viernes, 20 de septiembre de 2013

Servicio militar a cielo abierto

Verdugueo gendarme en los barrios del conurbano


Rubén ya lo había murmurado dos o tres veces, pero había pasado... Hasta que lo tiró más alto cuando un par estaban dando vueltas alrededor del mapa que estaba ahí en la pared: ¿Quién lleva la gorra hoy? (era la pregunta de invitación al Taller, que le había quedado dando vueltas). Y esta vez se auto responde y lo escribe en el pizarrón como sentencia: Los loros. Así comienzan la discusión sobre los gendarmes en el barrio.
Te descansan, te re verduguean amigo. Se la pasan jodiendote. Buscandote causa. Te paran corte re violento y te revisan a ver si tenes fierros, pero no es que te piden que te levantes la remera o que te apoyes contra la pared y levantes las manos, te cazan a los empujones, te empujan y te cagan a patadas y a palos. Están re locos. Los pibes empiezan a contar anécdotas  y escenas rutinarias de intervenciones gendarmes, se alternan en el uso de la palabra, por momentos los relatos son veloces, es una única voz-queja sobre los verdes, que lideran cualquier ranking sobre lo más odiado por los pibes en los barrios.


Pero hay otra secuencia que también se repite; de repente uno, casi siempre el más grande, se desdobla, se parte en dos: “¿Pero entonces se tendría que ir la gendarmería?” No, ni ahí, si estamos tranquilos. Bah, nos re verduguean pero estamos más tranquilos”. Gran síntensis de la ambigüedad y complejidad del asunto. Sabés lo que pasa perro (el perro mareño se volvió berretín suburbano…), yo tengo tres hermanitas y los zarpados se re cagan a tiros entendés, y mirá si una bala le pega a mi hermanita.
Con los gendarmes por ahí, las bandas, parece, ya no se agarran a los tiros con la misma facilidad, y esa “paz” es la que mantiene a nivel sensible a los gendarmes en el barrio.


También a veces te verduguean porque te da risa…, “¿Cómo? ¿Qué da risa?” Y… por ahí por cómo hablan… viste que son colombianos y paraguayos todos, y te hablan raro viste, ‘me le vas a dar el documento’, ‘que le haces acá’”. Explotan las risas.
Son extranjeros (los pibes lo dicen convencidos). Hay algunos gendarmes japoneses creo. Y a los de la Fuerza que son de acá los mandan a otros países. No hay dudas, son extranjeros. No vale la pena, porque realmente no aportaría nada, explicar pedagógicamente que la Gendarmería debe ser una de las primeras instituciones del Estado-nación, precisamente la encargarada de definir y proteger las fronteras del país (es llamativo como ahora su rol mutó en demarcar las fronteras de las villas del conurbano y sobre todo rastrillarlas).
No vale la pena, porque los pibes saben de lo que hablan: detrás de la “confusión” hay una lúcida percepción del accionar de los gendarmes que no te entienden cuando les hablás, y yo tampoco a ellos, que hablan gracioso. Un malentendido, por otra parte, muy productivo (para los controles gendarmes): funda la experiencia de los peajes y de parar a cualquiera y a cualquier hora. Con la inmunidad de un ejército de ocupación. A mí me paran todos los sábados, estamos en la esquina, tomando algo y enseguida vienen y buscan causa, por ahí estamos con un fernet, con una fogata y rompen las bolas. Los chabones vienen a joder. Y corte que yo vi a algunos en orsai eh, sabes el humo que sale de adentro del patrullero, yo vi a algunos fumando, escabiando, un par de veces nos pararon re duros los chabones.


La risa de los pibes como desencadenante del verdugeo; como gesto desafiante y descreyente de aquel momento; develadora del trasfondo tan absurdo como violento de la puesta en escena de la Gendarmería en el barrio, de la desubicación de los extranjeros: La otra vez pararon al hermanito de ella, re pibito, ¿qué podía estar haciendo?, lo pusieron contra la pared, los pibitos estaban jugando a las bolitas y se las sacaron… ¡después le dijeron a la madre que eso podía ser usado como un arma! Un estallido de risa coronó la anécdota. Risa como gesto nervioso, costado gris de ese no saber qué puede pasar, hasta dónde se mueve un gendarme. No es como la policía, al gendarme no le podés ni hablar, en seguida se calienta, no lo podés descansar, ni te podés reir.


Los operativos gendarmes no se depliegan en los barrios con la funcion única –la promocionada, la declarada, la blanqueada– del “gobierno de la seguridad y el control de los territorios calientes” (robo, crímenes, transas); no hay únicamente una dimensión represiva. Los gendarmes también despliegan estrategias productivas de poder, hay un hacer, y un hacer hacer sobre los cuerpos no-dóciles de los pibes. Casi siempre te dan unas vueltas en el patrullero, te verduguean, te cagan a palos y después te tiran. A un amigo lo pararon y le dijieron que cante el himno… (El diálogo continuó inmediatamente con un “¿Y lo cantó?”. “No, si ni lo sabía el guacho…” y un nuevo estallido de risas. De vueltas las bromas que descomprimen a la vez que muestran el absurdo).
La Gendarmería en los barrios es una máquina de disciplinamiento moral. Vienen a educar. Toda la circulación de las vidas-pibes que se dé por fuera de los espacios cerrados es motivo de desconfianza y probable verdugueo (para mi que no quieren que estés en la calle).


“¿Por qué harán todo eso?”. Igual se entiende, dice uno, como pensándolo bien, es el trabajo de ellos. “¿Será parte del trabajo de ellos toda la verdugueada?”. Y por ahí lo hacen para cargarse de risa, por ahí después que te verduguean se suben al patrullero y se rien de cómo te pegan o te aprietan los huevos. En todos los trabajos te aburrís y buscás maneras de cagarte de risa. Silencio. Ninguna imagen se cierra en las charlas con los pibes y pibas; cuando se llega a un lugar del pensamiento o de la sensibilidad, el movimiento vuelve a arrancar.  ¿La violencia inútil es un plus de brutalidad habilitada como fuga del tedioso labor gendarme? Pensamientos e imágenes que no se niegan entre sí, sino que le agregan capas de complejidad a las cosas. ¿Quién lleva la gorra hoy?


En cada choque con los pibes los gendarmes no sólo perciben “enemigos”, ven también –y sobre todo– cuerpos a disciplinar. Hay que moldear a los intratables. En las imágenes que circulan sobre las situaciones de peaje gendarme, se observa en acción el despliegue de una lógica de servicio militar a cielo abierto: cantar el himno, no drogarse ni tomar alcohol, pararse derecho, mostrar el rostro (sacándose la capucha o la gorrita –a veces te tajean la visera–), no estar vagueando en la esquina o “no hacer cosas de puto” (a mí me hicieron sacar todos los piercings y me dijeron que cuando me vuelvan a ver mejor que no los tenga); el corte de pelo se lo ahorran, los pibitos de look turro ya están rapados.
Los pibes devienen colimbas de ocasión y el barrio un cuartel al aire libre. Han enjambrado las lógicas de verdugueo castrense, se habilitan secuencias de castigo que se asemejan a la de los soldados estaqueados, a veces te sacan las zapatillas y te dejan cagandote ahí de frio, un garrón. Otra analogía con el cuartel, que los pibes cazan al vuelo: los gendarmes realizan con ellos los mandatos sociales que ya tienen adentro, es el verdugueo de los verdugueados (nos verduguean a nosotros, que somos los más giles, porque antes los verduguearon a ellos. Es así).
No hablamos de hechos excepcionales, en todos los barrios se reiteran secuencias similares, regularidades de la presencia de una lógica de servicio militar fraccionado funcionado en los “territorios sensibles”. En cada cruce, los gendarmes efectúan lo que harían con los pibes si los “tuvieran adentro”.
Más allá del necesario rechazo a los proyectos de creación de servicios cívicos obligatorios u otros programas de contención –y encierro– para los pibes, hay que estar atentos a estas estrategias de disciplinamientos difusas, extendidas, ya funcionando.


El barrio es pensado como gueto hacia fuera (por eso los operativos de gendarmería como el Cinturón Sur o el Centinela rodean “espacios sensibles”, centros comerciales o barrios peligrosos, creando nuevas fronteras) y como cuartel hacia adentro. Los gendarmes son los encargados de la custodia de esas mallas urbanas y suburbanas y los pibes son las figuras que las atraviesan cotidianamente. Por eso los gendarmes los retiran de las esquinas, o en la casa o en el trabajo o en la escuela, no en la calle.  Y ese mandato se reitera en cada hostigamiento, a veces te paran cada 5 minutos, de ida y de vuelta, para hacerte acordar. Pero en el barrio, el afuera no está encerrado y las posibilidades de raje son mayores. Para esos devenires indeseables e incorregibles de los pibes silvestres, operan las estrategias de aniquilación. ¿Cuántos pibes  bajados por las policías –o por cualquier otro arruinaguachos–  habrán sido por rechazar esos mandatos de docilidad, a veces con una risa, otras con un berretín o una postura corporal desafiante, con un enfrentamiento directo o con un escape pifiado? Aunque a veces sea imposible no hacerlo, los pibes lo saben; zarparse con un gendarme es regalarse… 


Saben los soldados de la Gendarmería Nacional que a los 18 años ya sos todo un hombrecito.  Frente a esa marca etaria (que les recuerdan los anhelados ritos de pasaje a la adultez) el verdugueo se afloja. Si un pibe tiene 18 años o más, quizás pueda –por supuesto, si es pillo, si se hace escuchar siempre con respeto eh– aducir su mayoría de edad para estar en la calle o en la esquina. Por eso no es casual que los que más padezcan el funcionamiento de la maquinaria de educación moral sean los pibes silvestres (esos que son la vegetación silvestre –y salvaje– de la década ganada; los que crecieron solos –y se hicieron a sí mismos– de manera espontánea en los baldíos del consumo y los nuevos derechos, quienes se sociabilizaron por fuera de cualquier ortopedia social y se volvieron medio un misterio, una incógnita…).
Entre los 10 –a veces menos aún– y los 18 años, hay que educar a los soberanos. Los pibes silvestres están en edad de escolarización obligatoria, por eso los gendarmes en muchas situaciones, asumen una patria potestad feroz en época de padres agotados y sociedades permisivas: yo te voy a enseñar.
Las bravas mujeres gendarmes también se comportan como madres intensas, Son re-verdugas esas… a las pibas las agarran de los pelos y las tiran para atrás. Tan re zarpadas. Esto es engorrarse hoy.


No solo el desborde del Indoaméricano explica la creación del Ministerio de Seguridad. También 2010 fue el año en que se sintieron los efectos de una crisis económica (o la amenaza de ella): ante una baja (efectiva o latente) en los índices del híper-consumo y de circulación de dinero en los barrios, siempre se pueden temer saqueos, aumentos de robos y diversos atentados contra la propiedad (de ahí el despliegue gendarme en centros comerciales, barrios opulentos y fronteras urbanas, como los accesos a la ciudad de Buenos Aires). Años más tarde -reforzada también por los efectos de la designación del papa Francisco-, esta tarea de “controlar y educar a los pobres”, deviene aún más urgente. Previniendo posibles cambios en las retóricas de gobierno, el desacelere de los niveles de ingresos y consumo (desatando una guerra en sordina por el “derecho a consumo” perdido), etc., asoma por estos momentos un tufillo de “aceptar y naturalizar la pobreza” (acompañado de enunciados caritativos al estilo ayudemos a los pobres) y domesticar sus desbordes.
Pero los pibes silvestres no aceptan tan fácil estos moldes. Los pibes quieren dinero, consumen y en ese gesto se desmarcan del código del buen pobre, activando la alarma social. Aventuras de vida-loca, dinero fácil que rápidamente se trastoca en derroche, saqueos o rapiñas nocturnas, gestos de atrevidos que rajan el ansiado orden inmutable eclesiástico-policial.
Los elementos disciplinarios del verdugueo gendarme y la necesidad de control poblacional, se componen con otros dispositivos de sujeción simbólica. Son las micro-morales sociales del nene bueno, el gil trabajador o el buen vecino, que a su vez se conectan por arriba con la vuelta de la moral a escala política y mediática. Uno de los efectos de esta conjunción es el –cada día más audible– rechazo a los “mantenidos del Estado”, a los “vagos a los que tenemos que subsidiar”.  El rechazo –fuertemente moral– a los que reciben asignaciones familiares o programas sociales, circula en los barrios periféricos (ese es un gato del plan, aquel trabaja en la cooperativa) y también –y en forma más audible aún– en diferentes segmentos de la clase media (y cuando los pibes silvestres expresan de forma obscena los signos del consumo, ahondan aún más el odio social hacia ellos).
Los pibes rechazan sin más la interpelación en términos de pobres dóciles, y no lo hacen con una intencionalidad o un explícito sentido político, se trata más bien de desmoldarse, de derramar esas figuras tan formateadas para la obediencia; la ambivalencia de estos gestos está a la orden del día, pero en la potencia de esas movidas hay toda una disputa, una fuerza por evitar un cierre “por derecha” (por arriba y por abajo) siempre latente (y también siempre efectuándose).


Luego de algunas semanas charlando y pensando con los pibes sobre la presencia gendarme en el barrio, surgió hacer una dramatización sobre qué le diríamos –si tuviéramos la oportunidad sin que nos caguen posteriormente a palos– a los gendarmes. “Educando al gendarme” podía llamarse el video que planeábamos con los pibes, que querían dejar en claro que el verdugeo lo único que genera es bronca, y que ellos hablan y se mueven por el barrio sin sentir que están haciendo nada malo. 
Pero una voz apareció desde lo profundo del barrio: No estoy de acuerdo con que haya que educar a la gendarmería. Primero hay que educar a los pibes. ¿Y por qué habría que educar a los pibes, qué hacen?, comienza la ronda de preguntas –la piba nos había hecho entrar, nos convirtió por un momento en panelistas de un reality show–. Y, son re atrevidos. Están ahí en la placita, en el banquito. Todo el día tirados. Pasas y te dicen cualquier cosa. Ustedes porque no saben. Se habló entonces de la “otra ciudad”, la de los barrios opulentos y blancos, la de los jóvenes de la moratoria social y vital (y no del ocio forzado o a veces buscado, pero siempre socialmente peligroso de los pibes silvestres)… Es distinto, repone Jesy, acá son maleducados, además están cualquier día de la semana en la calle, un martes a las tres de la mañana. En un ping-pong que dejaba un sabor agrio, Jesy se había puesto “en modo-adulta”: ¿Quién piensa como yo? La gente mayor, la de más de 30 años. Somos varios contra Jesy que nos enfrenta y argumenta. Solo está su cuerpo, pero la posición minoritaria es la de nosotros cinco o seis, en ella, por ella, con ella, hablan los medios de comunicación, hablan los resabios en el imaginario social –y en las subjetividades aterrorizadas– de las sociedades militarizadas de larga data, hablan la muerte y el necesario anhelo de orden. Su soledad es solo física, difuminada la ilusión óptica del recorte de su cuerpo individual, se ven los miles de vecinitos que pueblan su cuerpo, los militares, los policías, los gendarmes… y esa máquina deseante, esas fuerzas sociales que sostienen la presencia de los Operativos Centinelas.
Complejo juego de doble pinza: afuera del barrio la opinión pública reclamando seguridad y segregación para los barrios y cuerpos peligrosos; adentro, vecinos reclamando seguridad, orden y educación para los pibes silvestres (cueste lo que cueste). ¿En cada casa ya existe un pequeño gendarme?



Los cuerpos atrevidos desafían el orden barrial de dos modos: mostrando que el orden se sostiene sobre un suelo híper precario (un guachín es perseguido por voltear de un gomerazo el único farol que mantiene la iluminación de toda la calle); y mostrando que se requiere la obediencia de todos y la aceptación de lo dado, aunque sea la nada misma (el barrio entero putea al guachín que bajó el farol...), para sostener el fragil orden barrial. Preguntas difíciles son las que planta el pibe al tirar el farol. 


Colectivo Juguetes Perdidos



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