martes, 10 de marzo de 2009

No escondamos nuestras bengalas

Aguante, precariedad y creación. Una lectura de Cromañón.


1.
Este texto parte de una necesidad: hablar sobre Cromañón pero con nuestras propias palabras, hablar como generación, plantarnos como jóvenes, afirmarnos y no dejar que hablen por nosotros ni los medios, ni los viejos chotos, ni los psicólogos, ni los especialistas, ni las publicidades, ni nadie.

Porque sentimos que Cromañón aguarda ser pensado; el tiempo de una generación se detuvo ese jueves del 2004, y es necesario que hagamos lo posible por entender lo que allí pasó, pensarlo. Porque todavía uno de nuestros rostros no puede dejar de mirar a ese boliche envuelto en llamas y humo esa medianoche de verano.
En primer lugar, tenemos que llevar a cabo un parricidio simbólico; desechar todas esas palabras mudas de los especialistas y de quienes hablaron de Cromañón tanto desde la culpabilización como desde la compasión o la victimización. Decimos que esas palabras se pierden en el abismo generacional, que nuestros oídos no se ven conmovidos ni interpelados por estos relatos escritos con el estilo y la tonalidad de la voz paterna.
Por un lado, los discursos compasivos o culposos de no habernos sabido cuidar no reconocen que están mirando el nuevo contexto social con los ojos ciegos por la obnubilación que produce la nostalgia y la melancolía de lo irremediablemente perdido; no queremos ni necesitamos que nos cuiden, si es que realmente supieran o pudieran hacerlo, porque la mayoría de las veces en ese “cuidado” percibimos un desconocimiento de nuestro mundo y una mirada despectiva hacia él. En nuestros nervios hay más información del presente que la que ellos pueden darnos. Por otro lado, escuchamos también críticas y culpabilizaciones sobre el mundo en que nos movemos: éstas son pronunciadas siempre desde una exterioridad asombrosa, como si nuestra época y la de quienes nos critican no tuvieran ninguna conexión. (Esa bomba de hoy, la que llevás entre tus manos... Eso es todo y sin embargo...)
Pero también circula un tercer discurso: el discurso de la indiferencia. Esta mirada opera en forma distinta a las otras dos, ni acaricia la cabeza del joven, ni lo repudia insultándolo; no lo ve. El discurso de la indiferencia, parte de la ausencia de una ética colectiva, lo que produce la ausencia de empatía ante el sufrimiento del otro, es decir, la imposibilidad de sensibilizar nuestros cuerpos ante el dolor ajeno. Este sentimiento de empatía necesario para la producción de una ética colectiva no se encuentra en muchos de los vínculos actuales. Aquí no hay negación de la otredad (en cualquiera de sus dos rostros: culpabilización o victimización), sino que el otro no ingresa en mi campo de inteligibilidad cultural, no ingresa en mi radar de lo posible. Por ende, los muertos de Cromañón no emergen como problema, ni como interrogante, porque no están presentes como vidas en mi mundo cotidiano.
La ausencia de un umbral ético que reconozca al otro como parte mía, y la captura de la sensibilidad a manos de los monstruos mediáticos, hace que muchos pibes de nuestra generación no perciban a las victimas de Cromañón como “sus muertos”. Es decir, no sienten en el cuerpo el sufrimiento por las 194 vidas jóvenes que han abandonado la historia con la velocidad de una vuelta de página. Esta mirada, convive con las miradas de la victimización y de la culpabilización a los que hacíamos referencia anteriormente. Estos discursos no están cerrados sobre si mismos, sino que circulan de manera conjunta y se pierden en grises. Pensemos sino como estos relatos se expresan en la banalización de lo social, todo es producto de parodia y de risa, el chiste cínico deja de emerger como verdad cruel (pero enmascarada) sino que irrumpe como única forma de leer lo social; la muerte, la tragedia, todo se licua en la risa vacía y desvitalizadora. Esta es la manera en que muchos periódicos o programas de televisión leen Cromañón; todo es producto de morbo y de parodia: las bengalas, las victimas, los sobrevivientes, etc.
La singularidad del discurso de la indiferencia, se puede expresar a través de la imagen de lo frío y de lo distante. Es como si una victima de Cromañón se paseara por el campo de un mega-festival de rock, organizado por alguna empresa caníbal, cargando sobre sus hombros su cadáver demacrado, veríamos a este cadáver y su espectro vagan sin rumbo, y sin ser vistos por los jóvenes que disfrutan alegremente del recital de una banda multitudinaria. Nadie percibe a la victima, la banda de rock sigue tocando sus solos de guitarra y cantando sus temas políticamente comprometidos, mientras los juegos de luces iluminan el momento festivo del nuevo entretenimiento cultural. A los costados del escenario vemos inmensas iconografías con los rostros de victimas de Cromañón, pero nadie parece reparar en ellas más que en los carteles de publicidad, o en la entretenida banda de moda. Abajo del escenario la victima y su cadáver siguen deambulando sin brújula, entre el pogo divertido que desata el ultimo hit radial.


2.
Creemos que para escapar de las victimizaciones, de la indiferencia o las culpabilizaciones necesitamos afirmar nuestras prácticas, nuestros saberes, nuestras maneras de divertirnos, de sociabilizar, de encontrarnos, de aguantar.
Luego de aquella noche que vivimos en Cromañón, triunfaron esas tres visiones. Por eso es que muchas veces se escuchan entre los pibes los discursos de arrepentimiento y de auto-culpabilización. Estos discursos privatizan el dolor, lo vuelven personal, y niegan todo lo que somos, todo los que nos hace felices, creativos y autónomos. De esta manera todas nuestras formas de divertirnos, de sociabilizar y de resistir fueron oscurecidas y negadas; porque en vez de recordar todo lo que hacemos e hicimos como generación, en vez de leer nuestras prácticas de una forma positiva, activa, dejamos que se nos niegue y nos negamos, quedando atrapados en relatos tristes, en relatos que nos ponen en el lugar de criminales, irresponsables, víctimas, o, directamente, como aquello que no interesa, que no merece ser recordado, como si fuera una generación perdida.
Sentimos que en cambio necesitamos leer la historia desde nosotros mismos, recuperando aquellas maneras de movernos que aprendimos en el tiempo que nos toco vivir, este mundo marcado por los riesgos, por la precariedad y la incertidumbre. Porque andamos por un mundo regado de minas y cada paso es una chance de implosión. Porque aprendimos a viajar trepados a los trenes (sin tener a donde ir), a no saber si aparece algún laburo, o si el que tenemos sigue la semana que viene. Necesitamos recuperar todas las maneras de adaptarnos y saber movernos que supimos crear en un entorno resbaladizo y cambiante, necesitamos retomar nuestras marcas como generación.
En estos tiempos donde todo es efímero, donde nos exigen hacernos cargo de nosotros mismos, nuestras prácticas confluyen en el individualismo y la competencia. Pero ¿cómo zafamos de esto? Ahí aparece el Aguante: Es una forma de resistir y crear ámbitos alternativos a esta vida que se escurre de nuestras manos, que carece de sentido y nos angustia. En este escenario plagado de choques fugaces y desencuentros ¿Cómo se construye un nosotros, un yo, una banda, un terreno de referencia, un “terreno sagrado”?
Vemos que es alrededor del “aguante” como se arma un relato, como se articulan las reglas en un grupo de pibes y pibas, como se arma consistencia, como se ordena de alguna manera el caos o como operar en él. Alrededor de la figura del aguante, concretamente, se está en una esquina, o se está con otros. Se trata de no ser un engranaje de una época donde el orden implica el caos, sino de construir un mundo donde el orden sea liberador y autónomo.
Allí armamos un relato, un paisaje de símbolos y experiencias que es nuestro refugio en un mundo plagado de espectáculo, de imágenes vacías y de plástico descartable. Un relato que coloque en el centro nuestro cuerpo y su sensibilidad, y el encuentro con otros cuerpos, la búsqueda de una vida autónoma. Se trata de escapar de un entorno artificial que roba nuestra sensibilidad; se trata de construir un mundo propio que coloque en el centro la creación, la pulsión de nuestros deseos, en pos de superar lo caótico y angustiante de nuestra cotidianidad, de nuestros laburos y el barrio.
La cultura del aguante emerge como una ventana en medio de los muros semióticos que el mercado produce cotidianamente sobre nuestras vidas. Es sin dudas, una línea de fuga de la noche eterna que pinta sobre nuestras cabezas la lógica de mercado actual. Aguantar es vivir, es decir, apostar por vivir nuestras vidas de forma autónoma y creativa y no cediéndola a los monstruos mediáticos ni a los relatos del consumo y del individualismo de la época del pos-deber. La cultura del aguante expresa esa afirmación de la existencia frente al dolor y al sufrimiento que nos provoca la soledad, la incertidumbre y la ausencia de brújulas para navegar los mares caóticos de nuestra época.
Decimos que aguantar es afirmarse, es apostar por vivir, dando un portazo al refugio privado que nos ofrecen las tecno-cuevas actuales, para salir a afrontar la intemperie y el frío que acecha a nuestra generación. Es enfrentando a la intemperie y caminando sobre terrenos movedizos donde nos encontramos con otros individuos solitarios y desamparados. Sabemos por haber leído en un libro no escrito, que si nos quedamos encerrados en nuestras casas jamás nos vamos a conocer. Por eso, elegimos la noche fría del barrio, para comernos nuestro dolor. No queremos resignarnos al mundo bobo e infantilizado que nos proponen día a día nuestros verdugos. En ese mundo vemos nuestro dolor iluminado y sonriente alejándose de nuestras manos. Preferimos la intemperie y el frío de las calles de la incertidumbre, antes que el cálido y afectivo útero digital. Solo nos mueve la posibilidad de afirmarnos, de ser creativos, de juntarnos, de abrazarnos, de emborracharnos, de reírnos, de llorar, de velar derrotas, y de dejar encerrados en nuestros cuartos a los fantasmas de la soledad.
Es en la esquina, en donde de forma aleatoria y epicúrea nos encontramos con otros cuerpos desorientados. Siempre la esquina es un lugar para acampar y hacer un fuego junto a los demás viajeros nómadas del desierto digital. Múltiples, infinitas esquinas nacen y desaparecen en los barrios de nuestras ciudades. Esquinas del infinito, sin coordenadas del tiempo y del espacio, solo localizables por aquellos náufragos generacionales. Quizás, la esquina es un lugar del paisaje cotidiano dibujado por el mercado que quedo sin colorear, quien sabe. De lo que sí estamos seguros es que sabiéndola buscar en el corazón de la noche, aparece, casi mágicamente, como aquel teatro del lobo estepario; muchas veces pasamos de día por sus mismas veredas, y no la podemos localizar, no la vemos, no la percibimos.
La esquina guarda en sus cavidades mas profundas (casi imperceptibles para oídos mayores) ecos de nuestras voces y de nuestras vidas, quejas por trabajos de mierda, precarizados y súper explotados, parejas que se esfuman con un pestañeo, puteadas hacia los viejos chotos (siempre sordos y mudos cuando intentamos dialogar), violencias de policías y de patovas, quilombos de guita... En fin, todo aquello que nos conmueve y que queremos gritar. Ese dolor que nos aqueja se pierde con los fondos de botellas vacías, no lo dejamos que se transforme en ecos de sollozos, que retumban solitarios en cuartos oscuros.
La esquina es una memoria de nuestra generación, una memoria frágil, difusa, balbuceante, que solo retorna a oídos que no creen en nada de lo que oyen. Es uno de los tantos momentos que sostienen la cultura del aguante, allí siempre un grupo de pibes miran de reojo a las sirenas luminosas y a sus cantos impotentes, prefieren amarrarse a la esquina, quizás uno de los pocos lugares en donde el diablo meó y no hizo espuma. Pero sabemos también que la esquina no es el punto de llegada sino un punto de salida al que siempre podemos retornar cuando la cosa se pone jodida, porque siempre llevamos un pedazo de esquina en nuestros bolsillos que nos acompaña en cada batalla y cada afirmación.
Sabiéndonos habitantes efímeros de las infinitas esquinas, estamos convocados a encontrarnos, a afirmar nuestra existencia, nuestro sufrimiento. Esa afirmación siempre es alegría, porque es un acto propio, que nadie hace por nosotros.
De lo que se trata entonces, es de juntarnos, haciendo perdurables nuestros encuentros para planificar cómo vamos a robarle la gorra al diablo. Lo único que tenemos de ese plan es el primer punto que reza: patear la mesa que encontramos servida, en donde rebasan el dolor, la culpa y la compasión.
Pasa el tiempo y la lógica de consumo absorbe más espacios, y es el contexto por excelencia de los más jóvenes, creando barreras entre ellos y otros jóvenes que han vivido una transición entre estos mundos. Queremos dar una pelea generacional, donde nuestras habilidades sean el piso ineludible de donde emergiera el aguante.

3.
Cromañón es nuestro acontecimiento como generación. ¿Qué es un acontecimiento? Es un hecho clave, una grieta en la historia. Muestra de manera elocuente lo que ya no es tolerado, lo que vive en las profundidades y ahora emerge a la superficie. Luego del acontecimiento, las cosas no vuelven a ser las mismas. Se abren distintos caminos y posibilidades de acción. Debe haber una pugna por darle significado a los hechos y crear instancias de acción para darle realidad.
Cromañón es un acontecimiento por que implica la muerte de casi 200 pibes. Porque pone al descubierto lo precario de nuestras vidas, el trasfondo caótico donde debemos movernos. Evidencia el suelo de todos nuestros pasos, la plataforma de nuestro mundo actual que funciona a través de contratos miserias, condiciones de trabajo asfixiantes, legislaciones truchas, transportes precarizados, escuelas a las que se les caen los techos. Y es la lógica empresarial, la que busca maximizar la ganancia aprovechando y produciendo este escenario precario. Esta lógica empresarial no es un detalle atípico, sino que es el plano cotidiano en el que se mueven nuestras vidas. En este cuadro Cromañón no representa la excepción sino el ejemplo cruel de la lógica mercantil. Que es sino elegir una media sombra para ahorrar unas monedas a la hora de poner en funcionamiento un boliche. Y en medio de este terreno precario, nuestras fiestas eran la forma que teníamos de resistir, de crear un suelo por el cual transitar sin dolor. Por eso no debemos caer en auto-culpabilizaciones que borran nuestras fiestas, que ocultan y niegan todo lo que hicimos para vivir en aquel terreno resbaladizo. Las bengalas, el pogo, las banderas, y todo aquel ritual que construimos, no son culpables de ninguna tragedia, ya que no fuimos nosotros los que dejamos un mundo repleto de dinamita. Nuestras fiestas son nuestro tesoro, ahí se encuentra toda una variedad de respuestas que tuvimos y tenemos como generación. Y quién nos puede enseñar a cuidarnos, quién puede decirnos como esquivar golpes, si somos nosotros quienes supimos y sabemos esquivarlos. Cómo renunciar al pogo, momento en que los cuerpos se desarman y se constituyen en una sola fuerza que fluye y desafía el individualismo de este mundo, cómo renunciar a portar las frases y todo nuestro lenguaje en el que somos creativos y libres, cómo podemos renunciar a iluminar nuestros momentos, a darle nuestra luz a la noche eterna.
Por eso recuperamos Cromañón, porque es el acontecimiento que nos marcó como generación y que expresa todo el entramado social hiper precario en que nos toca vivir. Cromañón abre, saca a la superficie la precariedad por donde pasan nuestras fiestas, nuestros laburos, nuestros barrios, y nuestras vidas enteras, pero también muestra -por lo que tiene de excepcionalidad, de acontecimiento trágico- todo aquello que hacemos para vivir así, para que no esté pasando Cromañón todo el tiempo, para armar una vida en este contexto en donde nos toca vivir, para intentar crear una vida mejor con lo que tenemos.
Dijimos que Cromañón es el acontecimiento de nuestra generación, el momento en el que se condensaron el pasado, el presente y el futuro. Todavía no está clausurado ese acontecimiento: todos los días es Cromañón, los 194 pibes están circulando como espectros sin calma por las calles de Once y por los barrios en donde se juntaban a escabiar o fumar, porque el vacío y la ausencia de sus vidas faltantes es una presencia opresiva y sofocante; ellos están en las canchas de fútbol en las que alentaban a sus clubes, están en sus laburos precarizados y explotados, están en las risas de un grupo de pibes que resisten a esta lluvia de mierda que es la vida en nuestra época, están en los besos de una pareja en una plaza, están en los cánceres que carcomen las vísceras de sus madres que se consumen llorándolos, están presentes, son omnipresentes en las calles de los suburbios del conurbano y en los barrios bajos de capital de donde eran la mayoría de ellos, y están (aunque muchos se hagan los pelotudos y los nieguen) en el mundo del rock, en las bandas que siguen convocando a la amistad y a la pasión de la vida, en los pibes que agitan un tema, y en los hijos de mil putas que llenan sus bolsillos con nuevos hiper-mega-festivales para lavar la cara de empresas caníbales. Cromañón no esta cerrado por que está hecho no sólo de cuerpos sino de símbolos: las zapatillas topper, las remeras de bandas de rock, los tatuajes sobre las pieles calientes, los flequillos, las banderas.
Cromañón fue una irrupción violenta de la verdad cruel, de lo que significan las políticas de violencia sistemáticas contra una generación que vive inmersa en un estado de excepción permanente, en donde el gatillo fácil o las condiciones carcelarias se complementan con las políticas más sutiles de exclusión; y todo esto en convivencia con las fuerzas del mercado y su maquinaria para fabricar jóvenes consumidores de productos y de vidas prediseñadas.
Los jóvenes portamos la referencia bifronte de ser sujetos estigmatizados por los medios como peligrosos, y al mismo tiempo, ser los referentes de un mundo de consumo y estilo de vida. Pero nosotros debemos afirmarnos desde la lógica del aguante, resistiendo al caos organizado de los laburos precarizados y la represión en los barrios. Creer en la creatividad autónoma de mundos de vida donde nosotros proponemos el paisaje a vivir y no los expertos en marketing.

4.
En el pos-cromañón primo la lógica de la victimización, la culpabilización y la indiferencia. La recuperación del aguante solidario de los pibes, de las cosas creativas y autónomas que podemos hacer, no tuvieron un protagonismo en los diferentes significados que se le otorgaron al acontecimiento. Dentro del propio rock, asistimos a la entrada definitiva del rock espectáculo, que ya venia ganando terreno, pero poscromañón se transformo en la lógica hegemónica en el rock. El rock militante, como plan barrial, espacio del aguante de muchísimos pibes quedo relegado a una periferia. ¿Pero que significa concebir al rock como plan barrial?
Desde hace varios años antes de Cromañón una movida roquera latía en los barrios, un agite que intentaba, como podía, hacer del rock una forma de vida, una vía de escape, de aguante y de creación. Una movida sin programa que se inventaba y se mezclaba también con elementos mercantiles y subjetividades atravesadas por lógicas de mercado, mejor dicho, crecía desde esas condiciones y si bien en los hechos proponía algo distinto a lo establecido, nunca estuvo a salvo del mercado y sus lógicas –¿cómo se puede estarlo?–. Inserto en estas condiciones, el rock como expresión de una movida cultural suburbana, se concebía como un plan barrial, es decir, una forma (entre tantas) en las que un grupo de amigos intentan organizarse y dibujar un futuro posible.
Este plan barrial consta de varios puntos: crear una banda de rock, encontrarse a componer temas, salir a escarchar paredes del barrio para instalar la banda, buscar espacios para tocar, armar fechas, etc. Pero el plan barrial, no se reduce a la militancia que realizan las bandas de rock que pueblan cada barrio, solo constituyen una singularidad de esta movida cultural. El grupo de rock es el significante para convocar a los pibes de los barrios, que también participan de la planificación, organizando el aguante para la banda: pintar las banderas, preparar los viajes para que cada fecha en que la banda sale a tocar se sienta apoyada desde abajo, es decir, encargarse de la mística del grupo (las banderas, los papelitos, las bengalas). Por eso, ellos también se saben parte de la banda, y sienten como propios sus ascensos. Que una banda de rock del barrio llegue a ser escuchada en otras ciudades y calles es un motivo de gratificación personal, es sentir que el plan barrial esta bien encaminado. Por todo esto, se entiende que el rock como movida cultural suburbana, se haya caracterizado por la masividad. Los recitales de rock de las bandas mas grandes (aquellas con las cuales se inicio esta movida) son el acontecimiento que junta a los pibes y pibas que desde cada barrio, participan de este plan barrial, estos recitales, que se viven como grandes fiestas son “un congreso de esquinas”. Esto es lo que muchos impugnadores de este movimiento suburbano no entienden, la masividad de estos recitales no es producto de las estrategias de publicidad y marketing para “vender “ un show de rock, sino que constituyen espacios en donde se vuelcan colectivamente deseos y fuerzas que ya laten de manera dispersa en cada esquina. Por eso, el grupo de rock moviliza a las bandas barriales es el hormiguero que aglutina a los pibes y pibas que en los diferentes barrios apuestan por crear otros mundos posibles en donde vivir sus vidas. Cromañón irrumpe pateando ese hormiguero.
Cromañón es una herida profunda a esa innovación, a ese proceso; altera e interviene las energías que circulaban por el rock en ese momento: la industria cultural se apropió del duelo, difundiendo el miedo y los riesgos de los recitales. Luego vino el auge de los festivales: allí se prometía un entretenimiento seguro y sin peligros, al amparo de los sponsors. La industria cultural inmediatamente se puso a ordenar ese inseguro e irracional mundo del rock. Sin dudas, este cambio de pantalla que se da en el poscromañón constituye un gran golpe a este Plan barrial que es el rock. Sobretodo porque golpea a su centro; las bandas de rock que están comenzando. Es decir, a través de la emergencia de relatos que pregonan “el riesgo del rock barrial, que desencadeno Cromañón”, proponen por oposición la realización de hiper-mega-festivales, en donde el rock se viva como una fiesta-controlada, en forma segura y ordenada. Estos nuevos discursos se articulan con el gobierno de la inseguridad y con la gestión del miedo, teniendo como correlato políticas concretas; hablamos del cierre masivo de espacios en donde las bandas under daban sus primeros pasos. En la actualidad, son muy escasos los lugares para tocar de 20, 50 o 100 personas, la banda que recién comienza se ve obligada a tocar o bien en casas particulares o en lugares “clandestinos”, ya que alquilar un lugar con capacidad para 400 personas se les hace cuesta arriba. Este nuevo terreno de juego es el que potencio la hegemonía del rock espectáculo, la industria cultural leyó este nuevo escenario proponiendo festivales de rock, auspiciados por sponsors de multinacionales, que no solo otorgan todas las facilidades a las bandas de rock (creando inclusive, fechas y horarios especiales en sus grillas, para las “bandas nuevas”) sino que ofrecen un lugar seguro y ordenado a los espectadores, no ya concebidos como roqueros-militantes, sino como roqueros-consumidores. Aquí vemos la importancia “estratégica” de destruir el rock “barrial” desde sus comienzos, la imposibilidad que tienen las bandas chicas para tocar, nos pone en el alerta de ver como posible la extinción de esta movida cultural suburbana, destruir las condiciones en que emergían y crecían las bandas de rock de los barrios, es pegar en el centro del plan barrial, patear el hormiguero que juntaba a los pibes y pibas .Después de esto, sobreviene la dispersión , y por supuesto como el show debe continuar, la mesa ya esta servida; ¡vamos a escuchar rock bajo el refugio de los sponsors!

Cromañón volvió constantemente bajo la lupa de la seguridad, aparece como algo externo a la sociedad, como un suceso excepcional, y como el resultado de “malas medidas” de “seguridad”. “Todos podemos ser Cromañón”, “…esto es un Cromañón en potencia”, son unas de las frases cotidianas que se escuchaban, y el acontecimiento terminaba reducido a errores empresariales. Entonces se termina pidiéndole al mercado –también al Estado, que se le exigía con las mismas características que al mercado- que nos de lugares seguros, y bajo esas “medidas de seguridad” –“festivales seguros” y “trabajos seguros” con sus salidas de emergencia- se escondía que esos errores empresariales son las base de su reproducción, y se ocultaba el mantenimiento de la precariedad por donde pasan nuestras vidas, y la perdida de nuestra autonomía. Nuestros lugares aparecieron como peligrosos y excluidos de las medidas de seguridad. El rock es “inseguro”, “peligroso”, “inmaduro”, “desnutrido”, “déjenlos en nuestras manos que se lo vamos a dejar todo servido”.
No pretendemos hacer juicios morales sobre estos festivales, de lo que se trata es de leer el nuevo escenario, las lógicas de mercado intentan organizarnos, y esto inevitablemente nos despotencia. Perdemos autonomía, el plan barrial estaba (mejor dicho, sigue estando, aun sigue latiendo) signado por la posibilidad de juntarnos a crear, y a organizarnos con autonomía. Desde ya, que convivíamos con las lógicas de mercado, pero esta lógica no lograba organizarnos, no nos encadenaba. Sabemos también que Cromañón no es una herida que viene de afuera. Porque la movida roquera que levantaba el manifiesto del plan barrial era una innovación que se daba al interior de la excepción misma, con la excepción como suelo, como punto de partida, y ya en su interior circulaban tensiones y lógicas de mercado. Creemos que es imposible leer este viraje en la movida del rock barrial como un cambio rotundo venido de la nada, como si no hubiese ya una relación entre el rock y el peligro o una idea del rock como peligroso circulando entre su “público”, entre nosotros, que merece ser pensada. No obstante, todas estas lógicas de mercado que circulaban en el rock de manera periféricas, solo ingresan al centro de la escena en el pos-cromañón. Cuando el mercado deja de convivir con nuestra fiesta y nuestra movida, para pasar a organizarla, allí perdemos la potencia y la autonomía. De la organización y el aguante que significaba el rock del plan barrial, pasamos a una pantalla de juego en la que nos ofrecen un mundo bobo e infantilizado. Nos ofrecen festivales en donde no hace falta que nos encarguemos de nada; solamente de asistir a consumir un excitante entretenimiento cultural, la fiesta sigue siendo organizada, pero no por nosotros. También corremos el peligro de que los relatos del rock barrial, dejen de interpelarnos, lo nuevo que nos traen los festivales de rock, las radios, y las discográficas es un rock-Light, apto para todo público pensado para oídos de niños.
Esta es la situación actual, es evidente que el rock como movida cultural barrial sufre un revés del cual aun no se repone. Comprobamos que de la tristeza y la desolación postragedia no se activó una movida en la cual nos podamos afirmar frente a lo sucedido y regenerar una expresión político-cultural con poder de debatir y luchar con vigor frente a la hegemonía de la industria cultural
Cromañón es la herida con sabor a final del juego, pero también es el tablero mismo del juego, de cualquier experiencia que intentemos como generación. Pero no debemos dejarnos aplacar por estas condiciones ni dejar de hacernos preguntas sobre nuestros modos de relacionarnos con esa precariedad, con el mercado, con los poderes. Intentamos pensar Cromañón –ese acontecimiento que reorganizó todo y que cambió las relaciones de fuerza al interior del rock– justamente para ver qué preguntas nos abre, qué podemos ver en él, qué podemos aprender, y cómo es que pudo haber pasado.

5.

Luego de tantas muertes, la desesperación y la tristeza nos corroen a muchos. ¿Qué pasó con ese dolor? ¿Qué relatos se montaron sobre el dolor de lo sucedido; cómo fue leído? ¿Qué podemos hacer nosotros con este dolor?
La indiferencia, la culpa o la victimización son maneras de tratar lo sucedido, de relacionarse con el dolor, con ese acontecimiento que no deja de reaparecer ante nosotros.
Esas alternativas, decimos, son falsas maneras de elaborar el dolor porque nos niegan, niegan lo que somos, lo que sabemos, lo que hacemos, negando también a los pibes que no están; son relatos que intentan transformar el dolor en una cuestión personal, privada. De aquí las figuras de la víctima, el sobreviviente, el arrepentido o el culpable.

Es sobre esas lecturas del dolor de lo sucedido donde se montan los grandes festivales que detestamos (“estos sí son seguros, aquí sí está todo bien organizado, etc.”). Son movidas que se aprovechan de un dolor no elaborado o falsamente tratado, un dolor concebido como dolor personal…
Cromañón es un acontecimiento doloroso que reaparece en nuestras vidas todo el tiempo. Y cada vez que nos golpea entra en juego la elaboración o reelaboración de lo sucedido; cada vez es una oportunidad para elaborar o reelaborar positivamente el dolor, es decir, volverlo colectivo, volverlo político, volverlo acto, motivo de pensamiento, de encuentro y de duelo, claro, pero de un duelo colectivo. Un duelo colectivo es reconocernos en los chicos que no están, reconocer que una parte nuestra quedó adentro de ese boliche y que tenemos que reconstruirnos entre todos luego de esa pérdida (no nos interesa una “curación” individual).
Ese reconocimiento habilita la recuperación de nuestras prácticas, nuestras fiestas, nuestro saber movernos en este contexto de precariedad. Porque sólo volviendo colectivo el dolor (desprivatizándolo) podremos entender Cromañón como parte de nuestras vidas, como el suelo precario en donde nos movemos, como parte de un entramado de precariedad que conocemos muy bien. Y aquel reconocimiento nos permite pensar como aquel dolor puede ser compartido con un montón de experiencias que van más allá del mundo del rock y de los jóvenes, con una pila de sufrimientos y muertes resultado del mundo precarizado que transitamos en nuestros trabajos, en nuestras viajes y en nuestras ficciones.
Apostamos, decimos, por un vínculo desde el cuerpo. Sólo así, recuperando nuestras experiencias, nuestros cuerpos, podemos aspirar a politizar el dolor, elaborarlo, desprivatizarlo y lograr reconectar con nuestros deseos, nuestros sueños. Sentimos que es esta una tarea fundamental que excede una terapéutica post-tragedia: se trata de re-sensibilizar(nos), construyendo lazos, re-sensibilizar el cuerpo colectivo, nuestro cuerpo, nuestro pogo y nuestra canción...
No escondamos nuestras bengalas.


Agosto de 2008
Colectivo Juguetes Perdidos

1 comentario:

vanina dijo...

chicos esta muy bueno el blog, es importante para los pibes que defiendan la cultura del aguante.
aca por el sur piden texto sobre la despenalizacion...
un abrazo