sábado, 2 de abril de 2022

Malvinas y el confinamiento: la memoria alterada

Por Leandro Barttolotta

(Publicada en Revista Crisis/ Mayo 2021)


Cenó en casa junto a sus ocho hermanos. No se animó a decirle nada a la madre. Al otro día, antes de las cuatro de la mañana, salieron rumbo a la estación de tren. Su padre se iba a laburar a una obra en construcción y Pepe se iba a la guerra. Le pidió tomarse un café con leche en Plaza Constitución y ahí le largó: “Me voy a Malvinas, por eso tuve el permiso”. El padre fingió no creerle. Revolvió el café en silencio, llamó al mozo para pagar la cuenta y se alejó a mirar el cartel gigante con los horarios y destinos de los trenes. Pepe se levantó, le dio una última mirada a la espalda de su viejo y se fue. No quería verlo llorar.

Cuando arrancó la cuarentena, Pepe se puso a escribir, en su activo perfil de Facebook, pequeños capítulos de sus vivencias bélicas. Luego de varios posteos decidió soltar el teclado y alejarse por unos días de las redes. Tiró un estado: “les quería comentar por qué estos días no escribí mis vivencias en Malvinas. Es muy duro hacer este recorrido, sumergirme en miedos, incertidumbre, hambre, cansancio, frío. Me tomé unos días de descanso. Trabajé en casa. Traté de distraerme. Vuelvo a enfocarme en estos días. Saludos y gracias por estar ahí”. Pero desde el año pasado no volvió a escribir.

Si bien tiene pendiente continuar “el diario”, sabe que lo que en un primer impulso lo mantuvo haciendo cosas terminó volviéndose un mal freno: pensó que iba a manejar ese flujo permanente de imágenes y recuerdos dolientes. Pero adentrarse en la escritura –y hacerlo en una coyuntura que desolla– es pisar ese material de consistencia esponjosa y blanda de la turba malvinera, que siempre sirve para ponerse a tirar metáforas sobre la memoria. Estando las vivencias tan encima es cuestión de apretarse play para arrancar un decir cargado, que puede alternar un minucioso relato de cierta secuencia bélica con las historias de lucha de los ex combatientes en la posguerra.

En Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, el veterano de Vietnam Tim O'Brien dice que la guerra contada no tiene que provocar un efecto moral sino físico: si te hablan de la guerra y no te provoca algo en el estómago es que no te están hablando realmente de la guerra. Por más que haya narrado vaya a saber cuántas veces su historia, José nunca parece automatizarse, siempre está hablando en vivo y afectando al que escucha. Una vitalidad que no se pierde en la repetición porque de fondo porta una insistencia: tomar la palabra pública para malvinizar hasta que el cuerpo aguante.

 

un presente apestado

El ámbito natural de las charlas tendría que haber sido un bar, una panchería o la sede del Centro de Veteranos de Malvinas de Quilmes del que José “Pepe” Valdez es presidente –donde también tienen un Museo de Malvinas y varias viviendas para veteranos construidas a partir de la asignación de los terrenos en 2004. Pero el virus se picó feo y acá estamos, zoomeando. Su aspecto en la pantalla (chomba de la que asoma un tatuaje bajo la manga y lentes de marco negro) difiere de dos versiones de su imagen que presenta en las redes: una foto de conscripto en el Facebook con un casco gigante que parece bailarle sobre la cabeza y la foto de WhatsApp en la que se lo ve en cuero –con las islas pinchadas en el pecho– y agitando un palo con un brazo pintado de azul. Recuerdo visual de una de las tantas jornadas de protestas y combates callejeros con la policía. Ese día se cagaron a palos durante una hora y casi dan vuelta un carrito hidrante.

Ahora habla tranquilo, mostrando gran paciencia y buena onda para ir y venir del pasado más o menos reciente al presente apestado. Cuenta que con el Covid 19 también se interrumpió el laburo social que desde el año 2016 hacen en distintos barrios del distrito. Desde una cocina de campaña con capacidad para más de 300 personas articulan con organizaciones sociales y caen al barrio. A los pibes y pibas que van a los comedores les piden que en esa jornada inviten a su familia y así se arman festivas ranchadas nocturnas. “Cuando hay situaciones de emergencia o de crisis, como la que estamos viviendo, se necesita la participación de toda la sociedad. Con los compañeros estamos muy comprometidos. La salud es una cosa de Estado, no tiene que ser motivo de política partidaria. Nosotros, aprovechando que es un lugar que tiene buen acceso en la ciudad, con ingreso vehicular y senda peatonal y una rampa para discapacitados, pusimos la institución al servicio de los quilmeños para que sea uno de los centros vacunatorios. La única manera de salir es con los cuidados y con las vacunas”, cuenta con orgullo. La escena de alegría que le provoca ver a los vejetes y a las vejetas contentas pospinchazo, sacándose fotos con los murales y agradeciéndoles por “hacer patria”, contrasta con lo que registra en la calle desde una percepción atenta a las variaciones del lazo social –y con la alarma antianomia siempre activada: “Cada uno de nosotros viene de un barrio de la ciudad y vemos que la gente está muy relajada: no se cuida con el uso del barbijo. Mucha gente se mueve como si el virus no existiera”.

Que el virus existe y es feroz lo saben de sobra en la comunidad de veteranos. “Al día de hoy ya son como 120 compañeros víctimas del Covid”, explica José y cuenta conmovido las causas que los llevan a ser población de riesgo. “Muchos compañeros tienen enfermedades de base. La problemática de salud que sufrimos es estrés postraumático. Se atiende y se cura. Pero como no fuimos atendidos en esos años, hoy en día a la mayoría se nos hizo crónico. Esto hace que las enfermedades de base que se pueden tener a los sesenta años –diabetes, presión arterial, enfermedades coronarias– nosotros las comencemos a tener a los cincuenta. Hay muchísimos compañeros con cáncer: es esa angustia que llevamos adentro de nuestro cuerpo durante todos estos años”.


con la frente marchita

Cuando volvió de las Islas, José se miró al espejo y se flasheó todo canoso. De pronto era un viejo de setenta años al que nada lo conmovía: “Cuando vos tenés esa edad solo te quedan los años finales de tu vida; ya no tenés proyectos. Solo te queda despedirte de lo que fuiste”. Se hace un silencio prolongado que hace aún más densas sus palabras. En esos años turbios de envejecimiento prematuro oscila entre la búsqueda de covachas para la vida civil y la urgente necesidad de anestesiarse para museificar ese dolor que, de manera inevitable, habrá que recorrer en visitas nocturnas y sin guía, una y otra vez: “El nacimiento de mis hijos me dio un poco de aire nuevo y pude comenzar a reconstruirme. Recién a los 35 años empecé a mirar hacia atrás y a hacer cosas buenas. Durante muchos años me sentí viejo hasta que de a poco me pude ir amigando con la vida. Hoy, por ejemplo, me siento rejoven, soy más joven que en esos años”.

Tuvo que pasar el tiempo, fue un proceso social de muchos años, de muchas luchas, de muchos gritos públicos y susurros y sollozos privados, de mucho sufrimiento con sentido postergado: “Nosotros no podíamos permitir ese silencio. Si no salíamos a la calle y fundábamos nuestros Centros no iba a haber historia. Fundamos plazas, le pusimos nombres a las calles, hicimos incontables monumentos. Fuimos nosotros los mismos protagonistas. Los que dimos vuelta la historia del silencio”. Las políticas de reconocimiento que llegan con el kirchnerismo son una especie de retroactivo que garpa agites pasados y muestran de algún modo la íntima relación entre la maduración social de la causa Malvinas y la maduración etaria de los veteranos. Con cincuenta años cumplidos asisten con incredulidad al estiramiento en el espacio público –y su lectura estatal– de vivencias y dramas que habían quedado tanto tiempo arrugadas en el mundo privado.

Kirchner, en el pendrive que escondía en su saco, traía una memoria sureña y patagónica de Malvinas. Un recuerdo de la guerra ahí nomás: “Es un antes y un después en la cuestión Malvinas. Néstor nos hizo un reconocimiento muy grande. En el año 2004 hicimos un acampe y una huelga de hambre en Plaza de Mayo que duró 120 días. Nos mandamos a la Casa Rosada y la policía nos recagó a palos. Cosas de las que no estamos orgullosos pero pasaron. Cuando nos recibió Néstor nos dio todo; ya tenía todo preparado. A partir de ese momento cambió mucho nuestra historia y pudimos tener una recomposición sanadora que muchos compañeros estábamos esperando”. Un reconocimiento estatal, una sanación que es de bolsillo y corazón y que en los últimos años volvió a tambalear. Macri vetó en su mandato una doble jubilación mínima que el Congreso había aprobado porque hay muchos veteranos que no llegan a tener los aportes necesarios.

Entre las últimas leyes que presentaron este año, José pone énfasis en la de salud que, junto al reclamo por las pensiones, es un pedido histórico de los veteranos: “Nosotros cobramos una pensión nacional honorífica que da el ANSES y asigna PAMI. Pero como es insuficiente como obra social, queremos una ley que nos ampare y que si hay una gestión nueva no lo pueda tocar, por si viene algún futuro gobernante y de nuevo dice que gastamos mucho en la salud de los veteranos. Todo lo que conseguimos fue haciendo manifestaciones, quilombo, tenemos dirigentes procesados, huesos rotos, perdida de ojos, hundimiento de cráneo. Todo lo conseguimos pateando puertas y presionando, cortando calles, tomando edificios. La preocupación es qué va a pasar cuando no podamos luchar así. Cuando el cuerpo ya no dé por la vejez”.

campo de batalla

Volvimos al continente escondidos y de noche. A medida que se despliega el relato de José, los milicos van obligando a pasar de la primera persona –singular o plural– a la tercera. Salimos de las Islas en el buque hospital. Llegamos a Ushuaia. De ahí a Puerto Madryn. De ahí en micro hasta el aeropuerto de Trelew. De ahí en avión hasta el aeropuerto del Palomar. De ahí a Campo de Mayo –a una especie de hospital de campaña que habían erigido. Ahí nos retienen diez días. Nos cambian la ropa que teníamos desde el comienzo de la guerra. Teníamos la ropa y el cuerpo sucios, manchados. No había espejos: nos reflejábamos entre nosotros la piel negra porque vivíamos haciendo fuego. Yo nunca volví a ver a una persona en esas condiciones. Pero sí encontré, muchos años después, la misma mirada perdida en “los pibes del paco”. Era una cosa de locos el aspecto que teníamos. Nos bañaron, nos cortaron el pelo y nos daban de comer a cada rato para engordarnos –yo había perdido 20 kilos. Después nos hicieron firmar una declaración jurada en la que decía que no podíamos contar nada. Que si llegábamos a hablar ellos se iban a enterar y nos iban a buscar a nuestras casas. Vos sabías que no era una simple amenaza. Pepe sabía que no era joda porque de más pibe había visto como su viejo se tuvo que guardar en una isla del Tigre. Lo habían ido a buscar a la casa por su militancia en la Unión Obrera Metalúrgica. Pero también lo sabía por su memoria reciente de pibe de barrio que tenía que rajarse de las feroces razzias de la policía que dos por tres obligaban a pasar la noche entera en la comisaría. 

Llegar al continente es entonces encontrar más penas y olvido. Así, muteados, ocultos en la noche, como carne joven sin cañón y con una sociedad que se hace la otra y fantasmea, comienza la desmalvinización de posguerra y la consecuente privatización del campo de batalla para los ahora ex combatientes. La primera década fue la más dura, recuerda José. Son los años en donde los mismos cuerpos que habían sentido la máquina del verdugueo estatal a cuartel cerrado, que habían aguantado el poderío de la máquina bélica británica a cielo abierto, reconocen esa poderosa y novedosa máquina social llamada indiferencia: cuando las intensidades también saben suichearse a heladas y quemarte la piel.                                                                        

Con el regreso al continente muchos ex combatientes ingresan a laburar en diferentes empresas del Estado. “Yo entré en ENTEL. Fue importante porque ahí nos pusimos en contacto con los delegados de base de los sindicatos que siempre estuvieron presentes, siempre nos apoyaron”.  José se entusiasma recordando cuando entraron en banda a la empresa y la coparon. “Se veían combatientes por todos lados: nos encontrábamos en los pasillos y en esas charlas rápidas coordinábamos las convocatorias espontáneas para el otro día. Así fueron surgiendo las instituciones”. En los pasillos de la empresa, en la sociabilidad de almuerzos y tiempos muertos, en los viajes de regreso al conurbano tiene lugar la alianza con los delegados que los ayudan y orientan para empezar a organizarse.

Pero también, en ese primer encuentro con el afuera barrial y familiar sucedió una de las primeras secuencias de ninguneo que José recuerda y que luego se repetirán de a montones. Una mañana se pone a hablar con un compañero de laburo. Pepe no llevaba ni remera ni insignia de Malvinas y le desembuchó que había estado en la guerra. Que fue uno de los que colocó los campos minados. Que peleó contra los ingleses. Visiblemente incómodo, el viejo le balbucea un “mirá vos” de compromiso y le corta el rostro: “Desde esa mañana ese chabón no me miró más a la cara. Trataba de esquivarme. Conocí mucha gente que se enteraba y no me pasaba más cabida. Así de repente y yo sin tener la más puta idea de por qué me dejaban de saludar y de mirar a los ojos. Te evitaban como si tuvieses la peste”.

Sacar del closet el reciente pasado malvinero y que te corten el rostro se volvió algo de todos los días. Más aún la gente mayor, los que seguro habían estado remanijas unos meses atrás. Muchos quizás se sintieron moralmente estafados, dice José. De un día para el otro ya se hablaba de otra cosa y se había soltado el tema Malvinas. Quienes no entraron a las empresas y sí a los bondis y vagones de trenes tuvieron que apelar a la “buena victimización” para conseguir la moneda que permita parar la olla en casa. Largando el monólogo doliente a una platea más o menos desatenta. No lo decían, pero seguro lo pensaban cuando tiraban el rollo: ustedes me deben algo, no miren por la ventanilla ni se hagan los boludos.

Con la privatización de ENTEL en el 91, José pasó a Telefónica y después a una tercerizada hasta que en el 2001 lo rajaron. Había ingresado a la empresa como cadete porque no tenía título secundario, hizo toda la carrera y estuvo a punto de ser gerente de sistemas. Tenía un salario muy alto, según la empresa. Se lo quisieron reducir pero él se negó. A los diez meses la empresa le metió un boleo. Recuerda también esos años en el que la guerra era del capital contra los empleados y en donde los españoles ejercían un mando prepotente y de verdugos: “Se pensaban que habían descubierto América por segunda vez. Una falta de respeto total. Nos odiaban”.



la patria es el barrio

Si las noches continentales regresaban a Pepe a las islas, las noches insulares lo devolvían siempre al viejo Quilmes querido. La lluvia y el viento que le lastima la cara, el frío que se adentra en el cuerpo como una faca y congela hasta los huesos. Y la cabeza que no para de pensar. Sos vos, las estrellas y un cagazo terrible de que pueda irrumpir un comando inglés en medio de la noche. Y la cabeza vuelve al continente: vaga por la orilla del río o por la cervecería con la novia o con los pibes del barrio. Entre la serie de imágenes que lo tironean hay una imborrable que lo persiguió durante años: “Se me venía la imagen de la plaza de mi barrio. Un tanquecito inglés se subía y tiraba un mástil que tenía la bandera argentina. Yo pensaba: perdemos nosotros acá y van a ir al continente”.

Esa imagen revela la traducción íntima, familiar, del enunciado pelear por la patria: “Yo no conocía casi nada de mi país. Cuando vos peleás por la patria peleás por tu barrio, por tu familia, por tus vecinos, por la placita con un mástil repedorro pero que te aparecía ocupada. Vos peleás por el que está al lado tuyo y por los tuyos que quedan en el continente. Pasaron muchos años y una mujer nos dijo la patria es el otro y ese día –en un acto en Puerto Madryn el 2 de abril, frente al monumento– se me cayeron todas las fichas juntas y me pasaron muchas cosas por la cabeza”. Si la patria enunciada por la fuerza de ocupación local –que odiaba el país sobre el que mandaba– sonaba hueca y con una voz siniestra y metálica, la patria-barrio estaba rellena de afectos y memoria popular. La soberanía no es entonces un pensamiento abstracto y formal: empieza por ese lazo social concreto y tangible y se despliega siempre “de abajo hacia arriba”, cuidando primero lo que tenés: “Siempre decimos que primero tenemos que reflexionar qué hacemos con lo que ya tenemos, con los recursos naturales, con lo que pasa con el endeudamiento. No se puede reclamar nuestro territorio ocupado si descuidamos el territorio que ya tenemos y en el que permitimos los abusos de las potencias globales”.

Ese barrio le organizó un recibimiento que fue una fiesta y que contrastó con el verdugueo de cuartel y con la frialdad social. Nos hicieron una bienvenida en el barcito del Cabezón. Se juntaron todos: los viejos que paraban en el barrio, los más pibes, los amigos. Una verdadera fiesta que siguió por unos días en casa hasta que mi viejo dijo basta, sonríe José describiendo el microclima barrial. Caí con un compañero de Berisso –un hermano que hice en la colimba– y otro muchacho que era amigo de él del barrio y que al año siguiente se suicidó. En el barrio me hicieron sentir como un héroe.

 

escuela de la calle

En el Centro de Veteranos –fundado en el año 92–  realizan actividades en el marco del programa “Malvinas en las escuelas”. Pero no siempre fue así. Menos de veinte años atrás, de las escuelas también los sacaban cagando y hasta en algún momento una directora llamó a la policía cuando los vio venir. Es cierto que la sociedad se empieza a malvinizar en la infancia escolar y que la institución escolar atajó laboralmente, varios años después, a ex combatientes en el rol de auxiliares y personal no docente; pero antes de estar presente en las aulas y en los patios de escuela, Malvinas vivió como una intensa memoria plebeya que se transmitió en susurros, de madrugada y a cielo abierto y estrellado, lejos de la escuela y el Estado, pero cargada por los mismos cuerpos (y por sus hijos). Una malvinización de Diego, rock y esquina.

A fines de los noventa y principios de los dos mil, era común estar tomándose un vino en una plaza y que pinte y acople algún veterano con estética medio punk y “medio chapa” –como se mencionaba a quienes deambulaban sin calma por las calles, sin poder ajustar su dolor a la vida y la patria privatizada– para hacer esa especie de trueque tácito: un trago a cambio de una historia que escuchábamos colgados y en respetuoso silencioso. José dice que esa transmisión cultural tomó la forma más popular en cada lugar del país: rocanrol, chamamé, lo que venga. Para él si los milicos iban a la guerra con sus regimientos y comandos, con las camadas de los dos últimos años de las escuelas de oficiales y suboficiales que había en el país, no los iba a apoyar nadie. Pero ellos no querían recuperar las Malvinas, explica, querían meter a toda la nación en guerra. Querían meter a la sociedad completa.

Estábamos con el “se va a acabar la dictadura militar” y de repente te llevan para allá. “Llevan a los hijos del pueblo. Los van a buscar a Chaco, Misiones, Corrientes, Formosa, Entre Ríos. 8 mil compañeros de esos pagos. El sesenta por ciento de nosotros. Los 6 mil restantes son del conurbano profundo: 800 compañeros pone La Matanza; 400 Almirante Brown; 300 Quilmes; 300 Varela; 200 Berazategui. Los que fuimos a la guerra no teníamos oficio, no teníamos preparación. Yo ingresé al Ejército el 10 de febrero y el 11 de abril estaba en Malvinas, con menos de dos meses de instrucción. El que tenía secundario podía hacer tareas administrativas. El que tenía un oficio podía ser mecánico. Después de todos esos, veníamos nosotros: los negros. Los que no estudiábamos porque tuvimos que salir a laburar de pibitos porque en casa no corría la comida. Yo siempre digo: salimos de la calle de tierra para defender a la patria. Había muy poca gente, o nadie, de Barrio Norte o de esos lugares”.

José está recaliente con la propuesta jocosa de la “gorila y cipaya” de Patricia Bullrich de darle las islas al laboratorio Pfizer. Así, con esa liviandad, deja al desnudo la derecha su inconsciente entreguista y Reino Unido friendly. Una derecha a la que el acento latinoamericano siempre le salió mal, que piensa que habría que soltar definitivamente el temita Malvinas. Hay una pesada herencia a revertir también en ese plano. Cuelga contando, cagado de risa, la primera vez que escuchó la palabra cipayo y la extrañeza que le provocó. Estaba mirando una película yanqui de esas de cine colonial llamada Gunga Din. El protagonista es un pibito de la India re mulo que se mandaba por las montañas en medio de las balas para llevarle agua a los soldados británicos a los que admiraba. Todo contento se da vuelta y le dice al padre lo buena que está la película y lo grande que es Gunga Din. El viejo lo mira serio y le dice: esos pibes son unos cipayos traidores hijos de una gran puta.

 

martes, 19 de octubre de 2021

Perón: la realidad efectiva te la debo I

 

 


Uno de los efectos más jodidos del régimen de obviedad que toma a la Política (al Palacio, pero también a los “referentes” de movimientos sociales, a funcionarios de tercera y cuarta línea, a periodistas, analistas,influencers) es que empuja compulsivamente a intervenciones rápidas que pretenden “entender todo de golpe” mientras se rechaza, una y otra vez, una investigación minuciosa y permanente.

Cada acontecimiento parece suceder empañando lentes y apunando oídos de quienes se quedan re-sorpresa. Pero luego de días de perplejidad y mínima apertura en las membranas auditivas y la atención de “otras voces” y sonidos, se limpian un poco los lentes (jamás se piensa en cambiarlos) y se vuelve a reproducirel mismo sonido (rechazando las interferencias). Pintó el covid-19 y la obviedad anunciaba la posibilidad de conflictos sociales, estallidos, saqueos, etc. (el régimen de obviedad se nutre de las primeras reacciones, los primeros miedos o esperanzas). Se perdieron las PASO y se habla de “giro a la derecha”. Dos años antes, cuando se hizo boleta al macrismo en las urnas, se flasheaba“giro a la izquierda”. Se analiza la coyuntura política, sin perforarla, con la lógica del tira-postas de red social. Se piensa y se suelta rápido lo que se pensó para pasar a otra postura: lógica de burbujas y farándula de clones mientras allá afuera (y allá abajo) espera el país.

Un régimen de Obviedad que ya tiene varios años recubriendo con su capsula de vidrio la cosa pública. Cada vez se extiende más y muestra una mayor productividad subjetiva. En estos meses, en una sociedad ajustada y apestada, metidos en una crisis económica fuertísima, se salta de un eslogan emocional a otra. Puentes que se erigen y se diluyen fugaces y que solo sirven para pasar por encima –sin ser tocado– por lo social implosionado y cada vez más picanteado. O no se lee lo social o se lo lee con la liviandad de un dato más que casi no condiciona lo que se desea; las expectativas de lo que me gustaría que pase (de la teleología secular de lo que tendrá que pasar al yoismo contemporáneo de lo que me gustaría que pase). Siempre la investigación de lo social es lo que te la baja: a tierra, a lo concreto, a la carne y el hueso del asunto. Empecemos por ahí.

Se le da mucho espacio público a un yoísmo militante indignado y más o menos culposo y se corta, se escinden las escenas sociales “conflictivas” (sobre las que se arroja rápido y sin contemplar la temperatura anímica ambiente enunciados políticos cerraditos) de la materialidad de la sociedad precaria en la que se incuban. Lo social queda arrancado de su dimensión concreta y negado en pos de representaciones Políticas que solo tratan de sincronizar con deseos y expectativas previas. Un régimen de Obviedad que piensa la Política (incluso si no está frente a la pantalla) con la lógica de posteo y olvido. El gran riesgo de este régimen –y de la ausencia de investigación de lo social y del mundo popular actual– es que no es algo espectral o etéreo: lo habitan los y las “fantasmas”, pero los efectos sobre lo social son bien concretos: cierre, clausura, congelamiento.

La tercera sección electoral (esas mil mesetas conurbanas)

Una mirada de balcón porteña (o de la palermitana Villa Twitter. La red social a la que tanta atención le prestó el primer gabinete presidencial, la red social que pone funcionarios y agenda política e intelectual) suele aplastar y reducir un territorio complejo, desigual, vital y caótico como el que constituye la denominada “tercera sección” del conurbano bonaerense a un inmenso desierto africanizado (no solo la derecha vieja y rancia piensa en un “conurbano africanizado”) en donde solo se perciben esporádicos y lejanos racimos negros que serían “los barrios populares”. Con esa visión de drone se sobrevuela un terreno repleto de relieves, tensiones, rugosidad. Un territorio en el que viven millones de personas y en el que mal conviven: villas, asentamientos (todos los días uno nuevo) barrios laburantes en caída libre, barrios de clase media baja precarizados, barrios de clase media picanteados, barrios siempre cerca de la avenida y barrios siempre cerca del fondo, barrios privados y countries. Cada diferencia implica un pliegue y una frontera para defender, como sea, el mundito propio. Una colmena vital en la que los enunciados políticos blanco-albino resbalan y en dónde las categorías sociológicas siempre llegan tarde.

Despacito y casi sin gastar saliva las vidas populares y laburantes son empujadas, cada día unos pasitos más, a las bocotas abiertas y hambrientas de la derecha. Desde el camionero que manda a sus hijas al colegio privado para sacarlas de la junta del barrio, pero abre un comedor adentro del barrio para dar una mano –y, quizás, por algún peaje que obliga al “privilegiado”– pasando por el remisero (y también chofer de Uber y Didi y de la próxima aplicación), por la enfermera y mamá luchona a la que le reventó la tarjeta naranja; por el vaguito al que le robaron la bici con la que laburaba en Pedidos Ya y ahora vende el pan que hace la vieja; por el vaguito que le robó la bici a uno que laburaba en Pedidos Ya y ahora, cada tanto, va a laburar a la obra con el tío; por casi todos los pibes que ahora cantan –junto a sus padres, madres, tíos y vecinos– “gracias a la harina que me ha dado un mango” (o a San Lavandina) mientras caminan los barrios un poquito más residenciales ofreciendo la mercadería puerta a puerta o semáforo a semáforo en la avenida; por la vaga que cobra la Asignación y tiene la tarjeta Alimentar y su novio que cobra el Potenciar, pero que saben que ir al shopping un fin de semana o a un local de Personal es parte de la antigua normalidad. Podríamos continuar la fenomenología barrial hasta mañana. Vidas laburantes que están arriba de esa cinta transportadora, la que los desliza a la derecha, hace al menos diez años, pero que, en el último tiempito, pareciera, que ese desfile se acelera cada vez más. De un lado los esperan con los brazos abiertos y sin escrutarlos. Mientras desde “nuestro lado” se reduce la complejidad del mundo popular a la invocación lejana y exterior del “40 por ciento de pobres”. Una lengua política de Palacio y de cierta militancia habla sin rozar las vidas populares (solo rebotando el eco en las paredes de la propia cápsula). Un gobierno que se autopercibe peronista, venimos repitiendo, no puede hacer vuelos de drone sobre los realismos populares (siempre en plural y en más o menos abierta belicosidad y hostilidad, nunca únicos y mayúsculos) tiene la obligación histórica de enunciar desde las entrañas de ese inmenso, desarticulado y caótico monstruo popular cuyas características tiene que conocer mejor que nadie.

Se llama a las mayorías populares y laburantes: “Pobres”. Se pretende interpelar a las vidas populares desde su rostro empobrecido. Un discurso público que parece dirigido a una platea de clase media progre o piadosa que levanta su pulgar de like o lo baja (ocupada por los parientes buenos de la platea macrista a la que se le hablaba de “pobreza cero”) pero no al ánimo laburante: nadie quiere que lo descansen recordándose todo el día la condición de pobreza en la que se está cayendo sin a la vez tocar la inflación: la máquina de ajustar y reducir laburantes que cada día se empequeñecen más y van perdiendo potencia económica y social. No se respeta, en ese discurso, la autopercepción de las vidas populares: se las obliga material y simbólicamente a que sean pobres: se las llama así. Son los pobres a los que se les habla desde un tono y un lugar de enunciación clasemediero. Cuando hasta millones de laburantes formales está cayendo bajo la línea de flotación (y, además, sobreviven híper-endeudados) por más buenas intenciones que tenga ese discurso es irritante en las vidas concretas y más aún en un país popular cuya mutación a la pobreza estructural es reciente en términos históricos. Y dentro de esa categoría lejana se pierden los matices, las disputas, las violencias, las jerarquías, las luchitas de cada vida popular para alejarse del fondo más lacerante de la precariedad: debajo de dónde decís “40 por ciento de pobres” hay emprendedurismo negro y barrial, un devenir mayoritario de vendedores ambulantes de ocasión (en las redes sociales o puerta a puerta o en el semáforo de la avenida o en el vagón del tren o en el bondi) y quienes alternan changas, rebusques de todo tipo con programas sociales, empleados municipales, docentes, choferes y lo que se te ocurra.

Se escucharon, en tono más o menos confesional, discursos salidos de esa misma matriz sensible gorila luego de los resultados electorales. Parte de la desazón de quienes “dieron todo” y piensan que “son todos de derecha”. Claro, si, son todos de derecha menos vos. Quedate tranquilo. Esta misma postura moral se lee en quienes sostienen cabizbajos: “hicimos de todo durante la pandemia y nos pagan así”. Esos discursos sacrificiales no tienen nada que ver con el peronismo (tampoco los de quienes estaban pensando en internas para el 2023 o celebrando antes de tiempo).

Selfie en el vacunatorio y plano secuencia del resto del día

Es preocupante porque, más acá de un vuelto electoral, un gobierno que se autopercibe peronista no puede no saber cómo viven las mayorías populares. En lo concreto: “caen” a un barrio y se informan de cómo anda todo por lo que dice un referente o vecino (un barrio reducido a lo que dicen cercanos y cercanas que, muchas veces, dicen lo que el visitante quiere escuchar). Se arman operativos, se “cae” en una jornada de trabajo y se “milita” el barrio. Algo falló y el efecto es gravísimo si se responsabiliza a las encuestas o se pasan facturas internas. ¿Vos, que sos funcionario, no viste, no escuchaste, no leíste, no sentiste el malestar? Lo que puede pasar en el cuarto oscuro siempre tiene una porción importante de opacidad, pero decir que no sabías que la cosa estaba tan mal es propio de una sensibilidad macrista. Una cosa es saber por dónde viene la mano y encapricharte, una cosa es saber que pasa y no querer hacer “determinismo popular”, una cosa es saber que pasa y no estar de acuerdo. Un gobierno que se cartelea peronista tiene que saber que desean las mayorías populares. Después, con esos mapas deseantes y afectivos, ves para dónde encarás; cómo te metés a disputarlos; que otros realismos menores existen para insuflar, etc.

Sin esa investigación de lo social, o con la economía desprendida de lo social y de las vidas populares concretas queda flotando un economicismo tonto que no se toma en serio la cuestión del salario y que sin ocultar la ficha gorila -que les saltó a varios y varias que se la dan de compañeros- habla de “poner plata y listo”. En esa obviedad quedan afuera los mapas de la economía real y libidinal: los terrenos afectivos concretos en dónde las máquinas de derecha saben jugar y pelear los partidos. Se desconoce el “valor libidinal de las cosas”. Lo dijimos, el salario no se toca ni se sustituye o, si se lo hace es por salario anímico (ver https://www.revistaanfibia.com/cuales-son-los-nuevos-odios-sociales/ y https://revistacrisis.com.ar/notas/el-corazon-de-las-tinieblas. El salario anímico no es una cuestión cultural o meramente simbólica: es potencia oscura. Es reemplazo de las jerarquías que el mundo del laburo ya no sostiene. Y esto será cada vez peor).  El salario es poder social: es órgano y también piel que cubre y protege cuando la cosa se pone fea. Es poder adquisitivo, es alivio para la deuda que agobia, es posibilidad de alegría personal, familiar y pública (el celular o las zapatillas, el televisor o la heladera, las vacaciones, las giras opulentas de fin de semana, la tarde en el shopping).

Si el bolsillo es un órgano, un cuerpo que vive, tiene afectos a tener en cuenta: no se trata de dinero ya sin política concreta que atienda, arme mundo y escuche a las mayorías populares (que atienda y escuche, incluso, las disputas de realismos, las disputas de percepciones sobre lo que es una vida popular, que atienda y escuche y se mueva para no quedarse en representaciones de cuadros (y cuadradas y alejadas imágenes de lo popular). No se trata de enunciados de forma progre y fondo gorila: poner platita, aumentar planes y montos de tarjeta y listo. El dinero que pones se va al toque al sobreendeudamiento (con tarjetas naranjas, amarillas, rojas y todos los colores; con los bancos, las financieras, los préstamos familiares con esa insoportable tasa de interés afectiva) y se va volando, como esos horneritos, cuando pasas por la caja del Chino, el almacén o el supermercado y con “tres boludeces” ya salís desangrado. Si en la crisis del 2001 se saqueaban comercios y supermercados, en esta crisis del 2021 quienes saquean los bolsillos laburantes son los supermercados. Lo que el salario no da lo simbólico no presta. Lo dijimos también durante todos estos años. El bolsillo es una víscera porque tiene sangre y porque es parte del cuerpo: la inflación te hace más pequeño y te empuja a la precariedad sin red, al terror anímico: todos los días son fin de mes y la inflación es terror y guerra contra los cuerpos populares. Por eso no se pueden aceptar el discurso alfonsinista de “nos faltó la economía” o la invitación de que “todo el barrio” vaya al comedor: ¿la idea es transformar en un comedor gigante todos los barrios más o menos populares?

*

Funcionarios y funcionarias de todos los niveles de gobierno (desde nación hasta un municipio) sorprendidos por los resultados electorales. Se escuchan quejas hacia los encuestadores que no avisaron del malestar social. Se escuchan frases del estilo: “no sabíamos que la gente estaba tan enojada”.

La candidata por la provincia de Buenos Aires mira al periodista y confiesa sin sonrojarse: “en los vacunatorios vimos a la gente agradecida y estaban felices”. Acá no hay que comerse el discurso de la oposición más sacada. Es mentira que la pandemia no haya importado, que “en los barrios” no existió el Covid-19. No es falso, por lo tanto, el enunciado político que motorizó la primera parte de la cuarentena del 2020: evitar el montaje mortuorio en el conurbano bonaerense, evitar las imágenes catastróficas de guardias estalladas, peleándose por un respirador, y repletas de muertos que hubiese sido, sin dudas, un final dramático y violento para una sensibilidad popular histórica (esas imágenes, esas muertes, hubiese ocurrido, sin dudas, si gobernaba Juntos). A la gran mayoría le importó el mal bicho. Pero no a todos y todas les importó de igual manera: la distribución de la carga viral y del cagazo a la peste es desigual y combinada. Cuando te secuestran varios otros quilombos y temores cotidianos el temor al contagio y a la enfermedad es un temor s y una variable más que hace el día más denso y cansador. Una variable más no implica una variable menor, pero para tener en el hashtag de tus preocupaciones y conversaciones cotidianas al bicho (al menos que seas trabajador de la salud) tenes que tener resueltas otras amenazas posibles.

El problema de fondo y perceptivo es que con un ojo se miró la calle “tranquila y desierta” (es decir: sin estallido social obsceno. Nunca se registra lo social implosionado) y con el otro ojo se miró con alegría la selfie en el vacunatorio. Se trataba, más bien, de preguntarse ¿de dónde viene la gente antes del pinchazo y a dónde va después del valioso y reconocido despliegue sanitario? ¿a dónde van antes y después del posteo? Se trataba de continuar mirando ese rostro sonriente hasta que la sonrisa se borre, hasta que el rictus se modifique y el emoji cambie a tristeza, enojo, lágrima. En los vacunatorios, sin dudas, todos y todas estábamos felices. Pero, saliendo del primer plano y continuando en plano secuencia la vida de quien se vacuna vemos -sin necesidad de slowmotion- como la alegría va mutando: en el Pago Fácil, en el mostrador de la carnicería, en la fila de “un chino” cualquiera, en un almacén, en el kiosco, en el vagón del Roca o el Sarmiento, en un bondi, cuando llaman sin parar del estudio jurídico apurando varias veces al día porque las tarjetas no se llegan a pagar ni en mínimo, o el familiar que va dejando de ser copado a la vez que aumenta su tasa de interés afectivo por la deuda pendiente, en el cagazo de final de día agitado pensando en que no se pudo pagar el alquiler (y ya no hay otro IFE) en postergar hasta la próxima vida la compra de material o de la moto para ponerte a laburar (ni hablar de comprarte ropa, a vos y a los tuyos, ir todas las semanas a la barbería, cambiar el celular hecho mierda, las llantas que ya quedaron viejas, no tener una moneda ni para la camiseta trucha. Y, también hay que decirlo, la impotencia de no poder inyectar guita para abrir un pulmón libidinal en medio del ajuste: toda la guita (blanca, negra, roja) está marcada y va a parar al endeudamiento crónico. Continuar el plano secuencia hasta entender lo que implica vivir en el peor de los mundos laburantes posibles: laburar más y bacanear menos.

Y ahí, después del recorrido de largas horas, te das vuelta y ves que el vacunatorio quedó re chiquito y lejano. Y, tomado por los diferentes modos que adquiere el terror económico, hasta te olvidas un poco del riesgo biológico del que te sacó ese pinchazo y ese Estado que posta te cuidó (como no lo hubiese hecho el macrismo). Es una gran mentira de la derecha más fea aquello de que “no se le dio importancia a la pandemia”. Sí, importó, se sufrió mucho, pero se la padeció no como en las comunas y los códigos postales a los que se dirige el discurso oficial (presidencial y de la mayoría de losintelectuales: se habló siempre de la misma manera de la pandemia. En los primeros tres meses del 2020 y en los últimos tres antes de la elección en pleno 2021). De nuevo, el biológico fue un terror más: no solo hizo temblar al cuerpo, también provocó la efervescencia (y el enloquecimiento) de todos los demás terrores y vectores: el anímico, el financiero, el laboral, el familiar, el escolar.

Es la selfie en el vacunatorio y es el plano secuencia, el continuo social y vital: es dinero, es consumo, es salario, es empoderamiento social, es un futuro mejor, es, al menos, reponer las redes que conjuraba un poco esa precariedad de fondo. Es, como dijo Cristina aquella vez, evitar que la vida se siga desorganizando.

Modo submarino no amarillo

¿Solo a los encuestadores y a los analistas les preguntan cómo va todo? ¿no tienen ni siquiera esa terminal de información de la clase media ilustrada e intelectual que le pregunta “al chico de Rappi o Pedidos Ya”, “a la chica que ayuda en casa”, “al chofer de taxi o de Uber” cómo está todo en el planeta tierra? Burbujas, distanciamiento social con lo popular y barbijos mal puestos: tapándoles los ojos.

Funcionarios y funcionarias que no tienen contacto con las sensibilidades populares. Muchos “caen” a los barrios en operativos y con torpeza perceptiva y social (o se selecciona, se “edita”, los barrios en los que estar o no. Hemos visto, ay, funcionarios que creen que los barrios están loteados por organizaciones o simpatías políticas).  Juntan a diferentes actores de los barrios (sin que les importe mucho desde qué realismo toma cada quien la palabra) y se van con las voces de ese plenario. Pero tampoco se trata de que no estén en el territorio, de que no recorran, de que no estén “todo el día” militando. La mayoría está todo el día “poniéndole el cuerpo” a los quilombos, no dudamos de eso. El problema es que están en lo social implosionado, pero metidos en trajes térmicos: de los que te aíslan de la verdadera temperatura ambiente. Están sumergidos en lo profundo del territorio, pero adentro de submarinos que no te permiten dar con la sensibilidad real.

A nadie le interesa investigar las transformaciones del mundo popular de la última década y media. No interesa hacer sociología (pero sí jugar a la del politólogo, fascinarse con la rosca y los análisis efímeros) y pensar en profundidad lo social porque es preferible inventarse hipótesis y enunciados políticos que no tengan que verificarse en ningún lado: los podes karaokear dentro de la burbuja de iguales, pero para que sea eficaz tenés que pincharlo en lo social, inocularlo ahí y ver qué sucede: que reacciones provoca, que anti-cuerpos aparecen, qué le pasa al cuerpo social. La pregunta por la eficacia de ciertos enunciados y dispositivos políticos (en donde se les habla a los pares, en dónde se busca el like rápido). Pinchar, siempre, en lo social y ver cómo reacciona: ¿muta o no? Hay que testear fuerzas sociales, evitar el distanciamiento social obligatorio (de clase) que ya vienen cumpliendo hace rato muchos intelectuales. Parte de no pensar la sociedad ajustada que dejó el macrismo fue ignorar los anti-cuerpos que también se había creado en esos años. No querer entender que la sociedad ajustada llegó para quedarse.

O se abandonaron los barrios, o se llena algunos municipios del conurbano de “extranjeros”, o se cae a los barrios en modo submarino y alejados del contexto que se está viviendo, escuchando más o menos lo que uno esperaba escuchar y observando desde el catalejo. Esta lejanía sensible con lo barrial es continuación del poco interés en la investigación de lo social que ya viene de los años de ajuste macrista. Pero también una reconfiguración de la perspectiva de lo que significa gobernar enfriando.  Se “cae” al barrio con el barbijo en la boca, y se lo sube a los ojos.

En “los submarinos” y “las submarinas” no hay entres, no hay continuos, no hay recorridos vitales, todo lo que entra se lee detenido y capturado como en una foto: desde el submarino no se ven los detalles en los que se juegan las implosiones de cada día. Se llenan de dispositivos estatales atajando a los heridos del ajuste cuando ya cayeron (o a los que caen cerca de un comedor, de una iglesia, de un dispositivo juvenil, de centro de rehabilitación o de la cárcel) pero en el medio: en la changa, en los laburos, en las deudas que vencen, en los bajones solitarios, en los interiores súper estallados, en los continuos vitales es cada vez difícil de intervenir en la sociedad ajusta y apestada. Y esos entre existen, son los mayoritarios, son las vidas populares (laburantes y no) aunque son más ambiguos, silvestres y no cierran nunca del todo.

Es por todo esto que no se puede reducir la distancia sensible con el pulso popular a la dimensión presupuestaria. Lo poco que hay, lo que se rescata en cada jurisdicción, ministerio, hay que abrirlo, agujerear la gobernabilidad para que ingrese otra información de lo social; los problemas concretos, mapas de cómo se va reconfigurando los modos de vida, los recorridos por la ciudad, de qué manera se perciben o no los terrores.

Dos escenas complejas que el modo submarino probablemente no capture: Dos cuarentones –“vestidos de laburantes”, como dice con ironía Marta cuando un rato después se entere y no se asombre por la secuencia- le roban una mochila a una flaca que tiene casi treinta años, varios quilombos y trata de terminar el secundario en versión presencial y virtual. Se meten corriendo por uno de los pasillos. Un policía mira y le tarda en caer la ficha de que no son “los pibes de siempre”. Se mete al barrio-laberinto, cansando, pero “no encuentra nada”. En otro punto del territorio conurbano, en Solano, hay un corte en la Avenida Monteverde. No hay policías, pero si un habitual fuego de lado a lado. Un grupo de vecinos pide seguridad y agarra a un par de cartoneros acusándolos de no se sabe bien qué. Se los llevan detenidos a un patrullero para que los detengan. Los polis ni pestañean por el fuego y el quilombo ambiente. Un camionero (que también changuea para Mercado Libre un día, para una verdulería otro) está re caliente. Todo el conurbano lleno de obras que se perciben como cortes: “antes eran los piqueteros. Ahora las obras que están apuradas por todos lados”. No putea a los vecinos. Allá a un costado, medio de espectadores, completan el montaje los pibes que oscilan entre los laburitos rodantes de vendedores de ocasión (que arrancan desde la mañana puerta a puerta) y piensan que con el Potenciar Trabajo, un tiempito en la cooperativa, etc., no llegan a poder desear nada. Pero dejar todo ese combo de guita para laburar “en blanco” por menos de treinta lucas y encima tener un jefe que te verduguea no tiene sentido. Sobre todo, si a la primera de cambio te meten una patada en el orto y te quedás sin nada.



 

Perón: la realidad efectiva te la debo II



Como pasa siempre que el peronismo pierde, la esperanza de su final se disimula poco por derecha y por izquierda. Incluso, quienes “materialmente” están cercanos al Palacio y a los palacitos (con carguitos, con capital simbólico, con sentirse cercanos) ya parecen sacar los dedos del teclado y los pies del plato. Desmarques cínicos de quienes empiezan a silbar bajito y bajando los posteos. El que abandona rápido tiene premio en sus prestigios personales: muchos que recibieron gratificaciones simbólicas, contratos, recursos y mimos públicos durante los dos primeros años, muchos Albertos y Albertas están más preocupados en tirar la bomba de humo y no quemarse que en pensar en profundidad lo que está pasando en la sociedad que gobiernan.

Oportunismo, cinismo que ni roza a lo silvestre: a la vida que gedemos y que, hasta ahora, no se le dio cabida. Entre la indignación y la perplejidad queda claro que una militancia “privada” (de las asperezas y violencias del país real) corre detrás de las luces mediáticas y de los fogonazos esporádicos (los conflictos sobresalientes) y se pierden el mientras tanto concreto, cotidiano, áspero e implosionado. Se sacan de la boca categorías llenas de sarro, permanece una pereza política y perceptiva alarmante: “voto bronca”, “voto hambre”, “voto a la derecha”, etc. Un gorilismo y un racismo que salta al momento de hacer lecturas sobre los resultados electorales. ¿Cómo le volvés a hablar a la gente con la que militás y para la que militás, a tus votantes y sus vecinos si los llamás “desagradecidos”?

Una hipótesis (no importa su nivel de certeza y verdad, solo puede servir para gobernar en otra dirección): ¿Y si la oleada que te votó en contra es la misma que te votó a favor? ¿Si más que voto bronca (o esas imágenes de origen radical) pensás en voto anti-ajuste? ¿Si pensás que gran parte de las mayorías populares cansadas, ajustadas, apestadas (con el voto de los interiores estallados que sacó al macrismo por “arriba”) rechazaron esa economía heredada o que no fueron a votar como otra forma de rechazar ese ajuste que continúa?

No se trata, lo repetimos, solo del vuelto electoral. Más allá de los resultados de noviembre es urgente adentrarse en esas mayorías populares, investigarlas, tomarles el pulso: sondearlas sin necesidad de encuestadores o “mediadores” de los rumores sociales.

No es un problema que el peronismo pierda elecciones (o el problema de fondo no es ganar o perder elecciones. No es solo un vuelto electoral. El peronismo ha sobrevivido sin los fierros del estado, el problema, claro, es la supervivencia de ese peronismo…). El problema de fondo y dramático es que un gobierno que se autopercibe peronista no haya podido leer el malestar de las mayorías populares. Es preocupante, también, que un gobierno que en varios niveles tiene funcionarios que provienen de movimientos sociales, de organizaciones juveniles, no haya podido leer el malestar social y que parecía más en plan auto-celebración que tomado por el tono y el ensombrecido ánimo social mayoritario.

Ya no hay espacio (en esta máquina de enunciación política devorada por el régimen de obviedad, en la agenda oficial que comparten funcionarios de distintas líneas y militantes) para plantar la disputa de realismos barriales (y las disputas y guerras al interior del mundo popular con los nuevos odios) porque se evapora, a una velocidad dramática, esa realidad efectiva y concreta sobre la que hay que intentar pinchar enunciados políticos. Le debemos a Perón (y al peronismo silvestre, y a la “base electoral”) esa realidad efectiva que tiene que ser siempre el suelo sobre el que discutir y disputar realismos populares, percepciones, afectos y nociones de lo laboral, lo barrial, lo vecinal y lo social.

En plena “década ganada” discutíamos las traducciones sociales, políticas, estatales de intranquilidad anímica como la inseguridad, con el automático y determinado pedido de gendarmería. Discutíamos y tratábamos de visibilizar y oponer con nuestras investigaciones “otros” realismos populares minoritarios: el de pibes y pibas (corridos de la representación adulto-céntrica de la vida barrial) de quienes no estaban enganchados del todo a la dinámica laboral, etc. Durante el macrismo, incluso muchas veces sin confesarlo, se fortaleció ese Realismo único y fue más complejo aún pensar otros modos y disputas del mundo popular que no sean lo que se presentaban como la Realidad. Pues bien, durante el actual gobierno esa disputa de realismo ni siquiera existió porque se evapora, se esfuma esa realidad concreta. Frente a una demanda, como aquella de “inseguridad”, se tuitea, se hacen recorridas mediáticas, se postea, hay indignación por derecha e izquierda, pero nadie investiga ni discute realidades.

No es que falló el diagnóstico o las predicciones sobre las vidas populares: no las hubo. Sin realidad efectiva no hay disputa de realismos populares posible: hay régimen de Obviedad y realismo mayoritario derechizado al que se acepta en bloque (cayendo en un peligroso y falso determinismo social y popular. Porque, además, se lo mira desde categorías ideológicas y sin comprender o desconociendo las sensibilidades populares) o se le opone esa tibieza del progresismo blanco. Podés coincidir o rechazar los realismos populares en tensión (en disputa belicosa, pero con miles de vasos comunicantes y puntos de continuidad, claro). Lo que no podés es hacer pantalla y posteo: en las redes sociales, al menos hasta ahora, no hay temperatura y tufo (esos sentidos no se pueden sustituir). Una realidad efectiva que está frente a tus ojos, un posteo imposible de eliminar (para que se entienda desde la pantalla). Podés decir que te gusta o no, pero está ahí.

Los barrios, el realismo laboral y popular, es siempre indeterminado y abierto a la discusión: dos percepciones mienten: la del asfixiante vaso boca abajo porque es exterior y siempre con un supuesto (no confesado) gorila y exterior en el que late la pregunta de ¿cómo pueden vivir así? Y de esa constatación solo sale piedad o criminalidad. Lástima o desprecio. Pero también miente la percepción de quien está seguro de mirar el mismo vaso, pero desde abajo: una especie de domo de vidrio en el que estás atrapado.

Con quienes miran desde arriba el vaso nos interesa menos dialogar (desde el balcón, desde la farándula de clones, tan solo los convocamos a salir de esa posición y moverse. Poco más que decir). Con quienes percibir desde abajo hay mucho para pensar y discutir. Pensamos que no hay un solo realismo barrial; no hay un solo realismo popular: todo está en disputa: percepciones, afectos, deseos, intensidades. El gran problema de los últimos años (esperable en un gobierno de derecha, preocupante en un gobierno que se auto-percibe peronista y en las militancias jetonas, intelectuales, periodistas y funcionarios: todos los que viven en barrios distintos de la misma Villa Twitter) es que, entre todos, y por falta de investigación del mundo popular, porque por sus biografía les pase de largo, porque no ven ahí más potencia política que lo que su agenda ya dictaminó que es lo popular (representaciones de acero), es que entre sus “loreadas” y su parla descarnada se haya difuminado lo social.

Gobernar enfriando una agenda de peronismo silvestre

Si el peronismo se olvida del “aguante todo” expulsará, cada vez más rápido, vidas populares a la derecha. Todo lo que tendría que estar adentro, se expulsa porque no se comprenden sensibilidades populares, porque se desconoce mundos lejanos (a nivel espacial, físico y sensible) porque solo importan los algoritmos y la farándula de clones en las redes sociales. Un peronismo desatento a su base electoral, pero antes aún de la eventualidad y la contingencia electoral, a las mayorías populares a las que tiene que obedecer. En estos dos años desfilaron en los medios supuestos “representantes de lo popular” que parece que tampoco estaban muy al tanto del malestar de “abajo”. Acá no se trata de albertismo o camporismo o militantismo (claro, la aclaración de siempre: nos referimos a dirigencias, a jetones, no a quienes le ponen el pecho y resuelven lo que pueden en las condiciones que pintan y sostienen sus barrios a flote).

Uno de esos “jetones” habla en el prime time televisivo: “hay darle mensajes claros a la militancia”. No, hay que hablarle claro al votante real: a las mayorías populares reales que están ajustadas, cansadas, apestadas o pos-apestadas y que, hace apenas dos años, hicieron boleta al macrismo en la urna (una victoria muy por arriba, lo dijimos, por abajo, en la sociedad ajustada, la máquina de gorra está más aceitada y activa que nunca). En vez de armar continuidades entre el voto del 19 y éste se apuran categorías de quienes están mirando fenómenos porteños. Hay que hablarle, hay que hacer políticas y “mensajes claros” para esa base electoral: la militancia sabrá (sabemos) entender muy bien que las agendas se tienen que clavar en ese corazón popular y que desde allí se dan las disputas perceptivas y afectivas sobre lo popular (que desde lejos se ve codificado por un solo Realismo).

Una sociedad ajustada, implosionada y cansada no tiene tiempo ni una economía de la atención para los berretines militantes. La sensibilidad gorila de quienes se la dan de compañeros y compañeras no termina de entender cómo vive la gente real. No hay tiempo, ni ganas, ni fuerza para agitar nada más que la propia vida y la del círculo más cercano para llegar juntos o rejuntados al final del día. El mandato de diciembre del 19 fue claro: dejar de apretar sobre cuerpos que no aguantan más.

¿Un gobierno auto-percibido peronista, una militancia (de movimiento social, de palacio “de cuadros” o de “territorio”, cuando toman la palabra sus jetones se parecen bastante entre sí) que vea con preocupación que una sociedad (que sus mayorías populares) rechace el ajuste? Esa es la lectura electoral: ¿por qué dejar huérfana, una vez más, esa potencia silvestre difusa y no tan traducible?

Las militancias barriales, las orgas, los movimientos, lo dijimos miles de veces: solo ven una porción del barrio, pero cuando se quiere hacer de esa percepción o punto de vista parcial “lo que piensan en los barrios” se cae en puro humo. Los barrios no quieren solo operativos, solo “caravanas”, solo recorridas y movilizaciones por sus calles desconectadas de la cotidianidad barrial y popular que no se conoce. Si se le habla sobre el “barrio militante” estamos fritos.       

Fue la pandemia, fue la pesada herencia del macrismo (nunca pensada en profundidad) y fue, la menos enunciada y más antigua (porque es anterior o circula en otro plano a las derrotas electorales) derrota perceptiva que se viene dando desde los últimos años del gobierno de Cristina para acá. Dentro del peronismo (que es lo que más nos importa) y, por supuesto, en todo el espectro político e ideológico más o menos de izquierda. Es una derrota perceptiva porque se dejó de pensar lo social y se dejó de auscultar a las mayorías populares. Decíamos, en aquellos años, que había que estar atentos a los gestos y políticas que buscaban congelar lo social porque se estaba preparando el terreno para un tipo de gobernabilidad que piense en “gobernar enfriando”.

Cuando en medio de “La Gorra Coronada” (la llegada del macrismo al Palacio) hablábamos de la reconfiguración de las dinámicas barriales, de los modos de vida más expuestos al ajuste de guerra, a los viejos y nuevos odios con los que se gobernaba y se intentaba sustituir el deterioro del salario, decíamos que para sacar al macrismo había que sumar todas las fuerzas posibles. Un aguante todo: “El macrismo parecería ser la suma de los odios históricos de la derecha tradicional y de los “nuevos odios” de la derechización existencial en la precariedad (desde los “cabecitas negras” hasta las “mantenidas del plan”). Una suma de todas las fuerzas Anti-Todo a las que sólo cabe oponerle un Aguante-Todo: sacrificio, disciplina y ascetismo, fiesta, agite y gedientismo; militantes de rostro serio y militantes de pura carcajada; vidas endeudadas y vidas sonadas; pibas a todo ritmo y doñas de vieja moral; economía popular, laburantes pillos y vagos inquietos. Que estén los “cuadros” pero también las vidas heridas por el ajuste de guerra”. (https://www.tiempoar.com.ar/informacion-general/veneno-paciente/)

Decíamos, en diciembre de 2019, que el acontecimiento electoral (con el insoslayable protagonismo del conurbano bonaerense, en especial “su tercera sección electoral”, pedazo de tierra en donde activa este colectivo) “provocó aperturas e indeterminaciones en una coyuntura social y económica espesa y cerrada. Se puede salir por arriba, pero no se puede gobernar desde ‘lejanías’ perceptivas; las que te aíslan de los mapas y de las cartografías de esos territorios sociales implosionados, complejos, heterogéneos, dramáticos y vitales. Se salió por arriba y apostamos a que se gobierne con las fuerzas de ‘abajo’ y con el Aguante todo adentro. Un aguante todo que tuvo traducción electoral, pero que desborda cualquier instancia institucional”.

Pensando en esa tercera sección electoral (en ese millón de votos de diferencia entre el Frente de Todos y Cambiemos que permitió el triunfo) nos preocupó desde el comienzo que no se gobernó cuidando ese músculo electoral (esas vidas populares, sobre todo, que permitieron el acontecimiento electoral). Si para hacer boleta al macrismo se convocó ese aguante Todo, para gobernar se lo fue expulsando cada vez más. Y en todos los niveles: nación, provincia, municipios. A nivel de los programas y las agendas de gestión, los organigramas, los modos de caminar los barrios, los modos de tratar a los no-iguales y, más profundamente, la indiferencia o, peor aún, el no registro de los dramas populares.

Como si una circular interna alertase: enfriemos y saquemos todo lo que no entendemos. Un axioma, el de gobernar enfriando y alejando lo silvestre (lo que no está organizado en una militancia concreta, lo que no responde a las expectativas militantes, lo que no tiene vínculos claros con funcionarios, lo que no se acerca por motus propia al referente, lo que anda suelto por el barrio, etc.) que no puede reducirse al rostro de dos o tres ministros: atraviesa a los elencos de gobierno de todos los niveles porque es una manera de intervenir en lo social y lo concreto de las vidas populares. Más allá de la dura derrota electoral del “peronismo unido”, este modo de gobierno, en lo concreto, nos preocupa porque no termina de remover y desmontar un estado blanco que, en lo sensible, se parece mucho al macrismo.

                                                            *

Las peleas que reproducen y vitalizan al peronismo fueron, son y serán siempre, las que acontecen dentro de las mayorías populares; de sus sensibilidades y formas de vida (“peleas entre pobres” las traducen ahora: bueno, sí, disputas entre pobres que tienen que ser dentro del peronismo). Las peleas que se dan entre agendas militantes, entre ideologías o de espaldas a esas mayorías no reproducen el peronismo: lo congelan y atentan contra su sensibilidad plebeya. No se escucharon los susurros: solo las bolas que se corren (que luego se hacen de nieve y bien visibles, físicas, pero obvias y que desaparecen a las 24 horas, como una historia de red social). Esta vez, parece, que los gritos y susurros no eran de reproducción, sino de palacio y bien lejanos a los caldos de cultivos subjetivos del peronismo.

Dicho de otra manera: el peronismo tiene que contener todas las guerras, toda la belicosidad de lo popular adentro: todas las percepciones, todos los afectos, todos los deseos. El peronismo no es gourmet de las vidas populares: es dinamizador, precursor químico, intensificador de sus peleas por vitalización. El peronismo, más aún en un momento de crisis como el actual, no puede filtrar lo popular y elegir con que rostro amigable quedarse. Todos, todas, todes adentro y votando: después vendrán las disputas y discusiones. Quienes no entienden ese axioma no hacen peronismo (no trabajan con el material sensible existente).

Se puede, siempre, disputar los realismos populares: lo que no se puede hacer es desconocerlos. No tener ni idea de que hay allá lejos.

                                                                    *

Un peronismo amarillo se esparce, preocupándonos, por el conurbano sur: mucha presencia territorial, mucho de “meter todo adentro”. Frente a esa expansión amarilla, el peronismo silvestre tiene cada vez menos lugar: no encuentran cabida en el progresismo (como la inseguridad y la intranquilidad barrial) se lo deja morir o se lo deja tirado y listo para que lo levante, le saque un poco el polvo y lo meta en la bolsa ese peronismo amarillo. Falta de realismo y falta de sensibilidad popular para con los dramas populares en general: desde afectos que van a parar al agujero negro de la implosión, hasta el sobreendeudamiento, los laburos, los barrios picanteados, los pibes en la calle desinflados por todos los futuros que se pincharon.  

Hay que disputar cuerpos y afectos populares a la máquina de gorra y atraer para un acá abierto, poroso y difuso a vidas que, de lo contrario, se deslizan veloces al buche de una derecha robustecida por sus años de entrenamiento estatal. Porque, además, al no leer los efectos de la implosión social detrás del miedo o la excitación que provoca un “estallido social” más o menos groso, cuando suceden eventos de este calibre, de escala explosiva, no se percibe que suceden con la carga oscura, densa, violenta de todas las implosiones anteriores que no se pensaron: una toma de tierra, una secuencia violenta en un barrio, una pelea entre bandas, un robo, un simple pelea, un malestar laboral viene demasiado cargado para que una lengua política exprés y con la lógica de la obviedad lo pueda expresar, “organizar”, “conducir”. Solo podrá postearlo y comentarlo.

Hay demandas y, sobre todo, afectos populares que de manera urgente tiene que ser leídos y gobernados por una máquina política que se dice peronista (en nación, en provincia o en los municipios). Si esos afectos y esas demandas rebotan en la burbuja y no la traspasan, van a parar y alimentar las máquinas de gorra (siempre transversales), las versiones activas y suburbanas de peronismo amarillo. Agendas, temáticas, movidas que hagan interlocución real con lo social. Se empuja, sin querer queriendo, problemáticas, conflictos, secuencias que no se entienden, que aparecen como complejas: que lo gobierne Dios (podría ser el enunciado no confeso). Un gobierno que se autopercibe peronista no puede borrar de la conversación pública el hashtag salario, trabajo, endeudamiento, alimentos, “costo de vida mula”, violencias sociales difusas, etc. No puede sentir desafección con los dramas populares de una sociedad ajustada a la que se le sumo la peste. Pandemia y aislamiento obligatorio que terminaron de desmantelar ciertas redes (siempre precarias) y enfriar circuitos públicos que alimentaron la implosión.

Con este párrafo pensábamos el peronismo silvestre, en el año 19, que saltaba en dos escenas:

“Las de pibes bien vagos diciendo que ‘ni hablar que votan a Cristina’ allá por comienzos del 2019 y la de la expectativa vital de esas vidas laburantes que apostaban por la fórmula: más dignidad y menos verdugueo. Imágenes-fuerza que tuvieron una traducción electoral en millones de votos y que padecen la orfandad pública: a esas vidas casi no se les habla, esas vidas que padecen la incertidumbre de manera privada y detonada: el peronismo acá no se puede hacer el boludo; está obligado a proponer un futuro social con umbrales mayores de dignidad.

El peronismo es la certeza –y no la creencia- de que mañana vamos a estar mejor que hoy…”

Hace más de un año volviendo a esta idea:

“Una agenda pibe, una agenda laburante, una agenda conurbana entonces (en donde, recordemos una vez más, el Frente de Todos arrasó con una diferencia de un millón y medio de votos con Cambiemos en las elecciones de 2019. Quienes votan solos y esperan…) es urgente. Motorizada por un peronismo silvestre que no es peronismo que se proclama “autónomo” (aunque sí sea de base silvestre) ni trata de resguardarse del Estado, ni pretende alejarse de distintos niveles de gobierno y hacer rancho propio; el peronismo silvestre que no es de retirada es el que trata de empujar desde los bordes y aproximar a los centros a esas fuerzas plebeyas, amorales, barriales que tienen que ser el material con el que se gobierne en primer lugar: gobernar con el peronismo silvestre adentro. Peronismo silvestre que agencie y agende esas fuerzas huérfanas y disponibles para la derecha y sus máquinas. Desde esas alianzas también es posible continuar pensando qué efectos dejó en la sociedad la pesada herencia del macrismo y qué sociedad quedará –qué nuevas heridas– luego del interminable ciclo de peste y ajuste”.

Una agenda conurbana, laburante, pibe, que active en sus políticas de gestión, dándole consistencia popular (encarnando) las medidas. Es un error pensar que se trata solo de tirar guita o cemento (revivals del voto cuota y esas goriladas típicas de la sociedad argentina). Dar consistencia popular a las políticas sociales, por ejemplo, es reponer las “postas” cotidianas de una vida laburante o de una vida-pibe que la pandemia desarmó. Sabemos que la pandemia liquidó a quienes estaban más expuestos a la precariedad y habían sufrido más profundo el ajuste de guerra macrista; quienes sus recorridos de vida estructuralmente eran callejeros, o/y aquellos que ganaban la guita en el día a día. Pensar en salario (y no en dinero ya) es pensar empoderamiento, pensar en rehabilitar circuitos vitales, etc. 

Se habla con preocupación, en ciertos análisis políticos finos, de cierto desenganche entre el peronismo y el voto-joven. Mucho loreo y poca investigación: ¿en qué andan los pibes y las pibas? ¿Cómo es su vida cotidiana? ¿Qué onda con los laburos y las noches? ¿Qué onda con los pibes-no elegantes?

Tampoco existió una agenda pibe durante la pandemia: se desfinanciaron o se suspendieron programas sociales para adolescentes, y no se planificó ante una situación visible de que se desarmaban las pocas postas que sostenían anímicamente las vidas pibes: la nocturnidad, las changas, la feria, algún berretín; y las pocas mediaciones que quedaban entre la picantez del barrio y la exposición brutal al ambiente. Los primeros meses del año pasado se registraba cómo la pandemia intensificaba muchas variables que había dejado el ajuste macrista: la implosión social, el cansancio, el engorramiento; ¿Pero qué onda los pibes y las pibas que patearon la calle con el bolso con productos de limpieza casa a casa? ¿Qué onda los que con poca nafta anímica se inventaron algún rebusque o se quedaron mal guardados en la casa? Pibes que deambulan desinflados: una época que tiene a los pibes en modo avión.

Si las bases electorales y las mayorías populares votan al peronismo desde ahí se arman las agendas y las alegrías militantes. Primero que nos voten, como decía Perón: hagan cualquier cosa, pero que nos voten. Porque ganar elecciones es abrir el campo de lo posible: más votos es más posibilidad de hacer karaoke con enunciados políticos.

 



 

jueves, 19 de diciembre de 2019

Nuevo libro! La Sociedad Ajustada




Las elecciones sacaron al macrismo del Palacio y a la Argentina del racimo regional de gobiernos de derecha. Este acontecimiento mostró la perseverancia histórica de un peronismo silvestre que hay que rastrear en subjetividades y sensibilidades sociales plebeyas antes que en estructuras partidarias y en identidades culturales. Se inaugura un escenario social y político novedoso y complejo. Los años de macrismo habilitaron y recargaron, con el control de los fierros estatales y mediáticos, el revanchismo social. También dinamitaron por el aire redes y rejuntes que sostenían vidas al borde del terror anímico en una sociedad precaria que nunca se encaró como la verdadera ’batalla cultural y material’.

El libro se compone de cuatro partes: 
Cuando la noche es más oscura es un prólogo que se pregunta sobre la escritura y la investigación en tiempos de ajuste. 
La segunda parte, bajo el nombre de Pinturas de guerra, es una serie de crónicas conurbanas que atraviesan la llegada de policías comunales a los barrios, salitas de salud, comedores populares, centros de rehabilitación, cárceles y talleres artísticos con jóvenes. 
La tercera parte aborda una serie de hipótesis políticas que describen la sociedad ajustada, abordando conceptos como Máquina de gorra, Militancias en la implosión, Inflación y terror anímico, Mayorías cansadas, Nuevos y viejos odios y Aguante todo. 
El libro termina con Peronismo silvestre, un epílogo que busca pensar más allá de la grieta, desde una perspectiva plebeya, caótica e indócil.
Esta cartografía de la sociedad ajustada, en continuidad con una ´genealogía de la precariedad a la argentina’ que el Colectivo Juguetes Perdidos despliega desde hace varios años, es una tarea urgente que requiere de una militancia inquieta y 24/7 y de una apuesta constante por la conquista de nuevas percepciones políticas.


La Sociedad Ajustada. 
Tinta Limón Ediciones, diciembre de 2019
128 p.; 19,5 x 13,5 cm.
ISBN 978-987-3687-61-7