lunes, 11 de febrero de 2019
lunes, 29 de octubre de 2018
Veneno paciente (militancias del estallido y militancias en la implosión)
lunes, 25 de diciembre de 2017
las aldeas de los pitufos
A nochecer de un viernes agitado en un kiosquito del bajo Quilmes. Un patrullero de la policía local aminora la marcha y desde adentro se escucha la voz del Maxi por el megáfono: “Vagos... vayan a laburar… Ahora vuelvo”. Aún dentro del auto se saca el uniforme y se queda tomando unas cervezas con varios pibes y unos laburantes cansados que improvisan un after-obra a cielo abierto.
El inquieto turro Seba, un sub veinte del barrio Don Orione que tuvo su primer laburo en “la local”, festeja el fin de jornada a todo ritmo y tribuna haciendo un posteo de Facebook sobre su trabajo de poli part time: “Me saco la pilcha de laburante, me pongo la tumba y me voy pa’ la cancha”.
La Policía Local es un engendro que porta la inconfundible marca de origen del kirchnerismo. Aparece como una salida para jóvenes que ven ahí la posibilidad de alejarse un tiempo de la enloquecedora calesita come-pibes que es el mercado de trabajos precarizados. Un empleo municipal “en blanco”, por momentos cercano a la contraprestación requerida en el Argentina Trabaja, donde te forrean menos que en el kiosko, el delivery, los locales de ropa o te desloman menos que en la obra. Una oferta laboral que engrosa la economía de servicios made in conurbano: peluquería, enfermería, policía local.
“Elegí ser policía local porque me servía el dinero y no tenía a nadie que me mande, trabajando en la calle, que para mí la calle no se cambia por nada… es como un laburo libre, no es estar encerrado en la fábrica y que te vigilen. Estás en la calle, hacés prevención y es más relajado”, dice David, que vive en José C. Paz pero laburó en el municipio de Malvinas Argentinas antes de que lo rajaran por llegar tarde y “hacer cualquiera”.
Una fuerza de
seguridad que atrae y enrola los deseos de los pibes y les permite
rellenar con sus berretines y su currículum oculto, callejero, la
fallida formación que reciben. Para ser poli-pibe o poli-piba tenés que
tener el secundario completo, DNI, presentar certificado de antecedentes
penales, pasar los seis meses de instrucción paga (ahora se aumentó a
nueve) y ya estás listo para patear los barrios.
Jhonny tiene 24, labura en Avellaneda y entró durante la primera camada.
“Ahora igual está distinto, es como más profesional, se baja otra
línea”. Más profesional es más policial. La formación exprés, el
disciplinamiento bajas calorías, la falta de internado (el cama
adentro), el tenue pero existente hincapié en las retóricas de derechos
humanos, permitió que esos espacios vacíos se rellenen con las
sensibilidades sociales extrapoliciales pero también con la estofa de la
propia biografía barrial o institucional.
Maxi, treintañero de la vieja escuela callejera, compara la formación de la Local con su paso por el Servicio Penitenciario: “Ahí te dicen que tu compañero de promoción es tu hermano al que nunca vas a traicionar, y eso no se aprende en la Policía Local, esa línea no la bajaban. Por eso lo que pasa en los casos de denuncia (se refiere al video que circuló de un policía tomando cocaína dentro del patrullero) se ve que no hay camaradería en la Fuerza”. La falta de “mística policial” es también estratégica, se la suplanta deviniendo poli-pibe, pitufo gruñón o con la memoria corporal de los verdugueos vividos. “La policía local que no tuvo internado no tuvo esa formación. En el Servicio los jefes te podían denigrar y te decían ‘con esto se van a acordar siempre de nosotros, es por su bien’. Eso en la Local no existe, hoy la formación aumentó en todo lo que es la parte física, pero no en la parte espiritual digamos”.
micro revanchismo por abajo
En marzo de 2017, en medio de intensas peleas con los intendentes por el presupuesto, Vidal anunció que por el desfasaje entre la cantidad de postulantes –aún hay inscriptos para el 2018– y la capacidad operativa y de organización de la fuerza, se frenaban los nuevos ingresos y egresos. Se estima que hay entre 16 y 18 mil efectivos en toda la provincia. La bonaerense tiene más de 90 mil agentes, aunque se calcula que un tercio de ellos está con licencias y fuera de servicio. También anunció que, en los municipios más populosos, la Local sería absorbida por la Bonaerense, algo que a nivel operativo ya viene sucediendo. La ausencia de dependencias propias hace que los agentes de la Local estén atados a la suerte del comisario bonaerense de turno y de la onda que peguen en cada comisaría. Si se suma su función de prevención y de policía de “proximidad” seguramente se entienda la falta de producción de una identidad común.
Si en vez de llanura la geografía física del conurbano bonarense tuviera colinas y cerros, el Siete colores sería un poroto al lado de las variaciones cromáticas del paisaje securitario: prefectos, gendarmes, bonaerenses, locales, agentes municipales de tránsito, en algunas zonas la federal, grúas como puestos de control, retenes y patrullajes a gamba, rondines de seguridad privada legales y truchos. Y posajuste, todos los colores brillan aún más: tienen presupuesto, luz verde para el micro revanchismo y sintonizan sin muchas interferencias con los ánimos barriales mayoritarios.
Al igual que los operativos Centinela y Cinturón Sur que pos-Indomericano saturaron de prefectos y gendarmes los barrios del sur de la Ciudad de Buenos Aires y del conurbano, la Policía Local fue un reflejo del músculo securitista estatal hacia el engorramiento y la agresividad civil que empezaba a mostrar el ajustecito económico del kirchnerismo tardío. El decreto del 30 de junio de 2014 que la crea, es parte a su vez de la declaración de “emergencia en materia de seguridad pública en todo el territorio de la Provincia”.
fierro, pantalla y parla
“¿Pero cómo querés que no roben si están boludeando con el kiosquero de lo que hicieron el fin de semana y aquel otro está mirando la pantallita?”. La señora de pelo corto y anteojos de marco grueso grita sobre una avenida comercial de Avellaneda. Mientras un poli-pibe y una poli-piba recibían el reto en silencio, un grupito de comerciantes los defendía. Un arrebato callejero hace saltar la ficha del vecino cuidado. No es la señora indignada que pasea por la cuadra, ni los propietarios de la zona. Vecinos son acá los comerciantes de la avenida.
La Policía Local opera como una fuerza de custodia de las fronteras comerciales, de las avenidas abarrotadas de locales en el centro de las localidades más populosas del conurbano. Esa proximidad da lugar a una sociabilidad espontánea de la que se sacan beneficios mutuos. “Hola, buenas tardes, buen día, siempre con respeto porque son los que te dan ‘covacha’, te brindan un vaso de agua, te dejan sentarte diez minutos. Siempre los tenés de amigos, y a ellos les sirve que estés parado ahí en la puerta del comercio”, cuenta David. Estar en los locales responde al impulso vital de cualquier pibe o piba que se mueve en ambiente natural: quedarse cerca de un kiosco o en la plaza, charlar con la gente o algún conocido.
“El uso del celular es libre mientras no te vean los civiles. Eso lo vas manejando, te vas a una cuevita, la ‘covacha’ le decimos, y mirás lo que quieras, llamás, guasapeás y eso”. Una rutina laboral liviana y tediosa, pero más visible y expuesta que la de otras fuerzas de seguridad o empleos estatales. Si algo proliferan son los vecinos quejosos y mirones a modo de un panóptico social incontrolable.
pitufos gruñones
No pasó ni un mes desde que los uniformaditos y uniformaditas de color celeste comenzaron a patrullar el conurbano, y en una plaza del centro de Caseros un pibe de menos de veinte años hace retroceder a los gritos a un pitufo. A unos metros, el grupo de amigos y amigas festejan la escena y se ríen a carcajadas.
En sus comienzos en los medios de comunicación también los policías locales fueron víctimas de bullying en las noticias y comentarios de lectores: “Les robaron las armas reglamentarias”; “Accidentes en las prácticas de tiro durante su formación”; “Están de adorno”; “Son ñoquis municipales”. A diferencia del desembarco de la gendarmería o la prefectura en el conurbano, aquí su inexperiencia, su “pureza” y su novedad en territorios picantes, no parecía asegurar la confianza social sino la burla y el desprestigio público.
Pero las sociedades cambian y en marzo de 2016 varios diarios levantan una noticia que muestra a los celestes sacando los dientes y saliendo del roperito: un pibe que estaba haciendo un mural en la parte trasera de un monumento en la plaza de la estación de Quilmes, es golpeado y detenido por la Policía Local. En la pintura en cuestión se ve una imagen de un pitufo caído con los ojos en blanco y la lengua afuera; en un video que circula en Youtube el testigo que graba la detención dice que los policías locales le pegaron y lo detuvieron por ese dibujo. A esa escena de revanchismo le seguirán varias más en las que la Policía Local detiene a estudiantes en plazas de diferentes localidades; también circularán noticias que los ligan a secuestros, abusos de autoridad y sospechas de participación en delitos complejos.
El tránsito de “ñoquis municipales” a pitufos gruñones no es de un día para el otro, pero sí muestra que las situaciones de violencia que protagonizan responden menos al aburrimiento y al tedio de la rutina laboral que a las sensibilidades gorrudas y a una violencia ambiente cada vez más espesa. Pero tampoco se entiende el revanchismo de los pitufos sin entender el acoso social que padecieron. Hace unos años conversando sobre la presencia de la gendarmería en su barrio, un pibito nos decía “a nosotros nos hacen –el verdugueo– lo que les hicieron a ellos mientras se hacían gendarmes”. Los agentes de la policía local no padecieron ese maltrato habitual, pero sí lo absorbieron en el espacio público. El que salió ileso del bullying social y no renunció o lo despidieron, ahora está oscuramente empoderado por las mismas fuerzas vecinales que lo miraban con rechazo porque querían ir por más uso de la fuerza física, más detenciones “que saquen a los pibes y a las pibas de la esquina”, más bala y menos estética.
Esta policía sietemesina creció y cambió. El macrismo se dirime entre borrarla del mapa y colocarla en la serie de la pesada herencia, “politizarla” y usarla para pispear y apurar a militantes y pibes y pibas que toman colegios, o permitir que la adopte la imprevisible familia de la bonaerense. Como nos contaba un rati local muy serio: “la otra vez nos decían que si no tiene documentos o se hace el rebelde o se pone hostil, lo llevemos a la comisaría y ahí arreglamos todo. En algunas comisarías está todo bien para ‘laburar’, te aceptan a cualquiera, no a cualquiera digamos pero sí a cualquiera que digas ‘este pibe se hizo el rebelde o el hijo de puta’… Hay otras comisarías que vos le llevás a alguien y te dicen ‘¿qué me estás trayendo?’, no quieren quilombo. Eso depende de los jefes de la comisaría. Nosotros trabajamos con una que está todo re bien... Hasta te lo cagan a palos ellos también, ja”.
viernes, 8 de diciembre de 2017
sábado, 2 de diciembre de 2017
Ya esta en librerías
En el día de ayer nació la tercera criatura, por suerte salió todo bien; parimos un monstruito encantador...(ojalá nos salga tan manijita como los anteriores).
sábado, 25 de noviembre de 2017
“El macrismo surfea sobre fuerzas e intensidades que ya habían tomado a la sociedad”*
En su nuevo libro “La gorra coronada”, el colectivo Juguetes Perdidos plantea que el triunfo de la derecha es producto de distintas derrotas y hace foco en las disputas que se vienen viviendo en los barrios en el plano de los afectos. El engorramiento y el cerrarse en la propia vida como un modo de lidiar con la precariedad y la manera en que el gobierno actual logra avanzar con el ajuste al actuar sobre un fondo de terror anímico e intranquilidad son algunas de las ideas que traza el grupo, desde una investigación política que escapa a lenguajes y miradas tradicionales.
domingo, 8 de octubre de 2017
Semilla de Crápula
viernes, 21 de julio de 2017
“Los afectos se han derechizado y se ha enfriado lo existencial”*
A partir de reflexiones sobre la vida y debates con pibes de distintos barrios de capital y el conurbano bonaerense, el Colectivo Juguetes Perdidos propone algunas claves para pensar el triunfo del macrismo y las políticas de derecha. “El plano de los hábitos, lo sensible y los afectos explican mucho más de la época que el plano ideológico”, dicen, y se preguntan cómo la precariedad y el terror atraviesan nuestros modos de vida.
martes, 27 de junio de 2017
En el ojo de huracán*
sábado, 25 de marzo de 2017
¿Como nos va en estos días?
martes, 11 de octubre de 2016
Apuntes sobre vida mula, derrotas y alianzas (La gorra coronada 4)
viernes, 25 de marzo de 2016
La gorra coronada 3: Los Anti todo
lunes, 21 de marzo de 2016
Tres preguntas al Colectivo Juguetes Perdidos...
http://www.nuevostrapos.com.ar/
martes, 22 de diciembre de 2015
La Gorra coronada
martes, 27 de octubre de 2015
Apuntes rápidos sobre el voto mulo
martes, 20 de octubre de 2015
Agitarla y pudrirla: o acerca de los modos de “des-agilar” la vida adulta
miércoles, 15 de julio de 2015
domingo, 12 de julio de 2015
martes, 9 de junio de 2015
"Saliendo a ver"
Rseña de Quién lleva la gorra, por Damián Huergo
En las facultades de ciencias sociales de la Argentina te inoculan la creencia de que no se puede hacer investigación social por afuera del circuito de becas estatales o de la filantropía onegeista. El Colectivo Juguetes Perdidos, formado hace poco más de diez años por un grupo de estudiantes de sociología de la UBA (ya graduados), desde el vamos desoyó tales mandatos. Siguiendo una rica tradición intelectual, el Colectivo JP realizó una especie de insumismo académico; es decir, tomó al saber no como cosa sacra acabada y le dio otras coordenadas de enunciación vinculándolo a problemas que afectan. Saberes que no concluyen ni se muerden la cola a sí mismos, por el contrario fueron atravesados por la memoria física y verbal de sus integrantes; mezclados con los agites barriales, ricoteros y tribuneros que cargaban otros modos de vida. Y, sobre todo, saberes que se mostraron insuficientes tras el sacudón del “diciembre negro” que generó el acontecimiento Cromañón. Esa “derrota brutal” de la generación nacida, criada y curtida en democracia, que en su juventud se comió la resaca de la fiesta de la convertibilidad sin haberla disfrutado, y que -como un efecto colateral- promovió el primer ensayo del Colectivo JP desde la escritura de un nosotros dispuesto a la expansión.








