viernes 20 de noviembre de 2009

Bastones que pegan con razones. (De aguafiestas, pibes y gente decente)

El sábado tuvo lugar el regreso de la segunda banda roquera (de las fundadoras del Plan Barrial) más esperada; hablamos de Viejas Locas. Desde temprano pibes y pibas fueron copando los alrededores del estadio de Vélez. De a poco –como en un permanente goteo humano– fueron cayendo en almacenes, kioscos… convirtiendo las calles tranquilas y hasta los supermercados en lugares de acampe. Allí estaban tirados los pibes, haciendo la previa, con su postura, su estética, sus gestos corporales y su lenguaje. Creando así un clima diferente en las calles, en el espacio público; generando un estado de ánimo propio, y no activado desde las lógicas mediáticas. Como en cada congreso de esquinas, se desplegaba el clima festivo, comunitario, alegre y embriagado.

Esto fue lo que la empresa organizadora nunca imaginó con tal magnitud: un derrame carnavalesco de pibes y pibas cantando, bailando, copando y apropiándose del lugar. El desparramar insolentemente todos nuestros saberes, códigos y estéticas, en un recital que ya desde el arranque tenía mucho sabor a prefabricado, a estrategias de marketing y de publicidad como las que anuncian la salida al mercado de un nuevo teléfono celular. Porque se ofrecía para el recital el orden de los mega-festivales, el rock sponsoreado y seguro.
El nombre de Viejas locas desfondado, desalojado de los pibes y pibas, transformado en marca. Presentado en una publicidad, en un cartel callejero, en un anuncio de radio, impreso fijo en una entrada. Era sólo una marca, un logo, un nombre leído por la industria del entretenimiento, que tenía que servir como anzuelo, como marca convocante de un juego donde nosotros seríamos los consumidores-espectadores de la jornada.
La organización del recital negó las huellas sociales de Viejas Locas; las olvidaron o subestimaron, porque nos imaginaron adormecidos, esterilizados, inofensivos asistentes del rock-espectacular. Negaron que Viejas locas hospeda cuerpos, estéticas, memorias, imágenes demasiado vitales..., que tiene adherido las marcas del Plan barrial, que aloja en él a huéspedes inquietos. Nos ofrecieron en cambio un escenario infantilizado y excluyente (con entradas que en los últimos días llegaban a los 90 pesos), una situación ordenada por parámetros mercado-publicitarios,

Pero desde las horas previas al comienzo del recital, se desplegaban los rituales móviles, se exhalaban a la atmosfera partículas de un aire distinto, festivo, alegre, vital. La puesta en escena de la fiesta barrial, frente a los ojos de la gente decente que lanzaba miradas de desprecio y asombro. Los desprolijos, los borrachos, los atrevidos que desafiaban la utopía urbana de la basura cero (humana o no, lo mismo da). Allí estaban tirados los pibes y pibas, haciendo la previa, esquivando a los desprevenidos recolectores de residuos humanos que en inmensos camiones querían recolectar nuestros cuerpos. Esta resignificación de lo dado, de lo establecido, fue intolerable. El acontecimiento del congreso de esquinas no fue previsto a esta escala…

Y también desde temprano, la fiesta convivía con un clima pesado y denso con la policía; merodeaban las plazas… empezaban a mostrarse inquietos (vaciando botellas de alcohol) empezando a armar la fila de la montada… jodiendo la fiesta. Ellos que también saben –y mucho– de creación de atmósferas, armaban el montaje para la represión… ese que se conecta instantáneamente con los videografhs de Incidentes en recital, hay detenidos, con las voces de los periodistas “en estudio” o “en el móvil”; ese que se conectan en vivo con el despliegue infinito de cámaras y micro-cámaras (creando la temperatura ambiente justa…).
Un clima represivo que se conectó con el terreno común anti-pibe previo. (En el que operan las lógicas criminalizadoras) El de los discursos y relatos mediáticos y políticos sobre las vidas sobrantes… las vidas que parecen no importar…. (Todo lo que está en mi nube es nada más que tu sermón fatal).

¿Qué sensibilidad estábamos irritando?, ¿Qué nervio tocamos para que se active la represión?, ¿Qué lugares fundantes del buen ciudadano parecíamos usurpar? Sobre todo para desencadenar la lógica represiva, el despliegue del teatro antidisturbios (la represión al desnudo, como una fórmula algebraica) que siempre –como cualquier lógica– va a surfear sobre un terreno sensible previo…

Y así vimos como se desencadenaron las golpizas, los bastonazos, los gritos, las corridas de los pibes y pibas, los camiones hidrantes, la pintura azul, el guardia de infantería, todo en la noche oscura … De nuevo la fiesta que devenía horror. (Imposible no conectar con Cromañón). La actualización de una memoria de frustración e impotencia… De nuevo cambió el itinerario prometido: del rock-fiesta-pibes al rock-comisaría-hospital.

Pero la actualización de Cromañón también ocurrió por las lecturas que se hacen del acontecimiento. Porque irrumpen las voces compasivas y paternales de siempre, las que con una mano nos acarician la cabeza, con lástima, y con la otra nos agitan el dedo, marcando por donde tenemos que ir. Las que lamentan y hasta lloran por los pibes y pibas heridos e internados, pero que cuando están en la calle tomando, bailando, cantando, desplegando su fiesta, creen que son una granada desactivada. O aquellas voces que no están en contra de la represión, sino de los excesos…

También es ese ruido, esa interferencia en los paisajes urbanos Pro, en la noche prolija y educada, lo que enfurece y hace rabiar a la montada, la infantería y hasta carros hidrantes. Los cuerpos, energías, deseos y fuerzas de pibes y pibas (en su gran mayoría del conurbano) ingresan a la pantalla de la ciudad decente. Los mismos carros que nos marcan, nos manchan señalándonos “Ahí están los peligrosos que te pueden matar…” El doble estigma: el que nos inyectan en la piel, que aterriza en nuestra carne, para que huyamos, para que nos dispersemos y desarmemos el rito… y que a su vez nos coloca cuidadosamente en las pantallas televisivas para mostrarles a todos cual es el problema, cual es el peligro, que cosa no hay que ser…

La ecuación que conjura estos climas y escenarios es la de: pibes + calle = peligro. Tenemos que estar estudiando, trabajando, consumiendo o guardados en la cárcel, pero no como clusters que se adhieren a las calles… (en las calles, en el espacio público los jóvenes tienen un único sentido: encarnar el peligro sobre el cual se montarán las lógicas criminalizadoras, compasivas o aniquiladoras). Los pibes son peligrosos… así dice el ritornello mediático…

Indudablemente, que nos consideren peligrosos nos pone bajo la mira… Este escenario hace que tengamos que saber cuidarnos… Un cuidado colectivo, de amistad, de aguante… de saber leer las situaciones que se presentan jodidas… (No el cuidado compasivo o rehabilitador… un cuidado potente, nuestro, que nos haga mantener con vida).


Vivimos un tiempo donde tenemos que intervenir para que los discursos criminalizadores no avancen, pero para que tampoco devengan paternalistas, porque los dos niegan nuestra propia sensibilidad generacional y nuestras formas de vida. Pero también intervenir es hacernos visibles. Plantarnos para que nos vean, nos escuchen y sientan que estamos.

Luego de la represión del sábado, en donde intentaron bajarnos a otro pibe (por estas horas aguanta en un hospital), también se actualizó la lógica de la indiferencia; es cuestión de segundos para que ni siquiera aparezcan videografhs o noticias en el diario. ¿Cuáles son las vidas que importan en nuestra sociedad? Seguramente no las de los pibes y pibas que no son profesionales, ni blancos, ni decentes, ni buenos vecinos. Tampoco importan porque no son héroes, ni sus vidas tienen sentido político… somos vidas sin trascendencia… ¿Por qué por estos días se condena una forma de represión en el espacio público pero se habilita otra? ¿Por qué no se debe reprimir la protesta social pero sí la fiesta de los pibes? Tenemos que agitarla, tenemos que movilizarnos para que no se acostumbren a matarnos amigos, compañeros de laburo, conocidos del barrio… amigos ocasionales de recitales…

De nuevo, tenemos que estar atentos… si ya nos aniquilan mediaticamente es cuestión de horas para que irrumpa la muerte real o de circunstancias propicias (como en un recital nocturno en una ciudad ordenada en donde aluviones de pibes y pibas activaron la alarma represiva).

Tenemos que saber no hacer el juego y seguir creando, afirmándonos y plantándonos en estos terrenos hostiles. No comernos ninguna; el peligro son las muleadas de nuestros laburos precarios, la depresión y la discriminación de los ojos urbanos; la represión y esa moral sulfatada de “volvamos a la familia”, de la necesidad de disciplina y orden. Banquemos nuestras fiestas, por que ahí nosotros estamos vivos, nosotros sabemos conjurar nuestros problemas y frustraciones. Por que en la solidaridad y el gesto amistoso, de una cerveza que pasa de mano en mano, en una ronda de amigos, ahí nosotros hallamos nuestro refugio a esta época caníbal. Una última aclaración; no somos gente decente, no tenemos buenos modales, y estamos encantados de eso…

Este asunto está ahora y para siempre en nuestras manos…



Colectivo Juguetes Perdidos
Noviembre de 2009

martes 17 de noviembre de 2009

CREO QUE ESTAMOS EN UNA PROPAGANDA DE QUILMES.

Cinismo, publicidad y vida espectacular...

Esta es la descripción de la última propaganda de rotación mediática híper-masiva de Quilmes. La Gran marca generacional acostumbra a realizar dos propagandas por año, una de temporada invierno y otra –o mas de una- para el verano. Sin dudas, la empresa Quilmes es una de las empresas de vanguardia en lo que hace a la lectura del pulso y el estado de ánimo juvenil...Desde publicidades que logran arrancar carcajadas, y que crean una perdurable memoria publicitaria hasta la ubicuidad en mega-festivales de rock, en las canchas de futbol y en innumerables eventos juveniles contemporáneos.

Quilmes ha logrado atravesar los cuerpos juveniles imprimiendo su logo como un componente mas en la subjetividad cultural de muchísimos chicos y chicas. Se inserta capilarmente en los espacios juveniles por excelencia; en los barrios, en los boliches, en el fútbol, en los bares nocturnos, etc, etc.1. Obviamente toda esta codificación en el territorio publicitario-mercantil de los flujos deseantes que circulan entre los jóvenes lo realiza por contar con una verdadera maquinaria de lectura, interpretación y producción de valores juveniles actuales. (Hablamos de estrategias de vanguardia en marketing, focus Group, consultoras de mercado, entrevista en profundidad, etc, etc. En síntesis un tejido muy amplio de técnicas sociológicas, psicológicas, y antropológicas para recavar información de primera mano...)

Realizada esta introducción, dirijámonos a los que nos interesa; la ultima publicidad de Quilmes, denominada por el estudio publicitario que la concibió (agencia Young & Rubicam.) Creo que estamos en una propaganda de Quilmes.

¿Que nos muestra esta publicidad?, ¿qué deja como sombra, como rastro en nuestra mente, como ritornelo incesante? Una certeza de época, o mejor dicho una certeza de la realidad en la que vivimos: la aceptación cínica del simulacro y de lo espectacular. Lo que vemos en esta publicidad es la aceptación del mundo descorporeizado de imágenes, signos y espectros. Es la asimilación y la aceptación de este entorno de imágenes como nuestro dulce y cálido hogar. El espectáculo como un territorio habitable. La naturalización de la inmanencia de imágenes (logos, marcas, estéticas luminosas , iconos mediáticos) , la pasividad frente a la gestión de la mirada y la regulación de lo visible (y sobre todo lo mirable) de la época actual. Por supuesto, una época cuya materialidad es lo inmaterial. En donde la visión de pantalla prolifero a los más recónditos (e íntimos) pliegues y recovecos de nuestra vida cotidiana. Ahora bien, ¿porque decimos esto?


Como trascribimos al comienzo, la propaganda en cuestión comienza con el enunciado que uno de los protagonistas le dirige a su amigo (el narigón) en una discoteca; “Creo que estamos en una propaganda”. Frente a la respuesta incrédula de su amigo, el joven intenta demostrarle que están insertos en una publicidad de la empresa Quilmes (Al igual que muchas publicidades actuales, las de Quilmes están protagonizadas por anti-héroes. Es decir, jóvenes de rasgos comunes, estereotipados, “sencillos”, y no modelos publicitarios, con rostros perfectos. Aquí se puede trazar una analogía con la gran difusión que han tenido los videos caseros en la Web, o los fotologs…). Todas las imágenes a las que hace referencia (las cuales describimos al comienzo) intentan mostrar que la situación que están viviendo esta producida. Es decir, todo lo que vivirán a continuación parece prediseñado. Se desencadenan una serie de situaciones que los protagonistas van leyendo anticipadamente, como si recordaran las calles de una ciudad ya –transitada. Anticipan sucesos como en un circuito programado, que debido a su lógica de funcionamiento circular y repetitiva (identitaria) reproduce siempre igual a si mismo un conjunto de códigos y encuentros sobre un terreno diseñado.

De esta forma, luego de la enunciación que revela el espacio en el que se existe- en este caso una propaganda de televisión- se suceden de manera veloz las imágenes aludidas. Oímos a uno de los jóvenes que va anticipando el cuadro siguiente, luego de la constatación inicial. Primero observara que todos los que se encuentran en la disco están tomando cerveza Quilmes, dejando ver el logo en su parte delantera. También se observa que un grupo de chicos y chicas beben la cerveza en sus vasos de manera simultánea, con la sincronización de la gestualidad corporal propia de un ballet de danzas clásicas. Estas situaciones se arremolinan y se empujan a la conciencia de manera rapsódica, son como profecías inmediatas que se cumplen apenas se van anunciando; mira! Seguro que ahora aparecen las modelos que nos miran desde la barra, el hit sonando como cortina musical, el famoso, la fiesta, el barman que ofrece una cerveza idílica (con la luminosidad de un objeto sagrado)…Todas las situaciones se van adelantando. Mejor dicho, no hay anticipación de situaciones nuevas, hay rememoración de lo ya –vivido. Es como ir anticipando las escenas de un film visto infinidad de veces. Esto es lo que hace uno de los jóvenes, intentando mostrarle a su amigo que “se encuentran en una propaganda”, que están atrapados dentro de una publicidad. Es la contraposición entre aquel que recuerda lo ya-vivido y el que es pura- memoria presente (Casi una memoria animal del presente absoluto). Pareciera que el joven que logra ver la realidad es asaltado por un instante fulgurante de iluminación y autoconsciencia. Se actualiza la forma de operar de una de las episteme clásicas de la dialéctica moderna; el momento de la autoconsciencia, el momento de la verdad, de aquel que conoce de manera reflexiva. Esto sucede porque irrumpe el momento de la duda del sujeto cartesiano moderno; todo esto puede ser falso, todo puede ser una apariencia o un engaño del Dios maligno.

Es decir, lo que vemos es la apelación a uno de los enunciados radicales par excellence de la modernidad occidental, es el enunciado que propone o funda un afuera. Al pensar que estamos dentro de una publicidad, ya performateamos un afuera o al menos lo hacemos posible.

Lo que padece el protagonista es el deja-vu. La sensación de estar repitiendo –de forma idéntica- una situación ya-vivida. Anticipando -con temor por lo igual- secuencias cotidianas como encuentros con personas, paisajes ya visitados (y sin embargo no conocidos). Este momento de deja-vu abre la posibilidad de fuga del mundo del simulacro, del mundo de lo prediseñado y de lo programado.

Allí vemos que emergen a la superficie los componentes de ese mundo artificial. En nuestro mundo-marca vemos los cuerpos mediáticos, las imágenes-icónicas, las luces, los rostros descarnados, la fiesta , los logos, en fin…la espectralidad de nuestro presente. (De nuevo; una espectralidad densa, material). Como anuncia el locutor en la propaganda; “ahí tenés fiesta, logo…”. Justamente en todas las publicidades de Quilmes el locutor aparece con su voz en off, haciendo el cierre de la propaganda, construyendo o más bien sedimentando su sentido ultimo, encarnando una voz divina, imperativa, lejana pero ubicua. Es el Gran otro que nos habla, pareciera que es la época que se encarna y habla: “tenés la fiesta, el logo, Quilmes, ¿que mas querés?”. Son los imperativos categóricos de la época del pos-deber que nos anuncian y nos imponen los criterios de felicidad. Pareciera que detrás de la pregunta ¿que mas querés?, se esconde la clausura de todos los posibles y todas las voces y las formas de vida que podemos querer, detrás del monolingüismo publicitario.

Pero no nos desviemos, decíamos que tiene lugar el momento de la autoconsciencia: estamos en una propaganda. Todo esto dicho con una tonalidad expresiva temerosa. Pero, ¿que sucede luego de la pronunciación de esta frase subversiva?, luego de la caída de la manzana digital sobre la cabeza no se emprende la búsqueda de ese afuera propuesto, no se intenta la salida de la cueva oscura, no se busca perforar ese mundo de realidad simulada…nada de eso, por el contrario; se lo acepta. Es más, no solo se lo acepta como una fatalidad, sino que se lo afirma como lo elegido, se lo naturaliza como lo anhelado y lo deseado. Aquí emerge la razón cínica. Ya no hay velos o cámaras oscuras que oculten verdades o inviertan la realidad. No hay telones que arrancar para dar pie al sentido de verdad histórica. Lo saben , pero igual lo hacen. Saben que están insertos en el espectáculo , pero nada hacen para cambiar la pantalla de juego. Es mas, pareciera que esa pantalla de juego es la que nos proporciona alegría y plenitud.

Aclaremos algo; sabemos que cuando opera un modelo de simulación o de espectáculo, no hay lugar para las nociones de verdad o falsedad o de realidad y apariencia. El simulacro transforma lo real en hiperreal, se monta sobre esos niveles de percepción, crea una cartografía del mundo que se transforma en nuestro terreno de juego. Dar cuenta de esto, no significa negar que existen espacios reales en los que tenemos que intentar desadhosar nuestras vidas de lo mediático, esa es una apuesta vital… En la propaganda de Quilmes se acepta cínicamente el simulacro. La eterna repetición de lo mismo que impone como lógica vital el espectáculo. Un mundo siempre igual a si mismo, un mundo de repetición, de identidad total, sin líneas de fuga, sin pliegues, sin recovecos que buscar. Un mundo de espectros, puras capas mediáticas descarnadas. Allí vemos como los individuos epidérmicos, dúctiles, encuentran el goce en un territorio sobrecodificado. Con líneas de programación que no dejan lugar para la violencia , para la impostura o para lo imprevisible. Nos dicen; el mundo de ustedes (nuestro mundo) esta hecho de cervezas, logos, anonimato, fantasmas, fiestas de descontrol-modulado… (No opera mas la concepción de fiesta carnavalesca, subversiva, transformadora del orden social…estas fiestas posmodernas son las fiestas del poder. Las fiestas que normativizan aun mas la vida cotidiana, fiestas-simulacro. Se asemejan mas bien a la fiesta de la cuaresma que impuso la Iglesia Católica para regular las energías, los deseos y los ánimos de las poblaciones…) y nosotros contestamos; aceptamos alegres este mundo sin angustia, sin dolor, sin imperfecciones ni manchas, un mundo de texturas de photoshop, de rostros que imitan la pureza de la imagen –espectacular… un mundo desustancializado neoplatónico. Lo que ansiamos aquí es el entorno de imágenes , un entorno fantasmal, estático, silencioso…pero en el cual podemos descansar y olvidar la depresión…El cínico se da cuenta de que todo es una apariencia , de que vive encerrado en una esfera publicitaria-digital pero decide seguir jugando allí. Un mundo en el que no hay verrugas sobre rostros encarnados, en donde no existe lo imperfecto, ni el hilo suelto que cuelga desprolijo de un tejido…Los rostros, los cuerpos de las mujeres, el de nuestros amigos, todos están hechos de pixeles, puntos , e infinidad de impulsos luminosos…

Lo que vemos en la propaganda es la vida espectacular. Una vida que recuerda un futuro que ya es pasado, por que ya fue vivido ad infinitum. Es la vida a la que se le mutilo la experiencia. Una vida y un tiempo sin acontecimientos. El acontecimiento es neutralizado, anulado, borrado. Este es el tiempo espectacular, cíclico. Como si se pusiera en pause un film. Es un tiempo detenido, estático. Un tiempo circular, deshistorizado, la eternizacion de un presente perpetuo. La detención en un instante de un flujo temporal…


Nota para tranquilizarnos; esto solo fue la descripción de una publicidad. Solo intento ser un texto sobre la gestión publicitaria de la vida. Sobre el funcionamiento de la axiomática publicitaria, regulando el campo de lo visible y lo mirable. Y sobre el cinismo como un nuevo código de desciframiento y entendimiento de la vida espectacular. Una última aclaración, muchas de estas publicidades –como dijimos al comienzo- se crean a partir de focus Group, o de entrevistas a consumidores de la marca. Teniendo en cuenta esto último, y los efectos cómicos y de aceptación, y permeabilidad en la vida cotidiana, cabe decir que esta publicidad expresa los deseos, los ánimos, los lenguajes y los anhelos de muchos pibes y pibas.





1 También las publicidades de Quilmes tienen un inocultable componente racista. Nunca los protagonistas de sus populares publicidades serán chicos o chicas de tez negra, habitantes de barrios populares periféricos. La cerveza Quilmes la consumen desde pibes chorros hasta jóvenes de altos recursos en discotecas de acceso restringido. Esta democratización de la mercancía-signo Quilmes, no se traduce en la posibilidad de acceso igualitario a su mundo publicitario.

sábado 29 de agosto de 2009

Salando las heridas. (Juicio fantasma a los muertos queridos)

Sobre el cinismo y el monolingüismo mediático en el acontecimiento Cromañon

Por estos días, luego de la sentencia judicial, se volvieron a actualizar varios de los discursos y lógicas que circularon en el pos-Cromañon. Si bien creemos que el acontecimiento Cromañon es irreductible a la lógica judicial y sus veredictos, es innegable que –al igual que en la previa de su aniversario– en la espera de la sentencia y en los días que le siguieron se volvieron a colgar en el aire muchos relatos que circulan desde hace un tiempo. Si bien la lógica de la indiferencia es la que opera con más fuerza sobre el acontecimiento, en estas semanas se volvieron a instalar con ímpetu los discursos de compasión y, fundamentalmente, de criminalización. La cotidiana indiferencia e invisibilización mediática hacia los pibes (sus voces, sus prácticas, sus experiencias) queda suspendida en estos días para que se le de lugar a la criminalización: sólo así se les permite asomar la cabeza en la superficie mediática.

Vivimos un tiempo en que los monstruos mediáticos modulan la energía de los recuerdos; son los que deciden cuándo se abren las puertas para lo que debe ser recordado o no. Y los recuerdos así doblados por lo mediático se tornan una imagen monstruosa de nosotros mismos. También gobiernan los estados de ánimo, predisponiendo (poniendo susceptible a la gente, hacia tal o cual imagen…) los afectos subjetivos, regulando las sensibilidades e imponiendo relatos monolingüistas y monocromáticos, en este caso hacia los pibes y pibas de la generación Cromañon (negando sus voces). Es fácil olfatear cómo detrás de determinados juicios sobre una práctica cultural o una forma de vida, late la necesidad de la criminalización, la culpabilización y la penalidad.

Volvimos a escuchar con fuerza –entre otros relatos– la criminalización de la cultura del aguante. O mejor dicho, de una determinada presentación de la cultura del aguante. Presentándosela como una celebración irracional y atávica de la autodestrucción, como un desprecio por el cuerpo, y, completando la operación discursiva, se la circunscribe al rock de los últimos diez o quince años. Este discurso no estuvo presente sólo en los grandes medios de comunicación, sino también –y de manera hegemónica- en los suplementos progres (ya definitivamente penetrados por una precomprensión elaborada como hegemonía por el poder) de la cultura juvenil aceptada. (Los mismos periodistas que levantaban al rock barrial, esos que cuando olfateaban lo nuevo cual cazadores de tendencias de mercado, con marketing, focus group y máquinas publicitarias le dedicaban infinidad de tapas a las bandas que estaban bajo el manto del rock popular, ahora se dedican a realizarle un réquiem).

Nuevamente escuchamos que Cromañon fue producto de cerebros infraalimentados, de pibes irracionales, de nuevos bárbaros… Para este discurso los pibes y pibas que militaban el rock como Plan Barrial y que expresaban un determinado saber (denominado aguante), son lo abyecto. Son vidas desnudas, vidas no dignas de ser vividas; vidas que están de mas. Esta presentación de los pibes de la generación Cromañon (de los que murieron en el boliche, de los que salieron desnudos, manchados y con una zapatilla en la mano, como también de todos los pibes y pibas que asistimos a esta forma de vida) en el terreno mediático, nos estigmatiza y nos aisla de la sociedad sana, racional, moderada. Una generación de cuerpos enfermos a los que se les pone el tatuaje de irracionales, inconscientes. Luego de esta estigmatización, se nos aparta señalándonos como responsables. Oímos a muchos periodistas progres repetir los pasos de cualquier política de aniquilación. Se les amputa a los pibes los signos portadores de identidad y de fuerza desbaratadora, para reemplazarlos por sellos deshumanizantes. Son los hijos de puta que presentándose como afectados por el acontecimiento, siguen aniquilando a las víctimas y a los sobrevivientes.

El mismo discurso que considera a los pibes (de nuevo: a los que murieron, a los que sobrevivieron a Cromañón, a todos los que aguantaban…) como lo abyecto, como la población sobrante, los coloca, a su vez, como presupuestos y como condición de posibilidad para la existencia de una sociedad precaria.

Las formas de vida precaria a las que nos vemos arrojados en esta época tienen como enunciados de verdad sedimentados, que los pibes y pibas (los de la cultura del aguante, por ejemplo) son vida que sobra, vida que esta de más, y a la vez, estos discursos saben que los mismos pibes que sobran son el subsuelo mismo de la precariedad, trabajan, consumen, transitan, se relacionan y arman sus vidas en ella. ¿Cómo negar las prácticas, como el aguante, que creamos para movernos en este suelo precario; cómo negar los terrenos que inventamos, las formas de vida que creamos allí y hacer oídos sordos a la precariedad? ¿Puede existir tal grado de cinismo?

Son muchos los opinólogos mediáticos que hablan de los pibes de esta generación como resaca de la década menemista, (carne que camina…) residuos humanos de la voraz gobernabilidad neoliberal. ¿Habría que aclararles que por más que nos conciban como los residuos de la papelera de reciclaje de la sociedad neoliberal, nosotros heredamos ese mundo (esa bomba de hoy, la que llevas entre tus manos, la que nadie te ofreció…), fuimos arrojados en él, es el terreno de juego sobre el cual disputamos nuestras vidas? ¿Y cómo es que pueden esos opinólogos progresistas creerse tan a salvo del neoliberalismo como condicionante de época y condenar las prácticas que en ese suelo fueron creadas?

La sociedad precaria no sólo es la que se mostró al desnudo en Cromañon, también es la que nos acompaña cotidianamente: la del gatillo fácil, la de la flexibilización laboral, la de la incertidumbre y el hiperconsumo. Para esta sociedad somos a la vez insumo y vidas sobrantes.
Pero mientras que los relatos mediáticos ven vidas desnudas, nosotros insistimos en ver cuerpos potentes, bárbaros, (no bajamos nuestras banderas), disruptivos en cuanto cuerpos que no se dejan maniatar con discursos estigmatizadores de nuestras prácticas.

Otro ritornelo: se dice que los cultores del aguante son los despreciadores del cuerpo; muchos de los pibes que murieron en Cromañon fue porque despreciaban su cuerpo… es que valoraban más el de los otros y por eso murieron ahogados cuando volvieron a ingresar al boliche a buscar amigos, parejas, familiares, o simplemente desconocidos, pares generacionales, amigos en el sentido más pleno y radical del término…

¿Qué cuerpo es éste que se nos dice despreciado? ¿Un cuerpo que en la desesperación por ser condenado a residuo pulsaba y pugnaba por encontrarse con otros, por vivir, y crear, aún en la precariedad, fiesta, alegría? ¿Por qué no se habla de los cuerpos que desplegaban una búsqueda y una responsabilidad allí “en” la precariedad? Apreciar el cuerpo implica afirmar las condiciones del presente y las chances que en él anidan. Pero también rechazar a quienes hacen del presente algo despreciable para lucrar con lo que en él sucede.

Vemos el aguante, no como un goce hedonista e indiferente hacia el otro, lo vemos como una micro-resistencia que se activa en múltiples y diferentes espacios de una sociedad precaria, desde los espacios de laburo, hasta los del entretenimiento. En medio del vértigo, las muleadas, los múltiples quilombos que estallan en un lado y otro, nosotros, a los manotazos, vamos tratando de hacer pie. Toda afirmación en la precariedad aprende a resistir a los tropezones, instintivamente. A cada paso, ensayo-prueba y error, va creando sus saberes, maneras y formas de hacer y de cuidarse en los pliegues, capas y recovecos de nuestros laburos, barrios y maneras de divertirnos. Por eso se trata de una apuesta generacional: aprender a movernos en un mundo donde las viejas cartografías nos conducen a callejones pantanosos, llenos de reglas y deberes que no sirven para nuestros terrenos.

Lo que está en juego es la afirmación de nuestras resistencias y aprendizajes como generación; sólo desde ahí podemos hacer una lectura de Cromañon. Por eso no podemos juzgar o permitir que se juzguen nuestras formas de vida partiendo de su negación; eso significa olvidar lo que nos moviliza y encuentra. Todo juicio que denigra las creaciones que nos sostienen, nos niega y nos borra de la historia.

Por más que repitan hasta la afonía que somos las sobras, los cerebros infraalimentados (sin posibilidad de redención aparente) vemos las zapatillas blancas que nos siguen hablando de una cultura, de una movida que encontraba (y encuentra) pibes que estaban alejados, encerrados. Detrás de la criminalización a los pibes también late la necesidad de destruir y no dejar rastros visibles de nuestro lugar común, de nuestro saber generacional.

Pero como decíamos, al relato monolingüista mediático no le importa el soporte subjetivo de los pibes, no les importa tampoco la sociedad precaria (contexto histórico) en donde murieron esos pibes. Es más, a muchos les importa más contarle las costillas a una cultura deforme, irracional, oscura, incontrolable… Son las expresiones de las capillas sagradas de la cultura rock las que critican las prácticas de la impostura, las de los nuevos bárbaros del rock; son los comentarios de los malparidos que realizan el réquiem de la cultura roquera barrial, periférica, inculta y fea, y que reemplazan en sigilosas ediciones de madrugada los anuncios de banditas rockeras recién nacidas por infinidad de anuncios de festivales de las grandes marcas de la cultura juvenil (marcas de ropa, de cerveza, de celulares… en fin, toda la industria cultural del entretenimiento juvenil). Son también los cínicos que mezclan en su lectura del acontecimiento Cromañon críticas esteticistas propias de expertos del rock (la tecnocracia rockera) con apelaciones a la masacre… Dan asco.

También digamos que en el prisma que crean estos discursos, se mira el acontecimiento Cromañon de manera retroactiva, se lo analiza desde los ojos del gobierno de la seguridad. Recordemos que estas visiones se impusieron en el pos-Cromañon (quizás como su efecto para el control social). Probablemente leyendo las crónicas de los shows de rock Pre-Cromañon no encontremos ninguna mención estigmatizadora ni negativa del uso de bengalas o banderas (es más, las alentaban), tampoco de la condición edilicia e infraestructural de los lugares en donde se realizaban los shows.

La creación del rock (con todo lo que esto incluye, desde la fiesta-banderas, bengalas, hasta su concepción como forma de vida) como peligro y como riesgo a administrar, nace en el pos-Cromañon, como uno de sus efectos. Por eso, también ellos tienen que realizar el aprendizaje y la necesaria autocrítica.

Por último: no sólo causa revulsión ver cómo en el espacio mediático se reproducen estos discursos estigmatizadores y criminalizadores hacia los pibes; esa danza cínica de discursos se acompaña de morbo-periodistas surfeando las capas sensitivas de los familiares, sobrevivientes, amigos de las víctimas de Cromañon y de la opinión pública en general, movilizando el dolor de los que sufrieron las pérdidas irreparables (regodeándose en ese dolor), regulando los afectos y las pasiones a puro videografh vacuo (actuando como neurocirujanos-espectaculares), alterando la sensibilidad, parándose sobre las olas sensibles que el dolor produce (y por supuesto interviniendo en los afectos).

No se respetó el silencio del duelo no realizado; auscultaron el dolor alojado entre las paredes del cuerpo, enredado entre músculos y nervios. Esta espectacularización del dolor y el drama, se vivió en el recorrido por el boliche de Cromañon (retratando mediáticamente, morbosamente, lo abyecto) y en las horas previas y posteriores a la sentencia del tribunal. Pero a la par que se salaba las heridas y se apelaba a la neurastenia mediática, se pedía moderación. A la par que se movilizaba y se fogoneaba el dolor de los familiares, amigos y sobrevivientes, el relato mediático hablaba y pedía (mostrando la otra cara del mismo plano) que luego del fallo judicial se produzca una retirada del espacio público, se editorializaba sobre la necesidad de reabrir la calle Bartolomé Mitre en donde se encuentra el santuario. Se regocijaban pornográficamente con el dolor (con la tortura de TV), y a la vez -casi en simultáneo- pedían pacificación y empezar a olvidar el acontecimiento, aunque sea hasta otro evento de redituable audiencia mediática. De esta forma se lee mediáticamente (y en consecuencia, en grandes porciones de la población) el acontecimiento Cromañon; oscilando entre el silencio atroz de la indiferencia y las esporádicas emergencias de los discursos criminalizadores.

Por eso tenemos que salir a pelear por el significado y el sentido de lo que fue Cromañon, y disputar la modulación de la memoria social. Hay que profanar los discursos que pululan por estos días, para que no terminen de coagular y sigan fijando a los pibes como criminales o tontos. En los manuales de la historia del rock no puede figurar el aguante como una gesta trágica de suicidas y descerebrados. El aguante es el tesoro que supimos forjar en esta época precaria. Cromañon es otro golpe durísimo, que nos debe servir para aprender y repensarnos, pero nunca para dejar de crear e inventar desde lo nuestro y aceptar todo lo que no queremos ser.

Colectivo Juguetes Perdidos
Agosto 2009

martes 25 de agosto de 2009

Invitación

Fundamentación movida.

Pongámonos en movimiento. Salgamos del quietismo y petrificación de nuestros músculos, imaginación y creatividad. Armemos una movida donde podamos plasmar todas la cosas copadas que hacemos. Salir a la cancha y disputar la idea de “felicidad” que nos venden las publicidades, como la boba alegría de una gaseosa, un celular, o una marquita de ropa. Desenmascarar el “bienestar” de que cada uno en lo suyo esta bien, y que no hay tiempo para el otro, primando así la indiferencia. Una movida insolente frente a una época marcada por el consumo y la precariedad de nuestros laburos y relaciones efímeras. Si mucho de lo que vivimos nos hace sufrir o nos angustia, ¿por que es lo único que podemos ser?

Poner en evidencia que nuestra forma de vida es el resultado de un montón de normatividades, reglas y dispositivos, que muchas veces nos brindan satisfacción, pero también desazón y agobio. ¿Cómo hacerlos evidentes? ¿Cómo nombrar aquello que nos hace cotidianamente? ¿Cómo se fabrican nuestros cuerpos? ¿Cómo desarmar patologías –anorexia, ataques de pánico-, estados de animo volátiles, y maleables por las pantallas espectaculares o el cansancio y humillación de un laburo de mierda?

Sabiendo que es imposible sacar “los pies del plato” de todos los mecanismos de dominación social que nos acechan, que en su terreno debemos aprender a jugar, por lo menos cambiemos las reglas por un rato y estirando y poniendo al limite las tensiones de lo posible.

Salgamos con los tapones de punta, a cruzar las afecciones de esta época que nos atraviesan el cuerpo. Que lo que hacemos con pasión y entusiasmo no quede encajonado o sonando en el anonimato de nuestro cuarto. Salir del bajón, ganar en iniciativa, y armar una secuencia donde nos podamos encontrar, a partir de diferentes registros y formas de expresión, sea con imágenes, o una camarita…

Una apuesta generacional que se afirme en conocernos sobre lo que hacemos y nos gusta, y poder interactuar. Pero no alcanzar un éxtasis efímero que nos devuelva a la angustia y el vacío, sino en poder ir creando refugios, de ir conectándonos y propagando la creatividad. Una apuesta que ponga sobre la mesa todos nuestros saberes de cómo transitamos esta época, pero fundamentalmente, como la bancamos y paramos las trompadas, con ingenio y creatividad.

miércoles 24 de junio de 2009

Tu aliento vas a proteger… en este día, y cada día.

Precariedad, pacificación y vida boba: sobre la regulación de los estados de ánimos.




Este texto parte de una incomodidad, olfateamos un clima social denso, peligroso, agobiante. Un aire que emana del suelo sobre el que estamos parados (y que viaja velozmente por cañerías digitales y pantallas). Los discursos de la (in)seguridad, los pedidos de pacificación, la indiferencia y la infantilización son nombres que les ponemos a ese vaho que circula por las calles y que intenta con todas sus fuerzas inundar la ciudad… Este texto apunta a ser un sacudón, un grito, no de dolor sino de activación.

Primera escena: (Nota aclaratoria: este film no es necesariamente lineal…)

Despertamos… los ojos rojos… ánimos agitados, días hiper-conectados danzando las calles y chocando del resplandor; una apuesta… parar la pelota, y levantar la cabeza y ver al que esta a tu lado; tu aliento protegés, es la misma hora de ayer, pero esos segundos fueron tuyos.

Vivimos una forma de vida precaria. Una vida caótica, inestable, como un zamba bajo nuestros pies, donde nos carcome la vorágine y lo aquilombado. La precariedad de nuestras vidas nos oferta vivir al mango, hiper-conectados, para el laburo, para el mercado, para el espectáculo. Vamos de un lado a otro como una pelota de metegol. Envueltos en un torbellino, nos cuesta sintonizar con el de al lado. Viviendo acelerados sólo podemos conectarnos con el perímetro de nuestra cotidianidad, un encierro digital.
Cada uno encerrado en sí, chocando con los otros, cuesta vernos y escucharnos; el encierro digital nos acompaña en nuestras calles, bondis, trenes, cada uno conectado a sus propios auriculares, a sus propias pantallas de celular, vamos perdiéndonos de vista, o sólo nos vemos a través de la pantalla, olvidándonos del fuera de foco...
La precariedad de nuestra vida nos pone ansiosos, nerviosos, susceptibles… Los quilombos, peleas, malentendidos, estallan por doquier, derivando muchas veces en la indiferencia. Como si fuéramos islotes en un archipiélago, desde donde cada uno es un clan que habla su propia lengua, sus leyes y costumbres.
En el vértigo de cuidar lo nuestro, nos vamos olvidando del otro. En nuestro sufrimiento, no hay cabida para más garrones, y los quilombos del otro son nafta al incendio de nuestros nervios. Uno de los grandes triunfos de la vida precaria es cuando sentimos satisfacción de apartar al otro de nuestra vista.
La forma de vida precaria, es a la vez, vida infantilizada… vida solitaria, que rompe en dos también nuestra propia experiencia… Por un lado somos creativos, audaces; podemos reapropiarnos de las tecnologías, de las pantallas de juego y crear mundos; pero… ¿qué pasa cuando esa creación se vuelve pura recreación, cuando no ponemos nada nuestro ahí, cuando nuestras energías terminan atrapadas en el paraíso mercantil (hechizadas), donde todo nos viene hecho, donde las necesidades, las respuestas, los espacios, son parte del hechizo…? ¿Qué pasa cuando vivimos el fútbol como recreación, la música como recreación, las fiestas como recreación, etc.…?

Segunda escena:
Pantallas de juego hirviendo en las calles… los ojos rojos agobiados…los ánimos convulsivos responden a los constantes estimulantes; un día la noche es negra, y al otro la noche es blanca; pero no olvides que aunque la noche resplandece siempre terminarás brillando fuera del foco.
Este aislamiento y encierro digital producido por la precariedad de nuestra vida, atornillado aun más por la indiferencia, nos deja en bandeja para ser vividos por las imágenes mediáticas. Sumergidos en nosotros mismos, cargando con nuestro propio ser, ahí aparecen las pantallas, donde las imágenes mediáticas cobran un rol no determinante y absoluto, pero si protagónico en nuestra vida, transformándose no en visiones de lo real, sino muchas veces en lo real mismo.
De allí, que uno de los principales mecanismos de control social sea la construcción de climas. Estados de ánimo generalizados. Mediante una determinada configuración y presentación de los problemas –el problema de la inseguridad, la inflación, “el campo”, etc.- se construye un clima que va calibrando nuestros nervios, marcando el terreno sensible en el cual nos vamos a mover, preparando las jugadas, las opiniones, las respuestas y movidas que ese clima solo está dispuesto a aceptar (neutralizándose, así, otras posibilidades y tratamientos de los mismos problemas).
La pelea es por la conquista del humor social y la creación de un caldo de cultivo, algo así como condiciones de posibilidad. El arsenal de esta batalla diaria, continua, como el goteo de una canilla, son los signos; desde las pantallas, tapas de diarios, horas de tipos hablando por la radio, el resumen de noticias del correo electrónico, afiches callejeros, las conversaciones en cualquier lugar.
Teniendo como base nuestra sensibilidad, gusto, miedos, creencias, se pibotea sobre nuestros ánimos y sensibilidades, pero recreándolos, buscando amasar nuestro paladar, para que nuestro estómago reciba con gusto determinados problemas, posibles culpables, y eventuales soluciones.
Podemos reconocer en la construcción de climas (aunque siempre con fallas, interferencias, manotazos) un mecanismo de dominación y regulación social que se apoya en la administración y regulación anímica de nuestros cuerpos solitarios y anónimos. Cuerpos que quedan con una sensibilidad volátil y pasajera, desconectados uno con el otro y con su propia experiencia, con poco poder de influencia en el devenir de nuestras propias vidas.

Este es un mecanismo que convive y se retroalimenta con otros, como un collage, pero siendo la figura donde muchas veces cobran sentido las demás. Mecanismo que va más allá de la galería mediática. Sus efectos se alimentan y a su vez se propagan en nuestra manera de hablar, convivir, experimentar cosas, tanto sea en nuestro barrio, laburo, familia, formas de divertirnos, y otros.

Partimos de la constatación de que no podemos apagar así sin más el televisor (la radio, la computadora, el celular, y un largo etc.)… ¿Estamos ya mediatizados, configurados por una percepción mediática, espectacular? Por eso el problema no es quién maneja la fábrica de climas (aunque también), no se trata sólo de ponerle trabas a la maquinaria de la regulación de los estados de ánimos, el tema es cómo proteger nuestro aliento, el sentido, nuestros sentidos, como evitar que los climas nos hechicen, cómo evitar quedar atrapados ahí y que el clima nos viva y regule… ¿de qué manera podemos armar nuestro propio film, poder armar el cuadro de otra manera, con lo que de entrada no se ve o no entra allí?

Tercera escena:

Gritos agudos pone tus nervios a flor de piel… los ojos rojos se inflan… los ánimos agitados y convulsivos a flor de piel se redireccionan: “modérate pibe… dialogá, reíte un poco”… tranquilidad ciega, puteadas para cualquier lado.

Hay una palabra que en estos momentos escuchamos hasta el hartazgo, un clima que se mete en todos lados, como un nuevo virus que viaja por las cañerías digitales. Se trata de la palabra “moderación”.

¿De qué se trata? ¿En boca de quién la encontramos? Pareciera ser como un atributo que se pide, una exigencia, un nuevo ideal ascético, un ideal de apaciguamiento de la vida, de tranquilidad... Un nuevo ideal ascético que nos propone la negación del cuerpo que se inquieta, que hace preguntas, que se activa; un silenciamiento de los impulsos nerviosos que emergen de nuestros malestares, de los estallidos violentos (y creativos) de nuestra potencia y nuestros aguantes; un armisticio para nuestros instintos, nuestros cuerpos individuales y su fundición en cuerpos mas amplios (cuerpos colectivos).

Se trata de una pacificación de todo lo que se corra de la vida boba frente a la pantalla o las vidrieras de colores del mercado. Pero es una pacificación engañosa, porque tiene como reverso (como un opuesto que la complementa) algo que dista mucho del aquietamiento: la moderación que se nos pide convive con la aceleración que se nos exige todo el tiempo para no quedar afuera, para poder consumir, para poder trabajar. Se nos pide estar a full en nuestros laburos (precarios, flexibles, desgastantes), se nos pide estar atentos y despiertos frente a la pantalla, se nos exige estar “alegres”, ser simpáticos, consumir… basta con ver un par de publicidades, con escuchar a los “animadores” de la TV, basta con ver los requerimientos exigidos para cualquier entrevista laboral…

Movilización de la vida por parte del mercado, del espectáculo y el dinero y, a la par, adormecimiento de nuestras inquietudes y malestares políticos, llamamiento a un diálogo sereno, ordenado, en voz baja, palabras vacías que no encarnan encanto ni nombran nuestro mundo real… en vez de gritos encarnados portadores de radicalidad, fermentos de nuestras crisis y preguntas más hondas. Moderar esta última faceta pero movilizar la otra. La vida boba, del consumo, de los ideales del trabajo, el mercado y la estabilidad, regulada a puro Ribotril.

Esta lógica de pacificación (aquietamiento, “medicación”) atraviesa el campo social y sus maneras de gobernarlo, encauzarlo, leerlo, ordenarlo, ampliarlo… el virus pacificador redefine nuestro campo de acción (lo que hacemos, cómo lo hacemos, etc.) y nuestro campo de posibilidades de acción (lo que anhelamos, lo que queremos, lo que detestamos, etc.); altera las fuerzas, sus relaciones… marca la cancha de nuevo… Este reordenamiento también modifica el nivel de la gestión estatal, porque altera lo que en ese plano se pueda y/o se quiera hacer.

¿Qué es lo que se juega cuando lo que se intenta es pacificar los estados de ánimo, ya sea “tranquilizando” como reduciendo todo a una lógica de enfrentamiento cerrado, de juego entre “posiciones” que ya nos llegan hechas? ¿Qué pasa cuando entramos en este juego?
Lo que decimos es que acá se juega en gran parte una estrategia de control social, una estrategia acorde a las exigencias del mercado, una movida para no violentar, no preguntar, no interferir su juego, sus entramados... ¿Está en duda su funcionamiento? Si y no; siempre está en duda, nunca es algo definitivo, como tampoco son definitivos, ciento por ciento certeros los cortocircuitos que se le logra hacer…Lo que sospechamos es que hoy pasa por aquí (por la regulación de los estados de ánimo, por la construcción de climas, por la modulación de las sensibilidades) gran parte de la eficacia y vigencia del mercado (su sistema de jerarquías, el modo de relación social que plantea, etc.).
Este pedido de pacificación, la instalación de un estado de ánimo social pacificado no solamente tiene su sentido (o su cometido) en trabar un impuesto a las exportaciones de soja, por ejemplo, (eso se puede negociar, mejor o peor, de tal o cual manera), a lo que se apunta fundamentalmente es a crear un estado de ánimo pacificado, primero, para que una medida así “caiga mal”, sea mal vista, no cuaje, pero sobre todo, para que a la sociedad ni se le ocurra plantear esas preguntas molestas al mercado (qué se produce para comer y quién se lo lleva, cómo se distribuye, cómo se trabaja la tierra, quién decide sobre nuestra vida…) o hacer cosas que interfieran “desde abajo” el circuito mercantil.
Por esto, el virus de la moderación diseminado por la lógica mediática, no es únicamente el pedido de una vieja chota, ni de los pequeños políticos del simulacro. Más bien, es el pedido –la necesidad de funcionamiento- de la lógica del mercado. Las lógicas de mercado, son los que están pidiendo moderación... Entendiendo el clima de moderación en el sentido del no-violentamiento de un orden social de mercado, se pide moderación, porque se pide no sobresaltar, no interferir las arterias y las conectividades del circuito mercantil...Se pide pibes educados, políticos honestos, gobiernos previsibles que no hagan saltar la estratificación de mercado que copta nuestras vidas, y la de nuestra sociedad...
Dentro de la época actual, siempre convivieron como posibles muchas de estas fuerzas sociales reactivas, aniquiladoras, moderadas...Quizás esperando su oportunidad de operar, boyando en el vacío preparándose para su actualización. El problema es que en estos momentos esas fuerzas reactivas que estaban como posibles, están siendo más fuertes, más peligrosas, más desestabilizadoras.
Están cambiando las correlaciones de fuerzas…Eso que al interior de nuestra sociedad, estaba agazapado, silencioso, subterráneo, ha comenzado a ganar protagonismo, a agenciarse en enunciados e iniciativas políticas reactivas (discursos y medidas de seguridad, pacificación, aniquilación…), cada vez de manera menos contingente, y cada vez de manera más alevosa. (Esto de manera explícita se puede ver en la ciudad de Buenos Aires, la ciudad del terror-pop).
Éste es el problema, todos estos deseos sociales reactivos. (Que se realizan en enunciados de moderación, seguridad, muerte), han emergido con fuerza del fondo silencioso de nuestra actualidad. Pareciera que estamos viendo una escena de un film en cámara lenta; la escena nos muestra a unas cuantas cabezas de bailarina que componen un ballet acuático emergiendo a la vez –con sincronización perfecta- de una piscina de aguas turbulentas, oscuras, densas, y violentas. Precisamente deseos y fuerzas que estaban perdiéndose sin llegar a otros, ahora empezaron a tener músculos, pieles, órganos, palabras, y mentes afiebradas, enfermizas y asustadas…en donde alojarse. El ritornelo incesante de la moderación es el nuevo himno de tangópolis…
Por eso debemos intervenir, hacer ruido en esta atmósfera digital ante la amenaza de terrenos desolados, calles frías, y vacías, calles donde las alfileres se clavarán de las remeras de los pibes dejándolos colgados de mapas digitales (como moscas pinchadas en paredes de tergopol de un laboratorio de biología....) Si no queremos ser el orgullo de un cazador de mariposas, debemos movernos... no podemos quedarnos quietos...
Ahora bien como decíamos este pedido-exigencia de pacificación no aparece de la noche a la mañana, ni nos toma de sorpresa… El virus para funcionar requiere de cuerpos capaces de recibirlo e incubarlo, de darle cobijo, de incluso alimentarlo. Y a ese cuerpo social donde se inyecta el virus hay que hacerlo… se hace construyendo recuerdos dolorosos, se hace con horas y horas de noteros histéricos surfeando en vivo y en directo olas de inseguridad, se hace con cansancio de laburos de mierda, con propagandas perversas, con mapas de la inseguridad… Todo un golazo si cuerpos así, en vez de gritar, de patear el tablero, de vomitar su dolor, piden a gritos una lluvia de Ribotril…
Por otro lado, es llamativo que las voces que piden moderación son las mismas que treinta segundos después piden pena de muerte, represión, justicia por mano propia… Entonces son dos caras: los nervios a flor de piel y la moderación. Un par de tácticas que se insertan en la estrategia de pacificación, de control social (ese es el objetivo…). Las dos tácticas pretenden aquietarnos, desmovilizarnos, desactivarnos. La que pone nuestros nervios a flor de piel, ansiosos, a puro viodeografh de “ultimo momento”, “en instantes”, “urgente”, pero también a puro trabajo precarios, vínculos sociales violentos, hiperconectividad a la pantalla, etc. Y la que nos pacifica, empastillándonos, aquietándonos con sus enunciados de moderación, sus llamados a la tranquilidad, el ofrecimiento de una pastilla que sirva para una nueva huida de la vida, que nos tranquilice, que nos sumerja en las profundidades de un océano silencioso, oscuro, denso… para ir alejándonos cada vez mas de los otros… Estas son las lógicas, nunca lineales, necesarias, ni causales, sino intrincadas o simultáneas.
Es más, podemos decir que la moderación como táctica opera en forma retroactiva…ella produce la crispación como su causa. Ese enunciado de moderación nos interpela-retroactivamente como sujetos alterados… Así se produce nuestra disponibilidad. Cuando se exige, se pide a gritos desgarrados moderación, ya caímos en la trampa, ingresamos al círculo de la estrategia pacificadora. Allí, ya no podemos hacernos preguntas por los mecanismos que ponen nuestros nervios en carne viva, por los medicamentos que crean los cuerpos enfermos…. Si aceptamos la moderación, aceptamos la crispación.

Ultima escena:

Un grito de activación…los ojos rojos se agudizan…los ánimos convulsivos y agitados se conectan porque reconocen en sus cuerpos los del otro…un estalle de aguante…desde aquí nos plantamos... y así empieza la función…
Por eso debemos salir de una especie de fatalidad digital en la que estamos insertos... no existen acontecimientos o contingencias políticas o sociales que operen en niveles o umbrales diferentes al de nuestra vida, al de nuestro dolor. Estamos permanentemente experimentando un malestar social, generacional, y también político... La pantalla de juego en la que estamos jugando es una pantalla que esta hecha de nuestros sufrimientos y nuestros dolores… también de nuestras alegrías. Muchas de las acciones que llevamos a cabo todos los días están cargadas de politicidad, (en nuestros laburos, en los barrios, en los recitales, en la cancha). Cuando a través de nuestro aguante en los terrenos precarios recuperamos una sensibilidad colectiva (robada a los terrenos de juego virtual).
Imaginemos un par de cajeras de coto o de wall mart que encaran a una encargada por que nos las dejan ir al baño, o un grupo de chicos que laburan en un local de ropa en donde los obligan a trabajar los feriados sin pago extra y que intentan armar una movida… O una piba en una estación de servicio que se planta por que hace frío y se quiere poner una campera, peleándose porque no la dejan dejar de ser por unos segundos el maniquí-erótico. O en un grupo de encuestadores que arman una movida para mejorar sus condiciones de contratación, o en los pibes que en los call-center buscan producir algún tipo de protesta “clandestina”. O en la cantidad de pibes que cotidianamente se juegan la vida en obras en construcción sin la más mínima protección y deciden parar su trabajo…
No decimos que la estrategia de la pacificación viene a llevarse puesto nuestro idílico y protegido mundo laboral juvenil… lo que decimos es que en un terreno anímico de moderación, de pacificación, ¿qué vamos a ser nosotros, nuestros amigos, y tantos otros que no conocemos ¿unos loquitos? ¿unos barderos? ¿Se puede tener diálogo y convivencia, cuando nos forrean y mulean? No es que nunca nos topamos con estas preguntas, o que no nos las hacen para nada... el problema y la preocupación es por que estas preguntas encuentren un eco absoluto, más unánime.
El aguante de nosotros y nuestros amigos en diferentes paradas, no se puede pensar si no te plantás. Si el clima de la pacificación es el aire que se va a respirar en los supermercados, negocios de ropa, fabriquitas, call center, vamos a estar más embarrados. Plantarse significa romper con algo, decir no, basta, para desde ahí crear, afirmarnos y salir para adelante. Es escabullirse a la indiferencia y al encierro, para inventar alguna movida; por que si no nos plantamos, no nos juntamos, llegamos más cansados a nuestras casas, mas humillados, con más dolores en las piernas, en los brazos, oyendo a la espalda quebrar, con tendinitis, con cansancio. Nos duele la cabeza. No podemos dormir. Andamos recalientes y puteamos a todo el mundo. Damos un portazo y nos metemos en la pieza. O damos un portazo y nos vamos al carajo. Este es el terreno que se prepara para montar la pacificación… Pero también descubrimos la trampa: más moderación es más muleada, y más muleada es más nervios a flor de piel: ¿Se trata de pedir diálogo, buenos modales, no gritar ni enojarse?… ¿O lo mejor sería aceptar que tenemos bronca por que estamos sufriendo, que nos sentimos impotentes, que estamos cansados de que nos forren, sabiendo que si intentamos elevar la voz nos forrean mas? La violencia no es la de nuestra afirmación, sino la muleada a la que nos vemos sometidos cotidianamente, esa que se nos pegotea en la piel, que se nos impregna en todas las fibras de nuestro cuerpo. Aguantar, afirmarse, no es festejar un goce estéril e impotente (fisurando en cada esquina, o en cada boliche), es tratar de evidenciar los saberes que portamos en nuestros nervios, en nuestras venas y en nuestros cuerpos. Los saberes que nos transmite la conexión a un estado de precariedad. Los saberes de las micro-resistencias en los espacios laborales y sociales hiper-precarios. Y que hace que queramos gritar bien fuerte, un grito desde nuestros estómagos, desde nuestras mentes abrumadas de violencia y de publicidades cínicas, un grito de cansancio, un grito potente que nos active y nos saque del abismo. Si nos quedamos en el suelo de la indiferencia, y la desolación –en donde cada vez son más fuertes los fríos glaciares que nos alejan de vos…- somos tipos-pan comido para los gobiernos del estado de ánimo. (Sabemos que jugando al borrego nos van a carnear….)

Tu aliento vas a proteger… en este día, y cada día.


Colectivo Juguetes Perdidos
Junio 2009

viernes 20 de marzo de 2009

Otro Rock es posible



El rumor se había expandido por el aire mayoritariamente a través del circuito del “boca en boca”; novias, amigos, compañeros de laburo, compañeros de facultad, nos habían anoticiado, esta vez la bemba clandestina- aclaración: la clandestinidad cada vez más obligada del plan barrial roquero- nos decía que la renga organizaba un festival en las sierras de Córdoba. Al principio quedamos medio confundidos ¿la renga tocando en un festival? Claro, es entendible, la lógica cultural posmoderna produce sus efectos, tenemos introspectado el vinculo festival de rock= multinacional esponsoreando la “cultura juvenil”. Esta relación que –al menos para nuestra generación esta muy naturalizada- se hizo pedazos esta vez. El murmullo se materializo: la renga organizo el festival de la huella invisible, en Santa Maria de Punilla, en las sierras de Córdoba, a unos km de Córdoba capital. Hacia allí partimos, sabiendo que lo que íbamos a vivir tendría el aroma de los acontecimientos importantes. No nos equivocamos…

El ritual se repitió como en cada recital realizado por las bandas creadoras y militantes del plan barrial. En la noche del viernes 23 de enero, autos, combis y micros transportaron a las tribus itinerantes hacia el nuevo centro -efímero, invisible, móvil- roquero. Partiendo en grupos a vivir días descolgados de la rutina cotidiana, días en que nos vemos arrojados fuera del calendario, olvidándonos del principio de incertidumbre, violencia, consumo y precarizacion que intenta marcarnos el terreno de juego. Son esos dias en que el círculo de tiza en que nos encierran -circulo de tiza que se corre, ampliándose cada vez que nos acercamos a sus límites- parece diluirse. Mejor dicho, nunca estos principios se borran del todo, por ejemplo el de la precarizacion: los viajes rituales siguiendo a nuestras bandas, siempre se juegan- y que esfera de nuestra vida no -sobre este terreno, pensemos sino en los micros que tosen y se retuercen a cada paso, en los choferes ortivas que quieren irse sin que estén todos los pibes encima, en los que organizan los viajes, en los policías que molestan, etc, etc, etc. Pero también sabemos que este es el terreno diario y sobre el que tenemos información de sobra en nuestros nervios para movernos. Pero volvamos al recital: el aconteciemto, el que nos marca el ingreso a una nueva temporalidad, el tiempo colectivo, festivo, de hermandad, de la fundición de todas las voces en una sola y gran garganta, comienza antes del recital, ya en las horas previas a tomarnos el micro, ya en nuestros laburos -mayoritariamente de mierda, explotados, precarizados, forreados- o en nuestras casas, en nuestras calles, percibimos, olemos, sentimos en el cuerpo una atmósfera diferente. Cambian los colores de la realidad, cambia su velocidad (esa ansiedad que nos carcome), nos olvidamos de los quilombos sabiendo que nuestra individualidad se va a quedar en nuestro cuarto encerrada con llave y que no nos va a encorsetar la fuerza, la alegria, y la pasion desbordante de esos días… Así partimos, a vivir la fiesta comunitaria; ya en la ruta perdimos las categorías espacio-temporales habituales: todo se rigió por el principio de la embriaguez, y así sobrevinieron las cervezas, los vinos, los cigarros malditos, las carcajadas, los cánticos grupales, los abrazos, en fin: las pequeñas alegrías.

Llegando a Córdoba se sumó el asado y la tarde entre amigos (conocidos o no, cercanos o lejanos, lo mismo da), todo vivido en forma comunitaria, tribal, lúdica… Y por supuesto que el medio ambiente natural fue el escenario que lo hizo posible, tirados en el río, mirados por las sierras verdes, disfrutando del sol. Todo lo que no podemos hacer seguido la gran mayoría de los animales sub-urbanos que seguimos a las bandas que siguen apostando al rock como fuga, como encuentro, como movimiento. Por que de eso se trata, de poder cambiar el entorno, mucha de la alegria compartida, fue producto de la liberación que sufrieron nuestros ojos de la presión mediática… poder mirar el horizonte, perder la mirada en el infinito del cielo o de la nada. En fin no tener que limitarla por televisores, computadoras, carteles publicitarios.

Como en otras oportunidades, el recital de la renga sirvió de “excusa” para encontrarnos, para conocernos, para mirarnos cara a cara, para hablar y reírnos a los gritos, para emborracharnos, para alegrarnos. La renga convoca deseos, fuerzas, pasiones, ofrece un lugar y un momento en donde volcarlos, no es poco en esta época de desiertos digitales e individualismo: quizás es lo principal, suturar soledades y arrojarlas a la calle, a un sitio publico, a un lugar real, carnal, con cuerpos corporizados que se chocan, se besan, se golpean, se abrazan… Pero esta vez, a toda esta maquina deseante se sumo otra singularidad, una pequeña batalla (o gran batalla, depende desde que plano se lo mire). En un presente en el que vemos al rock repartido entre los hiper-mega-festivales, es decir, el rock espectacular-mediático y por estos dias la emergencia de lo que podemos llamar rock cínico, es decir, el rock-pro, roqueros bonitos, educaditos, con grandes gastos educaditos…

La renga demostró a través de la organización del autogestionado festival de la huella invisible, que otro rock es posible. Este acontecimiento abrió un nuevo campo de posibilidades. Realizado con la explicita intencion de pelearle espacios a la logica de mercado que hegemonizo con fuerza el rock de nuestros dias. Por que no debemos regalarle los festivales de rock a las multinacionales… Este recital abre, crea una nueva enunciación colectiva para el rock: otro rock es posible. ¿Cuál es ese otro rock? El rock del plan barrial, el rock como movimiento, el rock-militante. Pero ahora se suma otro posible -otro camino nuevo-, las bandas que siguen apostando a esta forma de concebir el rock se pueden juntar, organizar movidas con grandes recitales como ocurrió en Córdoba. Las bandas grandes -que como la renga tienen la voluntad para hacerlo- sosteniendo y aguantando a las bandas chicas, o que recién empiezan a caminar, bandas que por falta de infraestructura y convocatoria no pueden organizar sus movidas, no contando con lugares para tocar. Por que de eso se trata, de que estos festivales organizados por grandes bandas, sean también espacios para apoyar a los que recién empiezan, esta es una forma de seguir apostando al plan barrial ofreciendo lugares a las bandas que recién germinan, para que puedan mantener una autonomía relativa sobre sus creaciones. No es azaroso que la banda convocante de este suceso haya sido precisamente La renga, una banda que ha sido objeto de la mezcla de deslegitimación, ataque e invisibilizacion por parte de las logicas mediaticas y del establishment roquero-espectacular. El nombre elegido para el festival es una metáfora de sus intenciones: “Festival de la huella invisible”, las huellas, los restos, los retazos sueltos y dispersos del rock-militante, ese que hay que buscar a contrapelo de las madejas de discursos sobre el rock como festival organizado por una empresa multinacional, o del rock ofrecido en una divertida agenda cultural del verano pro. Como otro símbolo singular de esta movida, la imagen del festival fue una huella en la tierra de una zapatilla Topper, las mismas que sirven de signo para identificar a los pibes de Cromañón. Este festival demostró que nuevos virtuales coexisten junto a la realidad del rock-espectáculo. Mejor dicho, el festival fue una efectuación de esos posibles, estas fechas ya se habían organizado en pequeñas escalas, a niveles mas micro, lo que cambio ahora es la magnitud. Y no es casual, que el lugar en donde se materializo esta movida allá sido en un sitio alejado de Buenos Aires entre las sierras de Córdoba; el circuito de estadios de fútbol, micro estadios, polideportivos, y lugares para tocar rock en la capital federeal estan hegemonizados por las grandes empresas del entretenimiento juvenil-rockero, de alli la fuga hacia el interior de varios de los grandes recitales de este año. Pero como dijimos antes, el festival no hubiera sido posible sin los pibes, sin los militantes del rock barrial, sus deseos -nuestros deseos- hicieron posible este acontecimiento, en gran parte ayudaron a su efectuación, el “sin ustedes no hubiera sido posible” en la voz del chizzo marca las ganas, las fuerzas de los pibes que desean otro rock por fuera de los mega-festivales, o de los festi-pro, un rock en el que podamos participar organizando las movidas, llevando las banderas, poniendo la fiesta y fundiéndonos como una gran masa con la banda que esta tocando, de aquí el somos los mismos de siempre como enunciación colectiva de los rengeros, identificándonos con la banda; todos somos los mismos de siempre,(el nombre de los ditirambos rengueros) así como suena, apostando a una esencia, una sustancia, un relato trans-histórico, a-temporal, eterno, identitario…(y bueno, quizás en medio de tanta hiper-contingencia posmoderna, un poco de esencialismo no cae tan mal no?). Esos pibes, son los que se alegraron de un dia arrojado al corazon de la naturaleza, los que se embriagaron , y disfrutaron de escuchar rocanrol, en medio de otro entorno, rodeados de grandes sierras verdes, rodeados de vientos calidos, de rios, de oscuridad, de horizonte… Y no insertos en el entorno semiótico (y no tanto) de los hipermegafestivales, con los carteles-panópticos, las luces artificiales delimitando posiciones en el espacio controlado y seguro… Quizás los pibes no quieran escuchar tranquilos, cómodos y seguros rock-Light, música para bebes, acordes inofensivos de esos que se graban sin quejas en los mp3. Quizás prefieran el rocanrol que desborda cualquier mar, ese que es incompleto si se escucha transformado en megabytes, ese que se crea para ser escuchado-vivido-entre amigos, en bandas, entre muchos, ese que emociona, que afecta, que arrastra con su fuerza a otra dimensión, ese rock que crea una nueva temporalidad, ese rock que arrastra con su fuerza a una marea de cabezas y brazos, para formar un pogo inmenso, violento, un cuerpo colectivo, ese rock intempestivo, fulgurante, caótico, que nunca reparo mucho en métricas, virtuosismos, o grandes tecnicismos. Quizás los pibes no busquen seguridad y confort, ni quieran grandes mecenas para su rock, sino que prefieren buscar a través del rock experiencias, aventuras, riesgos, peligros, en fin, buscan vivir. De algo estamos seguros: por mas que proliferen consultores de marketing de empresas multinacionales, agencias de publicidad, grupos de estudio sobre cultura juvenil, intermediarios culturales progres, caza-tendencias olfateando el rock, radios de puro rock nacional, ministros de cultura y entretenidos festivales de verano, bandas nuevas e infinidad de caretas de todo tipo: no podrán capturarnos nuestro rock, por que este prolifera, se mueve, crea mundos, crea lugares en donde crecer, produce entornos, nos une y nos empuja al afuera de los mundos virtuales… Mientras siga siendo arropador de nuestros deseos podemos seguir creyendo que el sueño no murió.


Febrero 2009

martes 17 de marzo de 2009

Acá están, estos son: los juguetes perdidos...


¿De donde salimos?, bueno, intentemos poner un origen. Somos un grupo de pibes que se chocaron en los pasillos de la carrera de sociología…, así como suena, un encuentro “epicúreo y aleatorio” que produjo amistad y rejunte. Pibes que en un determinado momento se desviaron del circuito trazado en la facultad y se conocieron. Pibes de diferentes lugares de la ciudad y el conurbano, cargados de inquietudes y pulsiones, que la ruleta de la vida los juntó en un determinado lugar. Y de allí la explosión, es decir, deseos perdidos, extraviados, potentes, que se conjugan, se juntan, confluyen, y crean amistades; después -para poner una linealidad- viene el colectivo.

En el medio pasaron, cervezas, textos, plazas, pizzas y asados, fútbol, angustias, risas, catarsis, de nuevo libros, ideas, viejos filósofos “pulentas”, charlas políticas, rocanrol (mucho rocanrol), y quilombos (de guita, de trabajo, de parejas, de familias, etc., etc., etc.), en fin nada muy diferente a la realidad de gran parte de los pibes de nuestra generación y nuestra época (bastante fulera ¿no?). Y de todo este rejunte, emerge la creatividad. Así explotando en pequeñas o grandes estruendos, fulgurante, rapsódica, embriagadora, narcotizante, violenta, sale la creatividad. Creatividad, como alegría, como afirmación, como potencia, como búsqueda. Afirmación de nuestra vida, de nuestra época, con todo lo que tiene sobre sus hombros; con risas y llantos, con grandes males y pequeñas alegrías, con conflictos, hemorragias, angustia, pero también con vitalidad, con jovialidad, buscando los deseos escondidos, las fuerzas, las pasiones… Todo ese combo, afirmándonos en él; no negándonos a través de la interiorización del dolor y de la mala conciencia: no queremos comernos nuestro dolor, preferimos quizás escupirlo, vomitarlo, “devolverlo”..

Esta es la época, esta es la cancha en la que nos toco jugar -embarrada, poseada- pero en fin, no podemos quedarnos temblorosos en los túneles, acurrucados y esperando. Así es nomás, un presente del gobierno de la vida, que incluye el gobierno de los estados de ánimos, de la tristeza y de la felicidad, por eso saltamos del dolor y la angustia, a la aparente felicidad, de la depresión a la alegría, así en un pestañeo, sin entender nuestros cambios, de la “nada a la gloria, y de la gloria a la nada”. Pero parte de nuestra apuesta generacional, tiene que ser proteger nuestro estado de ánimo de los reiterados e imperceptibles secuestros.

Justamente de eso se trata una apuesta generacional: poder decir con nuestras palabras lo que nos pasa, nombrarnos a nosotros mismos y ser protagonistas de nuestra vida, y no ser testigos de nosotros por creer lo que boquean los demás, que están lejos y muchas veces no entienden nada…

En esta pantalla de juego también esta la espectacularización de nuestras vidas, los infinitos simulacros, el frío del desierto digital, así es como vemos a psico-héroes, y ciberpredicadores, invitándonos a una nueva partida de la vida, una nueva negación, un abandono de la vida y del cuerpo, esta vez lo dejamos sentado en una silla –en nuestra casa o en algún cyber-conectado a un mundo de cartón mal coloreado que lo único que deja ver es una desolación, y un frío bastante intenso. El cuerpo-cadáver, rígido frente a la pantalla sonríe, y se le nota que su respiración y sus latidos han bajado. Pero bueno, la soledad parece no ser tal, hay flogeres, emos, segundas vidas, face book, y otros parajes virtuales que parecen llenos de gentes, como cyberbares habitados por borrachos tristes que no se hablan entre si. Encima, parece que nos invade todo lo viejo, o mejor dicho no solo nos clausuran los mundos, y las vidas posibles, sacándonos de la mente la imagen de un futuro, sino que nos tiran toda una onda retro por la cabeza, que parece un gran bloque de piedra que nos aplasta y no nos deja mover. Así, proliferan lugares para encontrarse con viejos amigos o compañeros de escuela como los face book, pero también la posibilidad de ver bandas viejas que se vuelven a juntar, películas que se vuelen a filmar, discos viejos, nuevas versiones de cosas añejas, en fin toda una remake de la vida. Cada vez más infantilizados, mas bobos frente a los colores de la tv: “parece que tendremos que usar pañales de aquí en más”… Como niños solos, débiles, y frágiles, perdemos cada vez más la experiencia, perseguimos con camaritas la inmortalidad, porque vemos que estamos parados sobre tierras movedizas, sobre un piso de cristal. La cagada es que en esta pantalla de juego no parece haber lugar para lo nuevo, para una fisura, una falla, un error. Pero esta apariencia de un mundo cerrado, es solo eso, una apariencia, una simulación. Podemos buscar otra cosa.

¿Entonces somos vanguardistas, buscamos lo nuevo, venimos a proponerlo? Ni a palos, todo lo contrario, ni somos vanguardistas, ni adelantados, ni ninguna otra gilada parecida, es mas, podemos decir que salimos de los culos de las botellas de cerveza, de esos fondos que siempre guardan un poco de espuma caliente pero también las voces y las palabras de un grupo de pibes en ronda. Ahora bien, ¿porque colgar palabras, textos, ideas, imágenes, voces, en el cyberdesierto? Precisamente, porque en los desiertos también hay camellos, es decir, hay anclajes, parajes, donde es posible encontrarse…. Sobretodo pensando que hay varios náufragos de los mares digitales buscando algún lugar donde aferrarse… Pero también creemos que la intervención “fugaz, instantánea, parpadeante” en esta virtualidad es solo lo que busca que un común pestañee, quizás perdido en estos caóticos laberintos de bytes se desvíe en un pasillo y se tope con algunas ideas que ansían odios , voces, ojos, nervios, sensibilidades, donde posarse… Y de ahí, la chance de poder encontrarnos en algún lugar, de parar juntos, abrazarnos, brindar, aguantarla en la misma esquina y armar alguna movida…

Por eso a los juguetes perdidos nos encuentran-los encuentran, nos encontramos- en las calles y barrios de la capital federal y del conurbano, en los pasillos de alguna facultad, en trabajos precarizados, y/o explotados, en recitales de rock de las bandas que levantan el plan barrial, en plazas, en canchas de fútbol….
En estos lugares nos conocimos, desde aquí iniciamos el viaje, desde aquí salimos -y siempre estamos regresando, para volver a salir- a buscarnos…
Las calles en donde nos vigilan drogocops-sin ley, en donde los gatillos fáciles de los sherrifs, nos persiguen afilando guadañas, en donde la violencia crece como los pastos de un terreno baldío, en donde el clima antipibe se respira peligroso, denso, pesado, violento….

De esto se trata nuestra “apuesta generacional”, de afirmar el aguante de nuestra generación frente a una época muy jodida …Una de las formas de hacerlo es a través de las palabras, de los textos, de la creatividad que -a veces- termina escrita en un papel. Palabras que buscan ponerle nombres al sufrimiento, posarse sobre el , nombrarlo, palabras que puedan expresar esa atmósfera enrarecida en la que muchas veces nos sentimos inmersos… Palabras cargadas de vitalidad, de alegría, de potencia, palabras que tienen que extenderse como las puntas de los dedos, palabras que deben estirar la superficie sensitiva de nuestra piel, para poder afectarnos, precisamente palabras que no parezcan palabras, que al leerlas –o escucharlas, o verlas- nos hagan olvidar que son palabras, para ver y sentir al corazón sangrante que las parió en una hoja. De eso se trata, de escribir desde lo que nos afecciona, desde lo que padecemos, desde los quilombos que nos interrumpen el paso de nuestras vidas, desde lo que emerge dándonos un topetazo en el pecho… Sabemos que en nuestra búsqueda la forma-escritura es una contingencia, puede estar como no, puede ser reemplazada por charlas, música, bailes, y todo lo que contribuya a encontrarnos, a desearnos como pares, a pensar algo juntos, a empezar a desarmar nuestros cuerpos individuales-los cuerpos que portan la angustia, el dolor, la soledad, y el cansancio y la depresión de llevar nuestra vida sobre los hombros- por cuerpos mas grandes, cuerpos de gigantes, cuerpos colectivos, hechos de miles de nosotros… De eso se trata…en esta época “cueste lo que cueste”, tratar de armar algún puto full…


Colectivo Juguetes Perdidos
Agosto del 2008

martes 10 de marzo de 2009

Los Antipibes


Acercándonos a los últimos días del año, nos encontramos con un nuevo aniversario del acontecimiento-Cromañón. Interfiriendo los sonidos de la “alegría social” de las festividades de fin de año, regresa el ruido mudo, la música silenciosa del horror y la desesperación que trae aparejado el recuerdo del suceso. Sabemos –sobre todo en estos días que se caen del año– que es inevitable que nos asalten las imágenes del horror, la muerte y la ausencia. Pero también estamos convencidos de que estamos obligados a pensar este acontecimiento generacional, en cada uno de sus retornos –siempre desbaratadores, por cierto–. Cada vez que el acontecimiento-Cromañón asalta el presente de nuestras vidas cotidianas, debemos convocar a nuestras fuerzas y a nuestras sensibilidades para pensarlo, para ponerle nombre. Esta nueva conmemoración nos encuentra inmersos en un creciente clima anti-pibe. Nos referimos a un clima en donde impera la lógica de la criminalización que ya estaba presente, junto a otros discursos, en el poscromañón.
Tanto desde los medios de comunicación, como desde determinados niveles del poder, se está llevando a cabo un bombardeo sistemático sobre la necesidad de “bajar la edad de imputabilidad a los menores de edad”, “agilizar los procesos judiciales para que los delincuentes no entren por una puerta y salgan por la otra”, “combatir al paco, y a las diferentes drogas que producen delincuentes”, etc. Toda una artillería social que apunta con su mira a un objetivo infalible; los pibes (sobre todo los “pibes del conurbano” y de los barrios bajos de la capital).

Sin esquivar las interpelaciones de la cruda realidad, que nos muestra una violencia social muchas veces protagonizada por jóvenes, no podemos dejar de ver todos los mecanismos de control social que se ponen en juego detrás de esta producción incesante de una imagen-icónica difusa sobre “el joven violento”, irracional, criminal, sociópata.
Se presenta a los pibes como animales rapaces, incapaces de cumplir cualquier promesa social, incapaces de mantener cualquier tipo de convivencia social, únicamente impulsados por instintos. Todo el tiempo un ritornelo incesante nos asalta: “menores que protagonizan secuestros”, “pibes que matan por un celular”, “chicos que se drogan y matan sin motivo”, “jóvenes que se enfrentan a la policía”, etc, etc, etc.

Pareciera que la sociedad argentina está realizando una movilización total de sus fuerzas y de sus deseos oscuros de represión contra los pibes. Toda una milimétrica coordinación de miedos y angustias que apunta a aniquilar, a limpiar de nuestras calles y nuestros barrios a lo peligroso, a lo incómodo... Y los protagonistas de muchos de estos estigmas son los pibes, los jóvenes pertenencientes al conurbano bonaerense y las barriadas pobres. Esto lo vemos en las publicidades (que nos muestran a pibes robando celulares, forzando puertas de tranquilos y reconfortantes hogares, intentando colarse en un edificio de gente civilizada), en los noticieros, en los diarios, en los discursos de muchos políticos pero también en las calles, en los mismos barrios, en nuestros propios vecinos.

Vivimos en una sociedad enferma. Una sociedad esquizofrénica que concibe al joven como el signo primordial del consumo, como el “divino tesoro”, pero que también lo presenta como un peligro para la vida pública-ciudadana-civilizada. Un joven violento, riesgoso, temerario, al cual es necesario combatir, y sobretodo penalizar. Para posteriormente arrojarlo al depósito de desechos sociales de las sociedades contemporáneas: las cárceles. Allí dentro, la mayoría de la población la constituyen precisamente los jóvenes. A la par, las publicidades y las cárceles están llenas de jóvenes.

Pero esta esquizofrenia conlleva un mal mayor, que es el neofascismo: una trama de oscuros, intrincados y ocultos sueños y deseos de muerte hacia los pibes, que encarnan la figura de lo peligroso, lo desbaratador, lo discordante. Grandes porciones de nuestra población desea una sociedad ordenada-profiláctica-aséptica, una sociedad “segura”, en “paz”, plagada de infinitos sheriffs “afilando sus guadañas”, esperando a los cuerpos jóvenes escondidos en la sombras de cada esquina y de cada calle suburbana. Esperando que el pibe caiga en su trampera.
Sueños fascistas dispersos de a montones en nuestra sociedad, que se babean por ver linchamientos-luminosos. Una nueva versión de los linchamientos y diferentes tipos de persecución y punición pública de antaño, donde estas muertes –cuyas primeras victimas serán los pibes– serán televisadas a escala global o colgadas inmediatamente en la Internet.
La alianza entre criminalización y espectáculo de la muerte nos mostrará en breve a conductores de programas masivos de televisión invitando a los concursantes a “juzgar y linchar por un sueño”, a “asesinar por un sueño”. Un gatillo fácil masivo y televisado. No estamos muy lejos de programas de entretenimientos en donde los concursantes deban dispararles a pibes que se esconden entre las laberínticas calles de los barrios periurbanos, o de audiencias masivas felices de ver al caño del streap-tease junto a un patíbulo, en donde el pibe menos votado del tele-voto deberá sufrir la pena del ahorcamiento, todo bien auspiciado y bien iluminado.
Hoy en día una gran parte de la sociedad retomó un poder de policía por fuera de los mecanismos del Estado, basado en la denuncia y el linchamiento, con claras intenciones de hostigamiento y aislamiento de los pibes, creando inseguridades, administrando miedos. Tanto en “TN y la gente”, el “mapa de la inseguridad”, y los micro-linchamiento barriales, se responde a esta lógica de retomar el poder policía en las manos de la “gente”, “blanca y argentina”, los “buenos vecinos”.

En vísperas de un nuevo aniversario del acontecimiento-Cromañon, no debemos dejar de pensar como actúa esta lógica anti-pibes, que criminaliza a los jóvenes, que los convierte en vidas indignas, en vidas que pueden desaparecer de un día para otro, en muertes no importantes.
El racismo anti-pibe como forma de leer nuestros acontecimientos, muestra hoy no solo una movida muy fuerte por parte de medios de comunicación, intelectuales, organizaciones políticas, personajes nefastos, etc., de culpar a los pibes, sino que al mismo tiempo criminaliza nuestras fiestas, nuestras formas de vida, nuestros símbolos y nuestras calles. Una criminalización basada en claros presupuestos de que somos vidas bárbaras.

Nuestro desafío es pensar este contexto de criminalización, esta lógica que se articula con los discursos de la inseguridad y que opera estigmatizando cuerpos, gestos, zonas de la ciudad, lenguajes y vestimentas. Pensarlo y crear lazos que se le opongan.

Todos las puteadas y bronca que exhalamos cuando escuchamos estos discursos deben obligarnos y movernos a pensarlos. No podemos aceptar la idea de que los pibes somos porquerías peligrosas, sino recuperar un montón de experiencias de los jóvenes que venimos aguantando al maremoto de precariedad e incertidumbre que es nuestra vida. Por eso este cuarto aniversario del acontecimiento-Cromañón nos debe impulsar a pensar cómo gravitan los discursos criminalizadores, pero también a resistir recuperando la solidaridad de los pibes que dieron su vida sacando a sus amigos entre el humo y la ceniza.
La criminalización y el racismo es una de las múltiples pantallas de juego que existen en la actualidad, una temperatura de época que debemos revertir. Y el primer paso, quizás es no ser nosotros mismos anti-pibes, y así poder valorar nuestras formas de vida, reflexionar desde ahí, criticarnos desde ahí, sabiendo que nosotros llevamos en nuestras manos esa bomba de hoy y que esquivamos las miras, y que en ese vivir creando refugios, resistiendo implosiones, está el saber más preciado, la información que nos permite construir un escenario en el que de alguna manera estar a salvo de las miras del cañón. El que no salta es un botón: así parecen estar distribuidas las cosas hoy en día. ¿En que momentos nosotros mismos hacemos carne ese poder de policía y en que momento, en cambio, saltamos, ponemos el cuerpo y vivimos como pibes, afirmándonos? Una vida clausurada en cuevas digitales, rodeada de escuadrones tecnológicos de denuncia y linchamientos, o una vida esquivando las miras, apostando a la calle, al encuentro con los otros, y a que muchos saltos hacen un cuerpo más grande, más fuerte...

Colectivo Juguetes Perdidos
Diciembre 2008

No escondamos nuestras bengalas

Aguante, precariedad y creación. Una lectura de Cromañón.


1.
Este texto parte de una necesidad: hablar sobre Cromañón pero con nuestras propias palabras, hablar como generación, plantarnos como jóvenes, afirmarnos y no dejar que hablen por nosotros ni los medios, ni los viejos chotos, ni los psicólogos, ni los especialistas, ni las publicidades, ni nadie.
Porque sentimos que Cromañón aguarda ser pensado; el tiempo de una generación se detuvo ese jueves del 2004, y es necesario que hagamos lo posible por entender lo que allí pasó, pensarlo. Porque todavía uno de nuestros rostros no puede dejar de mirar a ese boliche envuelto en llamas y humo esa medianoche de verano.
En primer lugar, tenemos que llevar a cabo un parricidio simbólico; desechar todas esas palabras mudas de los especialistas y de quienes hablaron de Cromañón tanto desde la culpabilización como desde la compasión o la victimización. Decimos que esas palabras se pierden en el abismo generacional, que nuestros oídos no se ven conmovidos ni interpelados por estos relatos escritos con el estilo y la tonalidad de la voz paterna.
Por un lado, los discursos compasivos o culposos de no habernos sabido cuidar no reconocen que están mirando el nuevo contexto social con los ojos ciegos por la obnubilación que produce la nostalgia y la melancolía de lo irremediablemente perdido; no queremos ni necesitamos que nos cuiden, si es que realmente supieran o pudieran hacerlo, porque la mayoría de las veces en ese “cuidado” percibimos un desconocimiento de nuestro mundo y una mirada despectiva hacia él. En nuestros nervios hay más información del presente que la que ellos pueden darnos. Por otro lado, escuchamos también críticas y culpabilizaciones sobre el mundo en que nos movemos: éstas son pronunciadas siempre desde una exterioridad asombrosa, como si nuestra época y la de quienes nos critican no tuvieran ninguna conexión. (Esa bomba de hoy, la que llevás entre tus manos... Eso es todo y sin embargo...)
Pero también circula un tercer discurso: el discurso de la indiferencia. Esta mirada opera en forma distinta a las otras dos, ni acaricia la cabeza del joven, ni lo repudia insultándolo; no lo ve. El discurso de la indiferencia, parte de la ausencia de una ética colectiva, lo que produce la ausencia de empatía ante el sufrimiento del otro, es decir, la imposibilidad de sensibilizar nuestros cuerpos ante el dolor ajeno. Este sentimiento de empatía necesario para la producción de una ética colectiva no se encuentra en muchos de los vínculos actuales. Aquí no hay negación de la otredad (en cualquiera de sus dos rostros: culpabilización o victimización), sino que el otro no ingresa en mi campo de inteligibilidad cultural, no ingresa en mi radar de lo posible. Por ende, los muertos de Cromañón no emergen como problema, ni como interrogante, porque no están presentes como vidas en mi mundo cotidiano.
La ausencia de un umbral ético que reconozca al otro como parte mía, y la captura de la sensibilidad a manos de los monstruos mediáticos, hace que muchos pibes de nuestra generación no perciban a las victimas de Cromañón como “sus muertos”. Es decir, no sienten en el cuerpo el sufrimiento por las 194 vidas jóvenes que han abandonado la historia con la velocidad de una vuelta de página. Esta mirada, convive con las miradas de la victimización y de la culpabilización a los que hacíamos referencia anteriormente. Estos discursos no están cerrados sobre si mismos, sino que circulan de manera conjunta y se pierden en grises. Pensemos sino como estos relatos se expresan en la banalización de lo social, todo es producto de parodia y de risa, el chiste cínico deja de emerger como verdad cruel (pero enmascarada) sino que irrumpe como única forma de leer lo social; la muerte, la tragedia, todo se licua en la risa vacía y desvitalizadora. Esta es la manera en que muchos periódicos o programas de televisión leen Cromañón; todo es producto de morbo y de parodia: las bengalas, las victimas, los sobrevivientes, etc.
La singularidad del discurso de la indiferencia, se puede expresar a través de la imagen de lo frío y de lo distante. Es como si una victima de Cromañón se paseara por el campo de un mega-festival de rock, organizado por alguna empresa caníbal, cargando sobre sus hombros su cadáver demacrado, veríamos a este cadáver y su espectro vagan sin rumbo, y sin ser vistos por los jóvenes que disfrutan alegremente del recital de una banda multitudinaria. Nadie percibe a la victima, la banda de rock sigue tocando sus solos de guitarra y cantando sus temas políticamente comprometidos, mientras los juegos de luces iluminan el momento festivo del nuevo entretenimiento cultural. A los costados del escenario vemos inmensas iconografías con los rostros de victimas de Cromañón, pero nadie parece reparar en ellas más que en los carteles de publicidad, o en la entretenida banda de moda. Abajo del escenario la victima y su cadáver siguen deambulando sin brújula, entre el pogo divertido que desata el ultimo hit radial.


2.
Creemos que para escapar de las victimizaciones, de la indiferencia o las culpabilizaciones necesitamos afirmar nuestras prácticas, nuestros saberes, nuestras maneras de divertirnos, de sociabilizar, de encontrarnos, de aguantar.
Luego de aquella noche que vivimos en Cromañón, triunfaron esas tres visiones. Por eso es que muchas veces se escuchan entre los pibes los discursos de arrepentimiento y de auto-culpabilización. Estos discursos privatizan el dolor, lo vuelven personal, y niegan todo lo que somos, todo los que nos hace felices, creativos y autónomos. De esta manera todas nuestras formas de divertirnos, de sociabilizar y de resistir fueron oscurecidas y negadas; porque en vez de recordar todo lo que hacemos e hicimos como generación, en vez de leer nuestras prácticas de una forma positiva, activa, dejamos que se nos niegue y nos negamos, quedando atrapados en relatos tristes, en relatos que nos ponen en el lugar de criminales, irresponsables, víctimas, o, directamente, como aquello que no interesa, que no merece ser recordado, como si fuera una generación perdida.
Sentimos que en cambio necesitamos leer la historia desde nosotros mismos, recuperando aquellas maneras de movernos que aprendimos en el tiempo que nos toco vivir, este mundo marcado por los riesgos, por la precariedad y la incertidumbre. Porque andamos por un mundo regado de minas y cada paso es una chance de implosión. Porque aprendimos a viajar trepados a los trenes (sin tener a donde ir), a no saber si aparece algún laburo, o si el que tenemos sigue la semana que viene. Necesitamos recuperar todas las maneras de adaptarnos y saber movernos que supimos crear en un entorno resbaladizo y cambiante, necesitamos retomar nuestras marcas como generación.
En estos tiempos donde todo es efímero, donde nos exigen hacernos cargo de nosotros mismos, nuestras prácticas confluyen en el individualismo y la competencia. Pero ¿cómo zafamos de esto? Ahí aparece el Aguante: Es una forma de resistir y crear ámbitos alternativos a esta vida que se escurre de nuestras manos, que carece de sentido y nos angustia. En este escenario plagado de choques fugaces y desencuentros ¿Cómo se construye un nosotros, un yo, una banda, un terreno de referencia, un “terreno sagrado”?
Vemos que es alrededor del “aguante” como se arma un relato, como se articulan las reglas en un grupo de pibes y pibas, como se arma consistencia, como se ordena de alguna manera el caos o como operar en él. Alrededor de la figura del aguante, concretamente, se está en una esquina, o se está con otros. Se trata de no ser un engranaje de una época donde el orden implica el caos, sino de construir un mundo donde el orden sea liberador y autónomo.
Allí armamos un relato, un paisaje de símbolos y experiencias que es nuestro refugio en un mundo plagado de espectáculo, de imágenes vacías y de plástico descartable. Un relato que coloque en el centro nuestro cuerpo y su sensibilidad, y el encuentro con otros cuerpos, la búsqueda de una vida autónoma. Se trata de escapar de un entorno artificial que roba nuestra sensibilidad; se trata de construir un mundo propio que coloque en el centro la creación, la pulsión de nuestros deseos, en pos de superar lo caótico y angustiante de nuestra cotidianidad, de nuestros laburos y el barrio.
La cultura del aguante emerge como una ventana en medio de los muros semióticos que el mercado produce cotidianamente sobre nuestras vidas. Es sin dudas, una línea de fuga de la noche eterna que pinta sobre nuestras cabezas la lógica de mercado actual. Aguantar es vivir, es decir, apostar por vivir nuestras vidas de forma autónoma y creativa y no cediéndola a los monstruos mediáticos ni a los relatos del consumo y del individualismo de la época del pos-deber. La cultura del aguante expresa esa afirmación de la existencia frente al dolor y al sufrimiento que nos provoca la soledad, la incertidumbre y la ausencia de brújulas para navegar los mares caóticos de nuestra época.
Decimos que aguantar es afirmarse, es apostar por vivir, dando un portazo al refugio privado que nos ofrecen las tecno-cuevas actuales, para salir a afrontar la intemperie y el frío que acecha a nuestra generación. Es enfrentando a la intemperie y caminando sobre terrenos movedizos donde nos encontramos con otros individuos solitarios y desamparados. Sabemos por haber leído en un libro no escrito, que si nos quedamos encerrados en nuestras casas jamás nos vamos a conocer. Por eso, elegimos la noche fría del barrio, para comernos nuestro dolor. No queremos resignarnos al mundo bobo e infantilizado que nos proponen día a día nuestros verdugos. En ese mundo vemos nuestro dolor iluminado y sonriente alejándose de nuestras manos. Preferimos la intemperie y el frío de las calles de la incertidumbre, antes que el cálido y afectivo útero digital. Solo nos mueve la posibilidad de afirmarnos, de ser creativos, de juntarnos, de abrazarnos, de emborracharnos, de reírnos, de llorar, de velar derrotas, y de dejar encerrados en nuestros cuartos a los fantasmas de la soledad.
Es en la esquina, en donde de forma aleatoria y epicúrea nos encontramos con otros cuerpos desorientados. Siempre la esquina es un lugar para acampar y hacer un fuego junto a los demás viajeros nómadas del desierto digital. Múltiples, infinitas esquinas nacen y desaparecen en los barrios de nuestras ciudades. Esquinas del infinito, sin coordenadas del tiempo y del espacio, solo localizables por aquellos náufragos generacionales. Quizás, la esquina es un lugar del paisaje cotidiano dibujado por el mercado que quedo sin colorear, quien sabe. De lo que sí estamos seguros es que sabiéndola buscar en el corazón de la noche, aparece, casi mágicamente, como aquel teatro del lobo estepario; muchas veces pasamos de día por sus mismas veredas, y no la podemos localizar, no la vemos, no la percibimos.
La esquina guarda en sus cavidades mas profundas (casi imperceptibles para oídos mayores) ecos de nuestras voces y de nuestras vidas, quejas por trabajos de mierda, precarizados y súper explotados, parejas que se esfuman con un pestañeo, puteadas hacia los viejos chotos (siempre sordos y mudos cuando intentamos dialogar), violencias de policías y de patovas, quilombos de guita... En fin, todo aquello que nos conmueve y que queremos gritar. Ese dolor que nos aqueja se pierde con los fondos de botellas vacías, no lo dejamos que se transforme en ecos de sollozos, que retumban solitarios en cuartos oscuros.
La esquina es una memoria de nuestra generación, una memoria frágil, difusa, balbuceante, que solo retorna a oídos que no creen en nada de lo que oyen. Es uno de los tantos momentos que sostienen la cultura del aguante, allí siempre un grupo de pibes miran de reojo a las sirenas luminosas y a sus cantos impotentes, prefieren amarrarse a la esquina, quizás uno de los pocos lugares en donde el diablo meó y no hizo espuma. Pero sabemos también que la esquina no es el punto de llegada sino un punto de salida al que siempre podemos retornar cuando la cosa se pone jodida, porque siempre llevamos un pedazo de esquina en nuestros bolsillos que nos acompaña en cada batalla y cada afirmación.
Sabiéndonos habitantes efímeros de las infinitas esquinas, estamos convocados a encontrarnos, a afirmar nuestra existencia, nuestro sufrimiento. Esa afirmación siempre es alegría, porque es un acto propio, que nadie hace por nosotros.
De lo que se trata entonces, es de juntarnos, haciendo perdurables nuestros encuentros para planificar cómo vamos a robarle la gorra al diablo. Lo único que tenemos de ese plan es el primer punto que reza: patear la mesa que encontramos servida, en donde rebasan el dolor, la culpa y la compasión.
Pasa el tiempo y la lógica de consumo absorbe más espacios, y es el contexto por excelencia de los más jóvenes, creando barreras entre ellos y otros jóvenes que han vivido una transición entre estos mundos. Queremos dar una pelea generacional, donde nuestras habilidades sean el piso ineludible de donde emergiera el aguante.


3.
Cromañón es nuestro acontecimiento como generación. ¿Qué es un acontecimiento? Es un hecho clave, una grieta en la historia. Muestra de manera elocuente lo que ya no es tolerado, lo que vive en las profundidades y ahora emerge a la superficie. Luego del acontecimiento, las cosas no vuelven a ser las mismas. Se abren distintos caminos y posibilidades de acción. Debe haber una pugna por darle significado a los hechos y crear instancias de acción para darle realidad.
Cromañón es un acontecimiento por que implica la muerte de casi 200 pibes. Porque pone al descubierto lo precario de nuestras vidas, el trasfondo caótico donde debemos movernos. Evidencia el suelo de todos nuestros pasos, la plataforma de nuestro mundo actual que funciona a través de contratos miserias, condiciones de trabajo asfixiantes, legislaciones truchas, transportes precarizados, escuelas a las que se les caen los techos. Y es la lógica empresarial, la que busca maximizar la ganancia aprovechando y produciendo este escenario precario. Esta lógica empresarial no es un detalle atípico, sino que es el plano cotidiano en el que se mueven nuestras vidas. En este cuadro Cromañón no representa la excepción sino el ejemplo cruel de la lógica mercantil. Que es sino elegir una media sombra para ahorrar unas monedas a la hora de poner en funcionamiento un boliche. Y en medio de este terreno precario, nuestras fiestas eran la forma que teníamos de resistir, de crear un suelo por el cual transitar sin dolor. Por eso no debemos caer en auto-culpabilizaciones que borran nuestras fiestas, que ocultan y niegan todo lo que hicimos para vivir en aquel terreno resbaladizo. Las bengalas, el pogo, las banderas, y todo aquel ritual que construimos, no son culpables de ninguna tragedia, ya que no fuimos nosotros los que dejamos un mundo repleto de dinamita. Nuestras fiestas son nuestro tesoro, ahí se encuentra toda una variedad de respuestas que tuvimos y tenemos como generación. Y quién nos puede enseñar a cuidarnos, quién puede decirnos como esquivar golpes, si somos nosotros quienes supimos y sabemos esquivarlos. Cómo renunciar al pogo, momento en que los cuerpos se desarman y se constituyen en una sola fuerza que fluye y desafía el individualismo de este mundo, cómo renunciar a portar las frases y todo nuestro lenguaje en el que somos creativos y libres, cómo podemos renunciar a iluminar nuestros momentos, a darle nuestra luz a la noche eterna.
Por eso recuperamos Cromañón, porque es el acontecimiento que nos marcó como generación y que expresa todo el entramado social hiper precario en que nos toca vivir. Cromañón abre, saca a la superficie la precariedad por donde pasan nuestras fiestas, nuestros laburos, nuestros barrios, y nuestras vidas enteras, pero también muestra -por lo que tiene de excepcionalidad, de acontecimiento trágico- todo aquello que hacemos para vivir así, para que no esté pasando Cromañón todo el tiempo, para armar una vida en este contexto en donde nos toca vivir, para intentar crear una vida mejor con lo que tenemos.
Dijimos que Cromañón es el acontecimiento de nuestra generación, el momento en el que se condensaron el pasado, el presente y el futuro. Todavía no está clausurado ese acontecimiento: todos los días es Cromañón, los 194 pibes están circulando como espectros sin calma por las calles de Once y por los barrios en donde se juntaban a escabiar o fumar, porque el vacío y la ausencia de sus vidas faltantes es una presencia opresiva y sofocante; ellos están en las canchas de fútbol en las que alentaban a sus clubes, están en sus laburos precarizados y explotados, están en las risas de un grupo de pibes que resisten a esta lluvia de mierda que es la vida en nuestra época, están en los besos de una pareja en una plaza, están en los cánceres que carcomen las vísceras de sus madres que se consumen llorándolos, están presentes, son omnipresentes en las calles de los suburbios del conurbano y en los barrios bajos de capital de donde eran la mayoría de ellos, y están (aunque muchos se hagan los pelotudos y los nieguen) en el mundo del rock, en las bandas que siguen convocando a la amistad y a la pasión de la vida, en los pibes que agitan un tema, y en los hijos de mil putas que llenan sus bolsillos con nuevos hiper-mega-festivales para lavar la cara de empresas caníbales. Cromañón no esta cerrado por que está hecho no sólo de cuerpos sino de símbolos: las zapatillas topper, las remeras de bandas de rock, los tatuajes sobre las pieles calientes, los flequillos, las banderas.
Cromañón fue una irrupción violenta de la verdad cruel, de lo que significan las políticas de violencia sistemáticas contra una generación que vive inmersa en un estado de excepción permanente, en donde el gatillo fácil o las condiciones carcelarias se complementan con las políticas más sutiles de exclusión; y todo esto en convivencia con las fuerzas del mercado y su maquinaria para fabricar jóvenes consumidores de productos y de vidas prediseñadas.
Los jóvenes portamos la referencia bifronte de ser sujetos estigmatizados por los medios como peligrosos, y al mismo tiempo, ser los referentes de un mundo de consumo y estilo de vida. Pero nosotros debemos afirmarnos desde la lógica del aguante, resistiendo al caos organizado de los laburos precarizados y la represión en los barrios. Creer en la creatividad autónoma de mundos de vida donde nosotros proponemos el paisaje a vivir y no los expertos en marketing.

4.
En el pos-cromañón primo la lógica de la victimización, la culpabilización y la indiferencia. La recuperación del aguante solidario de los pibes, de las cosas creativas y autónomas que podemos hacer, no tuvieron un protagonismo en los diferentes significados que se le otorgaron al acontecimiento. Dentro del propio rock, asistimos a la entrada definitiva del rock espectáculo, que ya venia ganando terreno, pero poscromañón se transformo en la lógica hegemónica en el rock. El rock militante, como plan barrial, espacio del aguante de muchísimos pibes quedo relegado a una periferia. ¿Pero que significa concebir al rock como plan barrial?
Desde hace varios años antes de Cromañón una movida roquera latía en los barrios, un agite que intentaba, como podía, hacer del rock una forma de vida, una vía de escape, de aguante y de creación. Una movida sin programa que se inventaba y se mezclaba también con elementos mercantiles y subjetividades atravesadas por lógicas de mercado, mejor dicho, crecía desde esas condiciones y si bien en los hechos proponía algo distinto a lo establecido, nunca estuvo a salvo del mercado y sus lógicas –¿cómo se puede estarlo?–. Inserto en estas condiciones, el rock como expresión de una movida cultural suburbana, se concebía como un plan barrial, es decir, una forma (entre tantas) en las que un grupo de amigos intentan organizarse y dibujar un futuro posible.
Este plan barrial consta de varios puntos: crear una banda de rock, encontrarse a componer temas, salir a escarchar paredes del barrio para instalar la banda, buscar espacios para tocar, armar fechas, etc. Pero el plan barrial, no se reduce a la militancia que realizan las bandas de rock que pueblan cada barrio, solo constituyen una singularidad de esta movida cultural. El grupo de rock es el significante para convocar a los pibes de los barrios, que también participan de la planificación, organizando el aguante para la banda: pintar las banderas, preparar los viajes para que cada fecha en que la banda sale a tocar se sienta apoyada desde abajo, es decir, encargarse de la mística del grupo (las banderas, los papelitos, las bengalas). Por eso, ellos también se saben parte de la banda, y sienten como propios sus ascensos. Que una banda de rock del barrio llegue a ser escuchada en otras ciudades y calles es un motivo de gratificación personal, es sentir que el plan barrial esta bien encaminado. Por todo esto, se entiende que el rock como movida cultural suburbana, se haya caracterizado por la masividad. Los recitales de rock de las bandas mas grandes (aquellas con las cuales se inicio esta movida) son el acontecimiento que junta a los pibes y pibas que desde cada barrio, participan de este plan barrial, estos recitales, que se viven como grandes fiestas son “un congreso de esquinas”. Esto es lo que muchos impugnadores de este movimiento suburbano no entienden, la masividad de estos recitales no es producto de las estrategias de publicidad y marketing para “vender “ un show de rock, sino que constituyen espacios en donde se vuelcan colectivamente deseos y fuerzas que ya laten de manera dispersa en cada esquina. Por eso, el grupo de rock moviliza a las bandas barriales es el hormiguero que aglutina a los pibes y pibas que en los diferentes barrios apuestan por crear otros mundos posibles en donde vivir sus vidas. Cromañón irrumpe pateando ese hormiguero.
Cromañón es una herida profunda a esa innovación, a ese proceso; altera e interviene las energías que circulaban por el rock en ese momento: la industria cultural se apropió del duelo, difundiendo el miedo y los riesgos de los recitales. Luego vino el auge de los festivales: allí se prometía un entretenimiento seguro y sin peligros, al amparo de los sponsors. La industria cultural inmediatamente se puso a ordenar ese inseguro e irracional mundo del rock. Sin dudas, este cambio de pantalla que se da en el poscromañón constituye un gran golpe a este Plan barrial que es el rock. Sobretodo porque golpea a su centro; las bandas de rock que están comenzando. Es decir, a través de la emergencia de relatos que pregonan “el riesgo del rock barrial, que desencadeno Cromañón”, proponen por oposición la realización de hiper-mega-festivales, en donde el rock se viva como una fiesta-controlada, en forma segura y ordenada. Estos nuevos discursos se articulan con el gobierno de la inseguridad y con la gestión del miedo, teniendo como correlato políticas concretas; hablamos del cierre masivo de espacios en donde las bandas under daban sus primeros pasos. En la actualidad, son muy escasos los lugares para tocar de 20, 50 o 100 personas, la banda que recién comienza se ve obligada a tocar o bien en casas particulares o en lugares “clandestinos”, ya que alquilar un lugar con capacidad para 400 personas se les hace cuesta arriba. Este nuevo terreno de juego es el que potencio la hegemonía del rock espectáculo, la industria cultural leyó este nuevo escenario proponiendo festivales de rock, auspiciados por sponsors de multinacionales, que no solo otorgan todas las facilidades a las bandas de rock (creando inclusive, fechas y horarios especiales en sus grillas, para las “bandas nuevas”) sino que ofrecen un lugar seguro y ordenado a los espectadores, no ya concebidos como roqueros-militantes, sino como roqueros-consumidores. Aquí vemos la importancia “estratégica” de destruir el rock “barrial” desde sus comienzos, la imposibilidad que tienen las bandas chicas para tocar, nos pone en el alerta de ver como posible la extinción de esta movida cultural suburbana, destruir las condiciones en que emergían y crecían las bandas de rock de los barrios, es pegar en el centro del plan barrial, patear el hormiguero que juntaba a los pibes y pibas .Después de esto, sobreviene la dispersión , y por supuesto como el show debe continuar, la mesa ya esta servida; ¡vamos a escuchar rock bajo el refugio de los sponsors!

Cromañón volvió constantemente bajo la lupa de la seguridad, aparece como algo externo a la sociedad, como un suceso excepcional, y como el resultado de “malas medidas” de “seguridad”. “Todos podemos ser Cromañón”, “…esto es un Cromañón en potencia”, son unas de las frases cotidianas que se escuchaban, y el acontecimiento terminaba reducido a errores empresariales. Entonces se termina pidiéndole al mercado –también al Estado, que se le exigía con las mismas características que al mercado- que nos de lugares seguros, y bajo esas “medidas de seguridad” –“festivales seguros” y “trabajos seguros” con sus salidas de emergencia- se escondía que esos errores empresariales son las base de su reproducción, y se ocultaba el mantenimiento de la precariedad por donde pasan nuestras vidas, y la perdida de nuestra autonomía. Nuestros lugares aparecieron como peligrosos y excluidos de las medidas de seguridad. El rock es “inseguro”, “peligroso”, “inmaduro”, “desnutrido”, “déjenlos en nuestras manos que se lo vamos a dejar todo servido”.
No pretendemos hacer juicios morales sobre estos festivales, de lo que se trata es de leer el nuevo escenario, las lógicas de mercado intentan organizarnos, y esto inevitablemente nos despotencia. Perdemos autonomía, el plan barrial estaba (mejor dicho, sigue estando, aun sigue latiendo) signado por la posibilidad de juntarnos a crear, y a organizarnos con autonomía. Desde ya, que convivíamos con las lógicas de mercado, pero esta lógica no lograba organizarnos, no nos encadenaba. Sabemos también que Cromañón no es una herida que viene de afuera. Porque la movida roquera que levantaba el manifiesto del plan barrial era una innovación que se daba al interior de la excepción misma, con la excepción como suelo, como punto de partida, y ya en su interior circulaban tensiones y lógicas de mercado. Creemos que es imposible leer este viraje en la movida del rock barrial como un cambio rotundo venido de la nada, como si no hubiese ya una relación entre el rock y el peligro o una idea del rock como peligroso circulando entre su “público”, entre nosotros, que merece ser pensada. No obstante, todas estas lógicas de mercado que circulaban en el rock de manera periféricas, solo ingresan al centro de la escena en el pos-cromañón. Cuando el mercado deja de convivir con nuestra fiesta y nuestra movida, para pasar a organizarla, allí perdemos la potencia y la autonomía. De la organización y el aguante que significaba el rock del plan barrial, pasamos a una pantalla de juego en la que nos ofrecen un mundo bobo e infantilizado. Nos ofrecen festivales en donde no hace falta que nos encarguemos de nada; solamente de asistir a consumir un excitante entretenimiento cultural, la fiesta sigue siendo organizada, pero no por nosotros. También corremos el peligro de que los relatos del rock barrial, dejen de interpelarnos, lo nuevo que nos traen los festivales de rock, las radios, y las discográficas es un rock-Light, apto para todo público pensado para oídos de niños.
Esta es la situación actual, es evidente que el rock como movida cultural barrial sufre un revés del cual aun no se repone. Comprobamos que de la tristeza y la desolación postragedia no se activó una movida en la cual nos podamos afirmar frente a lo sucedido y regenerar una expresión político-cultural con poder de debatir y luchar con vigor frente a la hegemonía de la industria cultural
Cromañón es la herida con sabor a final del juego, pero también es el tablero mismo del juego, de cualquier experiencia que intentemos como generación. Pero no debemos dejarnos aplacar por estas condiciones ni dejar de hacernos preguntas sobre nuestros modos de relacionarnos con esa precariedad, con el mercado, con los poderes. Intentamos pensar Cromañón –ese acontecimiento que reorganizó todo y que cambió las relaciones de fuerza al interior del rock– justamente para ver qué preguntas nos abre, qué podemos ver en él, qué podemos aprender, y cómo es que pudo haber pasado.

5.

Luego de tantas muertes, la desesperación y la tristeza nos corroen a muchos. ¿Qué pasó con ese dolor? ¿Qué relatos se montaron sobre el dolor de lo sucedido; cómo fue leído? ¿Qué podemos hacer nosotros con este dolor?
La indiferencia, la culpa o la victimización son maneras de tratar lo sucedido, de relacionarse con el dolor, con ese acontecimiento que no deja de reaparecer ante nosotros.
Esas alternativas, decimos, son falsas maneras de elaborar el dolor porque nos niegan, niegan lo que somos, lo que sabemos, lo que hacemos, negando también a los pibes que no están; son relatos que intentan transformar el dolor en una cuestión personal, privada. De aquí las figuras de la víctima, el sobreviviente, el arrepentido o el culpable.

Es sobre esas lecturas del dolor de lo sucedido donde se montan los grandes festivales que detestamos (“estos sí son seguros, aquí sí está todo bien organizado, etc.”). Son movidas que se aprovechan de un dolor no elaborado o falsamente tratado, un dolor concebido como dolor personal…
Cromañón es un acontecimiento doloroso que reaparece en nuestras vidas todo el tiempo. Y cada vez que nos golpea entra en juego la elaboración o reelaboración de lo sucedido; cada vez es una oportunidad para elaborar o reelaborar positivamente el dolor, es decir, volverlo colectivo, volverlo político, volverlo acto, motivo de pensamiento, de encuentro y de duelo, claro, pero de un duelo colectivo. Un duelo colectivo es reconocernos en los chicos que no están, reconocer que una parte nuestra quedó adentro de ese boliche y que tenemos que reconstruirnos entre todos luego de esa pérdida (no nos interesa una “curación” individual).
Ese reconocimiento habilita la recuperación de nuestras prácticas, nuestras fiestas, nuestro saber movernos en este contexto de precariedad. Porque sólo volviendo colectivo el dolor (desprivatizándolo) podremos entender Cromañón como parte de nuestras vidas, como el suelo precario en donde nos movemos, como parte de un entramado de precariedad que conocemos muy bien. Y aquel reconocimiento nos permite pensar como aquel dolor puede ser compartido con un montón de experiencias que van más allá del mundo del rock y de los jóvenes, con una pila de sufrimientos y muertes resultado del mundo precarizado que transitamos en nuestros trabajos, en nuestras viajes y en nuestras ficciones.
Apostamos, decimos, por un vínculo desde el cuerpo. Sólo así, recuperando nuestras experiencias, nuestros cuerpos, podemos aspirar a politizar el dolor, elaborarlo, desprivatizarlo y lograr reconectar con nuestros deseos, nuestros sueños. Sentimos que es esta una tarea fundamental que excede una terapéutica post-tragedia: se trata de re-sensibilizar(nos), construyendo lazos, re-sensibilizar el cuerpo colectivo, nuestro cuerpo, nuestro pogo y nuestra canción...
No escondamos nuestras bengalas.


Agosto de 2008
Colectivo Juguetes Perdidos