por sí sola, que esa gorra esta a disposición de todos... Ya no hay nadie dueño de la gorra, nadie tiene a su sola disposición el poder de marcar el orden de la calle,  del como nos manejamos en el espacio público… Junto a este ponerse la gorra conviven otros poderes como el estatal-policial, o el transa, el del que la banca más, el del mercado, o el de los valores familiar-cristianos… Y no solo convive, sino que el engorrarse responde según la situación a cada uno de estos poderes… y claro, y siempre responde al miedo... Ponerse la gorra es una forma de regular los territorios a través de la violencia, y su singularidad es que los cuerpos en los que se encarna van mutando, y sus modos de operar también… un viejo que caga a tiros a los pibes que toman una birra en la puerta de casa… un par de vecinos que van con  la yuta a linchar a uno "que dicen que es" un pibe chorro… un pibe “cara de patovica” le enseña en el tren a "comportarse" con "buenos modales" a  un borracho malo o un paquero cachivache… unos pibes que le dan la espalda a los que viven pegados a su casa, porque son villeros… o cuando un grupo de vecinos dejan tirado a alguien que pide ayuda… o simplemente alguno que le metió un tiro a otro porque lo miro mal…

martes, 16 de agosto de 2011

Apuntes sobre criminalización / Represión gendarme en los barrios del conurbano

Compartimos algunos párrafos, a modo de crónica, y también de apuntes para seguir pensando y activando en torno a la criminalización, a qué pasa en las calles, en la noche, en los espacios que transitamos… La secuencia sobre la que gira el texto, sucedió hace poco en un barrio del sur del conurbano: aquí el relato de esos pibes y algunas puntas para seguir dándole vueltas al asunto…

Calles barriales nocturnas, bandas de pibes y pibas las recorren a pasos circenses, moviéndose entre risas ebrias. Pero la noche como destino festivo es clausurada, y es utilizada otra vez como terreno impune, se vuelve escenario predilecto para el patrullaje… para ponerse la gorra.

El típico andar clandestino de los bigotes azules, es acompañado con una razia llevada a cabo por los bigotes de verde que hacen relucir sus dientes. Cualquier pibe que pase por ahí entra dentro de lo peligroso… Todos, cara al suelo. (Después seguían los palazos a las rodillas para que nos caigamos).

Convivencia amiga entre los azules y los verdes… los verdes llaman a los azules para que se lleven a los mayores (todavía no cuentan con sus calabozos aunque ya se los están construyendo), luego continúan la función con los menores, y siguen los palazos y culatazos, violencia al cuerpo, y después viene el descanso: nos sacaron las gorritas y nos las cortaron a tijeretazos. Por último llegó el adiestramiento… después que nos revisaban en el suelo, nos sacaban la gorra y las zapatillas. La gorra la hacían mierda, y con las zapatillas nos empezaban a descansar… “devuélvanles las zapatillas a sus dueños” nos decían… Después nos decían que teníamos cinco segundos para ponernos las zapatillas y rajar… contaban hasta dos… y ya nos volvían a cagar a palazos para que caigamos.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Tarde en la noche Plaza Constitución...



Tarde en la noche Plaza Constitución…los cuerpos no dan más. Cuerpos en carne viva estallan. La capacidad de afección se ve desbordada…A veces la barra de energía corporal (esa de color amarillo que aparece en las pantallas de los videogames…) se satura…y entonces se acelera (y se hace caótico) el estado de cosas…laburantes cansados transformados en increíbles hulks… (Una escena cíclica del comic argento)

Un clima agobiante, denso, espeso va ganando la atmósfera. No se soporta más…la violencia te agarra de la nuca…Las imágenes cotidianas cada tanto tambalean… (Las de los laburos precarios, la de los viajes como ganados…) y hacen caer también a las imágenes televisivas (la sublimación de la violencia de aquellas).
¿Cómo podemos leer esta furia? Viajamos todos los días, y cargamos con la vivencia de un viaje de mierda, apretados, retrasados, con insultos, empujones y boqueadas entre nosotros. ¿Qué hacer con esa bronca?...

lunes, 31 de mayo de 2010

El vagón y el pogo-avalancha.

Sobre algunas escenas de cuerpos juntados.


El vagón: lugar en que lo cotidiano remite a lo laboral, al agobio y al caos de transitar la ciudad en un tiempo social disciplinado. Clusters de cuerpos, una masa de músculos, pieles, cabezas, brazos, ropas, bolsos, carteras o mochilas, mp3s, celulares, DVD truchos, acero, angustias, frustraciones, y anhelos cotidianos. El vagón como un depósito de cuerpos. El galpón en donde cuerpos con los nervios en carne viva conviven amuchados. (Parecidos a nudas vidas). En el vagón, los cuerpos irradian nervios, malestares, molestias que se expulsan y se trasmiten de uno a otro, marcando el límite de soportabilidad con el otro y con uno mismo.


El pogo: También es el punto de partida es el hacinamiento de cuerpos. El lugar aquí es el recital, en donde una atmósfera mágica envuelve el aire haciendo que miles de cuerpos se desplieguen en direcciones contrarias a los rígidos y fatigados movimientos corporales cotidianos. Este es un lugar festivo, lúdico, elegido. Cuerpos juntados, pero alegres, desbordantes, movidos por el principio de la embriaguez. La música que desarma y desmiembra cuerpos individuales y los diluye en moldes más grandes.- gigantes-. Cuerpos que dejan su condición finita para expandirse en el espacio, continuándose en la liquidez del cuerpo vecino. Una marea de cuerpos hacía ninguna dirección.


La avalancha: Aquí el lugar donde se realiza es la cancha, y específicamente la popular, donde no encontramos asientos que hagan de moldes, sino una gran cantidad de escalones (de cemento o de madera) que hacen de base donde los cuerpos, se mueven para acá, se mueven para allá, marcando otro tipo de ritmos de nuestros cuerpos. Cada banda, de cada hinchada marca un ritmo de partido, y los para-avalanchas nos permiten marcar el movimiento de los cuerpos, los traspasamos, y también podemos colgar de ahí. Vemos en la avalancha cuerpos que se disuelven y se desarman en la alegría, momentos embriagantes y sagrados como en el pogo. Y no se trata solo de la presencia de alguna canción o un gol, sino de una manera de estar entre nosotros, una manera de tocarnos donde ponemos nuestros cuerpos dispuestos a desarmarse en otro cuerpo más potente y alegre.

Dos formas de hacinamiento (una el vagón y otra el par pogo-avalancha) revestidas por diferentes sentidos.

jueves, 6 de mayo de 2010

Colgados del tren




(Algunos esperan que, en cada estación, los viajantes se introduzcan en el tren para hacer de sus cuerpos un escudo humano de protección ante la imposibilidad de cerrar las puertas... y por esto, viajan colgados, rebalsando del tren, y desde ahí pueden trazar un mapa de cada viaje... Ocupan la posición de estar colgados en aquel viaje, y ponen su cuerpo en esta trama...
... Muchas veces, cuando los trenes viajan vacíos, o digamos, con pocas personas paradas, se pueden ver, todavía, algunos de esos cuerpos que viajan colgados del tren, como viajantes fantasmas, ángeles caídos que se suben a un tren sin saber de dónde viene ni a dónde va...)

viernes, 20 de noviembre de 2009

Bastones que pegan con razones. (De aguafiestas, pibes y gente decente)

El sábado tuvo lugar el regreso de la segunda banda roquera (de las fundadoras del Plan Barrial) más esperada; hablamos de Viejas Locas. Desde temprano pibes y pibas fueron copando los alrededores del estadio de Vélez. De a poco –como en un permanente goteo humano– fueron cayendo en almacenes, kioscos… convirtiendo las calles tranquilas y hasta los supermercados en lugares de acampe. Allí estaban tirados los pibes, haciendo la previa, con su postura, su estética, sus gestos corporales y su lenguaje. Creando así un clima diferente en las calles, en el espacio público; generando un estado de ánimo propio, y no activado desde las lógicas mediáticas. Como en cada congreso de esquinas, se desplegaba el clima festivo, comunitario, alegre y embriagado.

martes, 10 de marzo de 2009

Los Antipibes


Acercándonos a los últimos días del año, nos encontramos con un nuevo aniversario del acontecimiento-Cromañón. Interfiriendo los sonidos de la “alegría social” de las festividades de fin de año, regresa el ruido mudo, la música silenciosa del horror y la desesperación que trae aparejado el recuerdo del suceso. Sabemos –sobre todo en estos días que se caen del año– que es inevitable que nos asalten las imágenes del horror, la muerte y la ausencia. Pero también estamos convencidos de que estamos obligados a pensar este acontecimiento generacional, en cada uno de sus retornos –siempre desbaratadores, por cierto–. Cada vez que el acontecimiento-Cromañón asalta el presente de nuestras vidas cotidianas, debemos convocar a nuestras fuerzas y a nuestras sensibilidades para pensarlo, para ponerle nombre. Esta nueva conmemoración nos encuentra inmersos en un creciente clima anti-pibe. Nos referimos a un clima en donde impera la lógica de la criminalización que ya estaba presente, junto a otros discursos, en el poscromañón.