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lunes, 23 de octubre de 2023

Acontecimiento electoral, implosión social y cartografía popular









Por Ignacio Gago y Leandro Barttolotta

Artículo publicado en la revista Crisis, octubre de 2023.

Luego de un debate presidencial que dejó más dudas que certezas, la pregunta por lo ocurrido en las últimas PASO todavía flota en el aire y hay quienes intentan descifrar algo que se agita más allá de las pantallas y el análisis de la rosca política de palacio. En este texto, los autores del recién salido “Implosión. Apuntes sobre la cuestión social en la precariedad” (Tinta Limón) proponen coordenadas para leer lo que se agita desde abajo.


Un día a votar y luego a seguir en la tuya. En la tuya: en rebuscártela para llegar al final del día. O para sobrevivir a partir de la segunda semana cuando ya no hay más plata. O para cuidar la moneda que ganaste en el día si trabajás en la calle y estás con el moño puesto. Un día a votar y a seguir en la tuya: en todo ese gasto de energías anímicas, físicas; en esas grandes luchitas que implican mantenerse sobre la línea de flotación (¿cómo no va a ser luchar hacer malabares para llegar a ese nuevo fin de mes que es la quincena o la decena de días? ¿Qué “quietud” o “desmovilización” puede haber en medio de la guerra de la inflación?). Un día a votar y en ese mismo día (o con pocos días de anticipación) se decide qué se mete en la urna. Todos los votos valen uno y los sufragios no son instancias de reflexión ideológica ni situaciones para sentirse bien con uno mismo y cuidar el capital moral: son para ganarlas o perderlas y andá a cantarle a Gardel. Un día a votar convocado por un calendario electoral que cae en medio de una crisis económica profunda y a la que llega una sociedad cansada. Cansada antes que “derechizada” o “enojada” o “resignada” o “esperanzada” o que piensa que la clase política se está portando mal y tiene que ser castigada (tags de moda para traducir rápido lo social en códigos reconocibles, incluso la etiqueta de la Anti-Política, que no deja de ser código Político).


Las elecciones, lo muestra la historia de nuestro país, pueden devenir acontecimientos que sacuden al Palacio y entonces siempre tienen algo de imprevisible y de opaco (el cuarto es oscuro y el voto es secreto; eso sigue funcionando). En medio de lo social implosionado estalló, con los resultados electorales, una burbuja discursiva. Se pueden armar oleadas de intensidad que luego son difíciles de desviar o parar. Se pintó el país de violeta. Se pintó, una parte importante del país popular de violeta. Las PASO duraron, como mucho, cuarenta y ocho horas; una previa con charla rápida el día anterior (quienes decidieron ir a votar y quienes lo decidieron adentro del aula. Algunos charlaron con su familia, con sus hijas e hijas, con sus padres y con sus madres, con sus novias, novios, amigos, amigas, al pasar con algún vecino y vecina, chusmearon qué onda en algún escroleo la oferta electoral y a otra cosa). Unas pos-elecciones chusmeando el domingo a la noche y metiéndose en la conversación al otro día: en el viaje al laburo o en algún grupo de WhatsApp. Hasta ahí llegó la jornada electoral para las mayorías populares (con más o menos preocupación: pero la política es un vector más y lejano de los cientos que hay que gestionar a nivel cotidiano).

Pero quedó el acontecimiento abierto y preocupante. Se hicieron miles de diagnósticos electorales. Diagnósticos mostrando placas, porcentajes, llamando a expertos, a analistas políticos, a periodistas, a candidatos y ex candidatos. Diagnósticos que, a la vez, capturaron la pantalla de ese domingo y la estiraron hasta el hartazgo.

En los diagnósticos no se registran movimientos vitales, no hay grises ni ambigüedades, no hay mapeo de fuerzas anímicas (no se investigan los estados de ánimo: solo los climas electorales y mediáticos); solo codificación y tabulación de emociones. Diagnósticos sobre “sujetos electores” y no investigación sobre las formas de vida populares, mapeo de fuerzas concretas y de la subterránea mutación de la sociedad argentina en los últimos años. (Un ejemplo son los pibes: no se los pensó como pibes, no se los pensó como pibes laburantes y ahora se los quiere atrapar y psicologizar como pibes-votantes). Mejor que diagnosticar es investigar, pensar de qué está armada la cotidianidad más acá y más allá del momento del voto, escuchar los murmullos y los susurros y los silencios de lo social implosionado.

                                                              

ajuste y precariedad

Hay una lectura electoral, entre tantas que se escucharon en estas semanas, que quedó en el olvido. Una posible continuidad entre las elecciones del 2019, las del 2021 y las primarias de este año: un rechazo difuso, desorganizado, ambiguo (complejo de interpretar desde el análisis político) al ajuste en ciernes. Pensamos tres maneras de abordar la sociedad ajustada. Hay un modo visible en que el ajuste se efectuó en la historia argentina: con la máquina letal del Estado desplegada en todo su esplendor. Un segundo modo, en sincronía con la dramática novedad histórica de laburantes empobrecidos, parece pensar en un ajuste que cierra con austeridad (más que con represión), lo que implicaría una modificación rotunda del alma plebeya: una especie de pobreza con ascetismo. Una aceptación de vivir con lo puesto (más que con lo nuestro). Un ajuste que empieza desde adentro (a diferencia del que “entra” con represión) y que requiere una modificación profunda de la economía vital y libidinal: despegar los deseos sociales del consumo y de la lógica de mercado (lo cierto es que en nuestro país la más radical crítica y desnaturalización del consumo popular siempre la realizó la pedagogía feroz de la inflación). Un ajuste que también descarta las pulsiones de movilidad social ascendente, de escasa posibilidad en términos objetivos en medio de una economía destrozada, pero que sobreviven como estampitas y como injertos íntimos de esos que te impulsan cada mañana a levantarte y salir a buscar el mango. Sueños de mandarte a mudar de la casa de tus suegros o de construir al fondo, sueños de mandar a tus hijos al colegio privado que está lejos del barrio que se picanteó, sueños de comprarte la moto, sueños de festejar a todo ritmo cumpleaños y fines de años, sueños color rojo –de carne y ladrillos–. Este ajuste + austeridad, cuando no hay comunidad y sí rejunte en la precariedad, es imposible de sostener como política de vida masiva.

Hay una tercera manera de pensar la sociedad ajustada y es desde lo social implosionado: el ajuste y la crisis económica detonando en un adentro (barrio adentro, institución adentro, familia adentro, cuerpo adentro) cada vez más espeso e insondable, con una precariedad que se volvió totalitaria y que fue dejando vidas heridas y mayorías populares huérfanas (en términos de imaginarios y también de problemáticas y demandas concretas).

                                                                                             

cansancio, inflación e hipermovilización

Hay una sociedad cansada. Lo social implosionado: denso, picante, asfixiante. Lo social implosionado se devora lo público y lo privado, borra fronteras, se deglute cualquier vector Político que esté lejos de su materialidad; que no pinche en esa consistencia. Lo social implosionado, que muestra en sus pliegues aumentos de suicidios, crisis de salud mental, violencia difusa, bajones brutales, etc.) y hace que se pierda una excesiva energía cotidiana (y mucha atención) en todos los actos que implican sostener y cuidar tu vida y la de los tuyos. La inflación y la devaluación te empequeñece (las vidas pesificadas valemos menos) y te empuja a una precariedad sin red, la inflación creciente, esa guerra contra las vidas populares en argentina cuya memoria doliente es inversamente proporcional a la producción bibliografía sobre la cuestión, intensifica esa densificación de lo social y hace aún más fuerte el cansancio. Desde la fatiga por imaginar cómo vas a hacer los muchos días que le sobran al mes para comer, hasta el recorrido por comercios para buscar ofertas, hasta la descarga o no de una aplicación en la que obtengas descuentos, hasta la modificación de la dieta cotidiana, hasta enojarte con el comerciante o la feriante –que no oculta el rictus alegre–. Miles de gestiones cotidianas para cuidar una moneda que cada día vale menos. Rezando para que en la casa, que ya es un cementerio de electrodomésticos, no se agregue ningún fallido dispositivo más. Para que la ropa siga tirando. Para lidiar con el aumento de los vicios y los servicios.

También, y con gran dramaticidad, la inseguridad (así se traduce también la intranquilidad permanente) produce un cansancio oscuro no pensado: el cansancio de cuidarse a uno mismo y a los suyos (te descuidás y perdés), el cansancio de mirar veinte veces para todos lados caminando en la calle, el cansancio de tener el moño en la cabeza en la parada del bondi, el cansancio de avisar y mandar mensajes y preocuparse por lo que puede pasar (incluso si no pasó: el cansancio quedó).

El cansancio de la inseguridad, el cansancio de la inflación descontrolada, el cansancio del viaje infinito al laburo, el cansancio de enroscarte y pensar y pensar (la planilla de Excel que cada quien tiene en la cabeza). Una sociedad cansada, un cansancio que no es moral sino material (efecto de las condiciones concretas en las que se vive) es un enigma. Casi tanto como ese país pintado de violeta. No sabemos lo que de una sociedad cansada puede salir (no hay lugar para profecías o diagnósticos apurados), pero sí lo que en ese estado de hiper movilización no puede entrar: un quilombo público más para gestionar.

 

cuando no te vote más no diré nada, pero habrá señales

La única verdad es la Realidad. Que se la haya vaporizado en el Régimen de obviedad (esa máquina de comentar e interpretar sucesos cotidianos acrecentada en estos años), que no se la haya investigado en profundidad, tiene como resultado una derrota y una crisis que es primero perceptiva antes que representativa. Si no reponés la Realidad caés en enunciados y discusiones delirantes o, un riesgo que también aparece en la superficie en estas semanas, instituir un realismo único y de acero sobre las vidas populares (determinismos o reflexiones de vaso dado vuelta: incuestionables y fatales). Se piensa a lo popular, se lo representa, en bloque: se pierden las disputas de realismos, de hábitos, las disputas entre los modos de vivir, sentir, vincularse con el laburo, la guita, la calle, los y las vecinas, las fuerzas de seguridad, etc. Hay que recordar que la única verdad es la Realidad pero para agujerearla y disputar realidades y verdades; las vitalidades populares en tensión. Sociología urgente en contexto de belicosidad y fragmentación.

El bolsillo es un órgano. Si se lo manipula el efecto repercute, se siente, en todo el cuerpo. Se alegra una vida si se lo empodera (bajar los precios y no solo poner platita; atenuar los efectos de esa feroz guerra a las vidas populares que es la inflación). Se arruina una vida –o una forma de vida– y se la pone a temblar cuando se lo aprieta. Si gana el candidato de La Libertad Avanza (soltamos un segundo el teclado y hacemos cuernitos: cada día parece que hay que apelar más al azar o a alguna carta escondida del fullero) no sabemos si va a habilitar la venta de órganos fresquitos en mercado libre, una feria barrial o Marketplace, pero sí estamos seguros que va a quitarle el respirador artificial a ese cuerpo popular en coma de moneda.

Se devalúa la moneda y aumenta la densidad de lo social implosionado. Sabemos que la inflación descontrolada prepara sensiblemente a una sociedad para cualquier cosa. Sabemos menos, parecen insondables, los efectos de lo que puede suceder con una sociedad en crisis inflacionaria, pero además exhausta y precarizada.

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